Durante ese tiempo se construye una imagen del otro: una mezcla entre lo que vemos y lo que imaginamos. El problema aparece cuando finalmente llega la cita.

En internet existe un pequeño riesgo que todos conocemos y que, vergonzosamente, muchos hemos experimentado en primera persona, aunque no siempre lo admitamos.

Compras algo que en la foto se ve increíble: una chaqueta elegante, un mueble moderno o unos zapatos perfectos. Sin embargo, cuando llega el paquete a casa, la realidad suele ser distinta. El producto no se parece tanto a la imagen que te convenció de comprarlo. No es exactamente una estafa, pero claramente no es lo que prometía la foto.

Algo parecido ocurre en el amor digital.

El término catfish se popularizó a partir del documental Catfish, que cuenta la historia de un hombre que mantiene durante meses una relación online con una mujer que, en realidad, no existe como tal. Detrás del perfil, las fotos y las conversaciones había otra persona completamente distinta.

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Desde entonces, la palabra se utiliza para describir a quienes crean identidades falsas en internet para iniciar relaciones afectivas o románticas.

Hoy muchas relaciones comienzan en aplicaciones de citas como Tinder o en redes sociales como Instagram. Allí conocemos a las personas primero a través de fotografías, perfiles cuidadosamente armados y conversaciones que pueden durar semanas antes de que ocurra el primer encuentro en persona. Algo así como un currículum emocional, cuidadosamente redactado para conseguir el puesto más deseado: el de alguien que nos quiera.

Durante ese tiempo se construye una imagen del otro: una mezcla entre lo que vemos y lo que imaginamos. El problema aparece cuando finalmente llega la cita.

Muchas personas describen ese momento como una pequeña escena incómoda. Al entrar al café o al lugar acordado, uno busca el rostro que ha visto tantas veces en las fotos. Mira alrededor tratando de reconocer a alguien. Y entonces aparece la persona. Tal vez se parece un poco, tal vez no tanto. Quizás las fotos tenían filtros muy marcados, o eran de hace varios años —de cuando el pelo todavía ocupaba más territorio— o simplemente mostraban un ángulo muy favorecedor.

Durante unos segundos el cerebro intenta reconciliar lo que esperaba con lo que está viendo. La mente busca alguna explicación que haga encajar la situación. Por eso muchas personas reaccionan pensando cosas como: “quizás es la luz”, “quizás soy yo exagerando” o “tal vez en persona se ve diferente”.

En ese momento ocurre algo curioso: la fantasía comienza a desarmarse lentamente.

¿Por qué usar fotos con exceso de filtros?

Esto lleva a una pregunta interesante. Si la persona sabe que eventualmente tendrá que encontrarse cara a cara con alguien, ¿por qué usar filtros tan extremos o fotos tan retocadas que después será difícil sostener la ilusión?

Una de las razones tiene que ver con el orden en que se construyen las relaciones en internet. Muchas personas creen, consciente o inconscientemente, que si primero logran crear una conexión emocional fuerte —conversaciones largas, confidencias, risas compartidas— entonces la apariencia física tendrá menos importancia cuando llegue el encuentro real. Es una estrategia que podría resumirse así: primero que me conozca, después verá.

Otra razón tiene que ver con cómo funcionan los filtros en redes sociales. En muchos casos no se usan para crear una identidad completamente falsa, sino para mostrar una versión idealizada de uno mismo. La foto filtrada no representa exactamente a la persona, pero tampoco es completamente inventada. Es más bien una versión aspiracional, algo parecido a cómo alguien se ve en su mejor día, con buena luz y el ángulo correcto.

Sin embargo, detrás de todo esto suele existir algo mucho más simple y humano: el miedo al rechazo.

Mostrar una foto completamente natural puede generar la sensación de exponerse demasiado. Los filtros funcionan entonces como una especie de protección digital. Con filtros hay más “likes”, más coincidencias y más mensajes. Esa validación inicial puede ser muy poderosa, porque confirma algo que todos necesitamos sentir: que alguien está interesado.

El problema es que esa dinámica también alimenta una pequeña ilusión compartida. Mientras más conversaciones ocurren dentro de esa versión editada, más difícil se vuelve volver a la realidad sin sentir cierta vergüenza o incomodidad.

Editar la realidad

Por eso el fenómeno del catfish no habla solamente de engaño. También habla de algo más profundo sobre la forma en que nos presentamos en internet. Las redes sociales funcionan, en gran parte, como vitrinas donde cada persona presenta una versión optimizada de su vida: las fotos más bonitas, los momentos más felices, las mejores versiones de uno mismo.

El problema es que mientras todos mostramos lo mejor de nosotros, también estamos constantemente expuestos a las versiones idealizadas de los demás. Y esa comparación silenciosa puede tener un efecto inesperado: comenzamos a sentir que los otros siempre se ven mejor, viven mejor o parecen más interesantes que nosotros. Poco a poco aparece una sensación incómoda que se instala en la mente: tal vez no soy suficiente para que alguien me quiera tal como soy.

De ahí emerge una emoción tan humana como incómoda: la vergüenza. Esa sensación de que hay algo en nosotros que debería ocultarse, corregirse o mejorarse antes de aparecer ante los demás. Muchas veces no la nombramos, pero tiene un poder silencioso: termina decidiendo qué partes de nosotros mostramos, cuáles escondemos y cuáles intentamos editar para sentirnos más aceptables ante los demás.

En ese contexto, los filtros y las fotos cuidadosamente elegidas dejan de ser solo un juego estético. Para muchas personas se convierten en una forma de corregir aquello que sienten que no está a la altura de lo que ven en los demás.

En ese contexto, el catfish no aparece de la nada. Es simplemente una versión más extrema de una lógica que ya existe en el mundo digital: editar la realidad para que se vea mejor.

El problema es que las relaciones humanas tienen una característica inevitable. A diferencia de las fotos, no pueden mantenerse filtradas para siempre.

Tarde o temprano llega el encuentro real. Y en ese momento aparece la persona sin edición, sin ángulos perfectos y sin filtros.

Porque el amor, al final, tiene una regla bastante simple: tarde o temprano aparece la versión sin filtro.

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