En un país marcado por el centralismo, que ha acumulado históricamente desigualdades territoriales evidentes, es importante observar y reconocer el aporte de las instituciones del CRUCH con rectorías fuera de la capital.

Una convicción válida en todos los países, sociedades y culturas es que la educación es la base para su desarrollo y bienestar. En Chile, en distintos momentos de su historia, se ha presentado como una preocupación central sostenida sobre la necesidad de entregar progreso tanto material como espiritual a las personas que han habitado, habitan y habitarán nuestros territorios.

Tras varias décadas, donde el énfasis estuvo centrado en consolidar un sistema de educación primaria y luego secundaria, Chile empezó a sentar las bases de un creciente y complejo esquema de educación superior que, en su ámbito público, nunca desconoció la relación inherente entre el “ser y hacer universidad” y su compromiso irrestricto con el desarrollo nacional y regional.

Recientes cifras del Servicio de Información de Educación Superior (SIES-Mineduc) permiten dimensionar las características de este sistema el 2025. Los datos son elocuentes: sumando las matrículas de CFT, IP y universidades, se registran 1.455.639 personas estudiando en algunos de los niveles de formación. De ellos, 73.599 en postítulo, 54.696 en posgrado y 1.327.344 en pregrado. En este escenario, las universidades concentran el 59% de ese universo con 859.040 estudiantes.

En un país marcado por el centralismo, que ha acumulado históricamente desigualdades territoriales evidentes, es importante observar y reconocer el aporte de las instituciones del CRUCH con rectorías fuera de la capital.

Lee también...

Las 22 casas de estudio que integran la Agrupación de Universidades Regionales (AUR) acogen cerca de 274.167 estudiantes, representando el 32% del total nacional. La desagregación por programas indica que, en matrícula de pregrado, las universidades regionales, con 258.232, aportan el 35% del total. En el caso de los cursos de posgrado, con 11.719 estudiantes cubren el 21%. En postítulos con 4.216, contribuyen con el 6% del total nacional.

La matrícula de las universidades AUR tiene varias características que la distinguen en el sistema nacional. En primer lugar, está el compromiso con la calidad. Estas instituciones y sus programas, a pesar de la mayor complejidad de los contextos en que actúan, cumplen con los exigentes parámetros de la CNA, alcanzando niveles de excelencia y avanzado en las diversas dimensiones evaluadas, es decir, docencia, investigación, gestión institucional y vinculación con el medio.

Una segunda característica es la incesante búsqueda de respuesta a los problemas y desafíos de sus comunidades. Así, muchas veces en alianza con los gobiernos regionales, ellas impulsan la formación en áreas tan disímiles como cambio climático, inteligencia artificial, patrimonio o en otras que enfrentan crecientes problemas de convocatoria, como es el caso de las pedagogías.

Vale detenerse en esta realidad por su impacto estratégico para el desarrollo justo y equitativo del país: necesitamos educadores y educadoras que continúen formándose en nuestras instituciones con un fuerte sello social, que sea reconocido por el Estado a partir del rol estratégico y vital que cumple y seguirá cumpliendo nuestro profesorado, presente desde las localidades más remotas hasta las grandes capitales regionales.

Otra contribución relevante se concreta en el área de la salud, materializada en la creación de carreras de medicina, enfermería, kinesiología, nutrición y otras disciplinas enfrentando así la carencia de estos profesionales en muchas regiones. En el caso de las especialidades médicas y odontológicas, el informe SIES indica que, de un total de 8.561 estudiantes, 2.664 lo hacían en regiones, como Antofagasta, Coquimbo, Valparaíso. O’Higgins, Maule, Biobío, La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos.

También debe rescatarse que, además de la formación de pregrado, estas instituciones han creado notables programas de magíster y doctorados, algunos de manera individual, otros consorciados. Esto permite que el sector público, el aparato productivo y sociedad civil, en general, dispongan de personas de alta calificación, capaces de abordar los complejos desafíos ambientales, culturales y tecnológicos del mundo moderno. Pero también esta oferta de posgrado hace más atractiva la vida en regiones y ayuda a detener la histórica y anómala fuga de talentos.

Asumir la riqueza y diversidad socio-cultural ha sido un sello distintivo. La incorporación de estudiantes pertenecientes a pueblos originarios alcanza a 94.328 personas a nivel nacional, representando un 11% del total universitario. En las instituciones de AUR, con 44.993, este promedio se eleva al 16.4%. Sin embargo, en varias regiones la matrícula en universidades regionales supera largamente este dato. Es el caso de Aysén, Los Lagos y Arica Parinacota, con más del 40%; de Araucanía, Atacama y Tarapacá, con más del 30% del total.

La inclusión de personas en situación de discapacidad también ha sido una preocupación fundamental. Todas las universidades chilenas acogieron a 8.137 personas, representando el 0.9% de la matrícula total. En el caso de las regionales AUR la matrícula es de 3.467, constituyendo el 1.3%, cifra muy superior a la nacional. Su aporte en algunas regiones como Aysén, Magallanes, Valparaíso y Biobío duplican la media nacional.

Desde hace años la matrícula femenina en las universidades supera a la de los hombres, alcanzando el 56% en 2025. Esa matrícula tiende a concentrarse en algunas áreas y es menor en carreras consideradas para hombres. Ocurre con las vinculadas con la ciencia, tecnología, ingeniería y matemática, que históricamente han tenido una matrícula femenina inferior al 25%. Todas las universidades regionales tienen políticas de igualdad de género, y entre sus múltiples áreas de trabajo, han diseñado mecanismos para promover una mayor presencia de mujeres en esas áreas.

Lee también...
Educación Pública: Los tristes indicadores Miércoles 07 Enero, 2026 | 15:13

La inclusión y diversidad, además de calidad, constituyen un desafío país que las universidades regionales han abrazado sin dudar. Esto ha requerido arduos esfuerzos académicos, administrativos, de equipamiento, acompañamiento psicosocial y de creación de una cultura que impregne a todas las comunidades –estudiantil, funcionaria y académica-. Todo esto tiene un inevitable impacto en las finanzas institucionales que normalmente no cuentan con aportes estatales permanentes y en volúmenes adecuados.

A ello, se agrega que la matrícula universitaria en regiones enfrenta serias brechas de escolaridad derivadas de la educación básica y media, como lo evidencian los puntajes SIMCE y PAES. Lo que requiere programas de nivelación, acompañamiento psicosocial y otros que también inciden en la extensión del periodo de titulación.

Considerando los grandes desafíos que enfrentan, las universidades regionales de la AUR destacan por su calidad. Pero más que la validez de los fríos indicadores que plantea el sistema (CNA), está la evaluación ciudadana. Las comunidades regionales, en los diversos estudios de opinión, las consideran las instituciones con mayores niveles de confianza y legitimidad.

Por eso, tal como nos señaló el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, don Gastón Soublette, cuando le hicimos entrega del Dr. Honoris Causa en nuestra universidad, “la formación universitaria está llamada a recomponer los elementos más significativos de la tradición popular anclada a nuestros pueblos y regiones. Su deber emancipador no se puede reducir al impacto económico e individual, sino que parte por la preocupación por el bienestar y el amor hacia el prójimo, lo que posibilitará una vida digna para todas las personas, nuestro medio ambiente y la responsabilidad recíproca que tenemos con todo lo existente en este planeta”.