El lenguaje ideologizado es cerrado, se alimenta de sí mismo, se esclerotiza en su compartimento estanco, pierde contacto con la realidad.
Estos tres eminentes poetas chilenos, sin hacerle el “juego al enemigo”, se distanciaron de Cuba y Fidel Castro por cuestiones políticas de manera coincidente hacia fines de los sesenta. Hay detalles conocidos y otros no tanto, entre los últimos el proceso de ciertas reflexiones originalmente literarias que fundaron la ruptura.
Revisar estos incidentes tiene, sin embargo, un motivo coyuntural en la trastienda que a nadie se le escapa, pero además, una problemática de fondo referida a la naturaleza de la lengua poética que no circula con el desplante debido, como si no tuviera sus títulos propios, sombreados en parte por el monopolio de lo político que no deja ver más allá. ¿Qué hay detrás de estos distanciamientos con el régimen castrista?, ¿se puede examinar con utilidad tales incordios para un ahora? Paso a bosquejar los hechos.
Pablo Neruda
En julio de 1966 se fecha una carta serpentina dirigida al vate con ocasión del libresco viaje a una reunión de PEN Club en Nueva York. Allí, con su presencia, habría avalado las declaraciones alegres de Carlos Fuentes al declarar en una revista: “entierro de la guerra fría en literatura”, falso titular en momentos en que USA agredía a Vietnam; la carta atribuía el derecho de declarar este fin de las hostilidades sólo a “las luchas de liberación nacional” y “a las guerrillas”. Es decir, todos deberían estar apostados, con uniforme de combate haciendo puntería, y no perdiendo el tiempo en estas reuniones de escritores.
Neruda con su presencia estaría avalando estos planes “culturales” distractores de la CIA, a la vez que a personajes como Emir Rodríguez Monegal –con el que compartió un coloquio-, ensayista digitado para fundar revistas financiadas por la misma agencia de acuerdo a un vasto plan de intervención norteamericana. El colmo para los remitentes fue el regado almuerzo con Belaúnde Terry (ya Neruda de vuelta), presidente de Perú, mientras los guerrilleros se batían en las montañas luchando por la liberación y con presos políticos en las cárceles. La carta recurre a una mañosa y frustrada analogía entre Fernando Belaúnde y Gabriel González Videla. Sólo recordar que a Belaúnde los militares le dieron un golpe.
La sola insinuación de que Neruda se habría prestado a los juegos de la política norteamericana y la CIA, causa que Neruda rompa con sus ahora examigos firmantes de la carta (Alejo Carpentier y Nicolás Guillén entre otros), con el régimen cubano y Fidel Castro.
Es evidente que Castro es el único autorizado a tal espolonazo (esto nunca se ha declarado tal cual) contra el mayor poeta comunista por lo menos de la lengua castellana y que además le ha dedicado Canción de gesta a la revolución cubana. Y no estaría de más consignar que Neruda tenía prohibido el ingreso a USA por su papel precisamente político-comunista en la escena internacional. Arthur Miller tuvo que emplearse a fondo para conseguirle la visa que le permitiera entrar.
Esta carta se publica con algunos meses de antelación al arribo secreto del Che Guevara a Bolivia con la intención de desencadenar un proceso global de lucha armada en Sudamérica. Es decir, se viene un período de fierros y no de plumas, nada de contemporizaciones con el enemigo. Sería largo e imposible desbaratar aquí estos supuestos acusatorios, pero la trayectoria de Neruda, incluso para los mínimos conocedores, responde por sí sola en cuanto a su nivel de compromiso.
Neruda, entonces, se notificaba de que alguien lo seguía y monitoreaba cuadro a cuadro en las cámaras blanco y negro: el propio Fidel Castro. Neruda, además, era un miembro del comité central del Partido Comunista chileno, es decir, también hay un filón relacionado con la hegemonía comunista del proceso revolucionario en el que, de manera evidente, los cubanos habían tomado la delantera, el poder y a balazos logrado una revolución triunfante.
La carta pretendía tirarlo a tierra, llamarlo al orden revolucionario, enviarlo a disparar tiros a la Quebrada del Yuro. Parámetros ultraexigentes, puros y maníacos de este macartismo al revés que el vate simplemente no iba a vivir de esa manera acuartelada, sobre todo a partir de su desestalinización de los años sesenta. Por este estado militaroide de la situación de época, es que fue un buen parapeto conceptual la llamada “vía chilena al socialismo”, rechazando de una vez por todas la violencia revolucionaria a la que todos parecían estar obligados, y optando por los votos y la democracia por imperfecta y letal que fuera.
Enrique Lihn
Ese mismo año 66 Lihn publica en la revista Anales de la Universidad de Chile el texto ensayístico “Definición de un poeta”. Interesado en la poética y orientado hacia la metaliteratura, Lihn declara muerto el realismo socialista, y busca nada menos que a través de Eliot -poeta “reaccionario”- revalorar la “tradición viva capaz de sorprender al futuro”.
También alaba las fórmulas de no conciliación entre poesía y público, no dejando abaratar la poesía en pos de una supuesta comunicación directa y fácil, muy al uso de los meros mensajes políticos. El peligro es la alienación y atrofia del propio lenguaje poético al servicio del lenguaje político. Defiende la especificidad de la poesía como conocimiento y no como mero medio de expresión. Es provocadora la adhesión de Lihn a la idea de “El poeta es una pequeña república”, definición antipoética de Nicanor Parra para salvaguarda de la libertad personal. El texto finaliza como si un pez boqueara por aire, con un “Llamamiento continuo a la libertad total de la que la poesía quiere ser signo”.
Lo notables es que Lihn intenta dentro del marxismo (debe ser comunista, creo, en ese entonces) hacerse un lugar para sus prácticas literarias. Cita al propio PC de Chile avalando tal “investigación” a la luz de ponencias internacionales últimas.
El texto poético Escrito en Cuba (1969) ocurre en el contexto de una crisis profunda que excede lo político, desplazándose hacia zonas tensionadas como el oficio poético, las relaciones interpersonales, la persona misma de Lihn, el sentido de su hábitat, etc.; todo muy residenciario (Neruda) y Prufrock (Eliot), además despiadado y de una gran crudeza en el ser/estar en el mundo.
Pero algo sobre el tema dice: “mientras se me reprocha (…) el que no haga poesía de batalla”; “Creo menos aún en algunos de los que vinieron después, / entre nosotros, proclamando el período de la poesía armada”.
Asimismo, cita provocadoramente a Ezra Pound, el poeta fascista mussoliniano emparentado con los inciertos de Ulises y que no pocos respetan, en tanto verdadera fuente poética ya que trabajó ese instinto histórico que Lihn aprecia.
“La literatura se prepara para ser la ideología, en el marco de la revolución cubana”, advierte en el suplemento La cultura en México de la revista Siempre, en 1971. Defiende como lo propio del oficio la “libertad de expresión” y el “reconocimiento de la especificidad de la obra literaria”; a esta altura apela por un bicho raro o derechamente extinto: por una “conciencia crítica, otra expresión que es precipitada al abismo por los comisarios de turno”.
En un dossier de la revista Mensaje (n° 199, de 1971) sobre el caso Padilla, por quien Lihn declarará su aprecio, con ironía gira en torno a frases como “las ratas intelectuales” proferidas por Castro y el oportunismo del trato con los intelectuales especialmente europeos al haberlos declarado de “sociedades decadentes, podridas y carcomidas hasta la médula”.
Lihn ya se muestra más que molesto: “Lo lamentables es que se promueva el odio contra una minoría insignificante y sin influencia política ninguna”. Por este caso, como lo declara el poeta en la entrevista “Enrique Lihn y el arte de las palabras vacías” (de José Martí Gómez, en febrero de 1981, Periódico de Catalunya, repuesta en Enrique Lihn Entrevistas, de Daniel Fuenzalida), “me marginaron de la Unidad Popular”, declarando a Padilla “chivo expiatorio de la llamada Revolución Cultural cubana del 68, que correspondía a la sovietización de Cuba”.
Nicanor Parra
A Parra se le fiscalizó desde la isla por la famosa taza de té con Pat Nixon. Otra falta intolerable. Declaradas las hostilidades, Parra lanza un artefacto explosivo: “Cuba sí, yanquis también”. Me he enterado de que esta frase la ha repetido hace unos años el propio Silvio Rodríguez (espero no estar equivocado).
En una conversación con Nicanor Parra en su casa de Las Cruces (2014) me dijo: “¡Yo era el regalón de Casa de las Américas y Haydée Santamaría, mucho más que García Márquez!”. Parra vivió su propio bloqueo y esto tendrá consecuencias al inicio de la dictadura militar chilena.
Lo que subyace en todo esto, lo que de actual expone, es que más que las voluntades o los discernimientos propios, los sujetos se incorporan a máquinas verbales que ya están hablando y tienen delimitado el radio de su interés. Son bandas de emisión a las que se les cede la voz. El lenguaje ideologizado es cerrado, se alimenta de sí mismo, se esclerotiza en su compartimento estanco, pierde contacto con la realidad.
Lo curioso es que en la propia Cuba se expuso una reflexión pertinente a cargo de un escritor que se llamó José Lezama Lima. En La expresión americana (1957) da cuenta de lo fundante y fundado del lenguaje poético y la imago en el continente, abarcando una identidad que llegaba a Leaves of Grass, del norteamericano Walt Whitman: el éxtasis del cuerpo contra la hierba.
Lezama, desde luego, también fue bloqueado por la revolución en Trocadero n° 162, La Habana, por hablar otra lengua.
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