Esto no es cuestión de números, sino de niñas y niños que necesitan ser escuchados y reparados.

La Comisión de Verdad y Niñez fue creada para investigar violaciones sistemáticas a los derechos de niños, niñas y adolescentes (NNA) bajo la custodia del Sename (hoy Servicio Mejor Niñez) entre 1979 y 2021, como parte de las medidas derivadas de una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que reconoció las vulneraciones, las cuales por lo demás siguen ocurriendo.

Hace poco, el Gobierno anunció su cierre anticipado por recortes fiscales, cuando su plazo fue extendido hasta 2027, dejando entre ver una decisión política miope puesto que el no cumplir con una sentencia vinculante como la de la Corte Interamericana de Derechos Humanos constituiría una violación de obligaciones internacionales como Estado.

Las víctimas no pueden ser reprogramadas como una partida presupuestaria, puesto que la verdad y la reparación son derechos que exigen continuidad, diligencia y, sobre todo, humanidad política.

Justamente me quiero referir al concepto citado anteriormente, el de humanidad política. Este concepto plantea la exigencia pública de que la política y el poder sitúen la existencia humana en el centro de toda decisión pública.

A mi parecer, cuando las instituciones actúan sin reconocer la humanidad política, producen realidades donde ciertas vidas quedan fuera del mundo “político digno” y se transforman en un mero “problema técnico”. Entre ellas está las infancias.

Como diputada de la Comisión de Familia hablo con claridad: esto no es cuestión de números, sino de niñas y niños que necesitan ser escuchados y reparados.

La niñez no puede quedar en segundo plano por ajustes presupuestarios. Si existen limitaciones reales, corresponde presentar ante la Corte Interamericana un plan alternativo serio.

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Es sensato pensar que la prioridad debe considerar siempre a la niñez porque cuando ponemos a la niñez en el centro no hablamos solo de protección inmediata, hablamos de reconocer que las decisiones públicas modelan las vidas que vendrán en cuanto a su salud, su confianza, su capacidad para soñar y participar.

La austeridad que plantea el Gobierno no puede ser excusa para deshumanizar la política, porque la política sin humanidad convierte a las víctimas, y las personas en general, en meros costos. Necesitamos humanidad política a la hora de gobernar.