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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Los historiadores, creyentes y ateos por igual, confirman la existencia de Jesús a través de fuentes como la Biblia, escritores romanos como Tácito, Plinio y Suetonio, así como Flavio Josefo y testimonios menores pero reveladores. Las cartas auténticas de Pablo de Tarso y hallazgos arqueológicos como la inscripción de Pilato en Cesarea Marítima respaldan la historicidad de Jesús. A pesar de una minoría mitista, el consenso abrumador de expertos sostiene que Jesús fue una figura real.

Se supone que los periodistas somos escépticos por naturaleza, algo que nos suele evitar caer en ciertos engaños, pero que no nos hace precisamente el alma de las fiestas.

“Si tu madre dice que te ama, verifícalo”, sentenció el veterano editor de Chicago, Arnold Dornfeld.

Siguiendo ese espíritu fue que mientras volvía a casa en medio de los preparativos de semana santa, me pregunté, ¿cómo sabemos que una figura tan importante en la cultura occidental como Jesús, realmente existió?

Sí, la Biblia lo dice (y San Pablo lo repite, reza el cancionero católico), pero con todo respeto a los creyentes, cuando salimos de la fe y entramos a la historia, necesitamos algunas pruebas un poco más contundentes, como pidió Santo Tomás Apóstol.

Por fortuna, esta vez no será necesario meter los dedos en las llagas de nadie. Y no lo digo yo, que apenas puedo demostrar mi propia existencia porque suelo olvidarme el carné en casa. Lo dice la abrumadora mayoría de los historiadores profesionales del mundo antiguo —creyentes, agnósticos y ateos por igual— quienes a estas alturas llevan más de dos siglos investigando el asunto y han llegado a una conclusión que, si fuera un veredicto judicial, sería por unanimidad con un voto disidente muy perdido al fondo de la sala.

Si quieren la respuesta corta, Bart Ehrman, distinguido profesor de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill y agnóstico declarado (es decir, un tipo sin velas que prender en este altar), lo resumió así: “ciertamente existió, como coincide virtualmente todo estudioso competente de la antigüedad, cristiano o no cristiano”.

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Y aquí es donde la cosa se pone interesante. Porque las pruebas no vienen solamente de la Biblia —que es lo que muchos asumen— sino de un puñado de romanos que lo despreciaban, un historiador judío con más vueltas que una montaña rusa, unos rabinos furiosos que lo acusaban de brujo, y hasta un filósofo griego que le inventó un padre ficticio.

Sumemos a eso las cartas de un hombre que conoció personalmente al hermano de Jesús apenas unos años después de su muerte, y una serie de hallazgos arqueológicos que de vez en cuando aparecen de la manera más inesperada… como debajo de un escalón.

Tres romanos que no podían ver a los cristianos ni en pintura

Las fuentes más valiosas para la historicidad de cualquier figura antigua son aquellas escritas por gente que no tenía ningún interés en hacerle propaganda. En el caso de Jesús, tenemos a tres romanos que compartían un sentimiento unánime hacia el cristianismo: desprecio. Los tres lo calificaban de superstitio —superstición— que en latín era más o menos el equivalente a una “secta de locos”. Paradójicamente, eso los convierte ahora en testigos de primera categoría.

El más importante es Cornelio Tácito, considerado el historiador romano por excelencia. Hacia el año 116 DC, mientras describía el Gran Incendio de Roma del año 64 y la necesidad de Nerón de encontrar culpables, dejó caer una frase que ha mantenido ocupados a los académicos durante siglos. Traducida al español, dice más o menos así: “el autor de ese nombre, Cristo, fue ejecutado en el reinado de Tiberio por el procurador Poncio Pilato; y aquella superstición perniciosa, reprimida por el momento, irrumpía de nuevo no solo por Judea, origen de aquel mal, sino también por Roma”.

Sin adornos, sin simpatía, sin el menor interés en hacerle un favor al cristianismo. Tácito llama al cristianismo un “mal” y una “superstición perniciosa” en la misma oración en que confirma que Cristo existió, que fue ejecutado bajo Pilato y que el movimiento se originó en Judea. Si esto fuera una falsificación cristiana, sería la peor campaña de relaciones públicas de la historia.

Pero la historia detrás de este texto es casi tan fascinante como el texto mismo. El pasaje sobrevive en un único manuscrito medieval —el Mediceus II—, copiado en el siglo XI en la abadía de Monte Cassino y conservado hoy en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia. El escritor Giovanni Boccaccio, que visitó Monte Cassino hacia 1370, encontró la biblioteca del monasterio en un estado vergonzoso: sin cerrojo, con hierba creciendo en las ventanas y polvo cubriendo los libros. Los monjes, según relató espantado, arrancaban páginas de los códices para fabricar amuletos o revenderlas como pergamino.

Biblioteca Medicea Laurenziana

Que la obra de Tácito haya sobrevivido a semejante abandono es, en sí mismo, un pequeño milagro (de los laicos). De hecho de sus 30 libros originales, aproximadamente la mitad se perdieron para siempre.

Un detalle técnico refuerza la autenticidad del pasaje. Tácito llama a Pilato procurator, cuando su título correcto era praefectus, como confirmaría el descubrimiento arqueológico de la Piedra de Pilato en 1961, del que hablaremos más adelante. Un falsificador cristiano habría sabido el título correcto, o al menos habría usado el término genérico que emplean los Evangelios. Tácito, sin embargo, usó la terminología administrativa de su propia época. Es justo el tipo de error que comete alguien que no está copiando de una fuente cristiana, sino escribiendo desde su propio conocimiento burocrático.

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Por otro lado tenemos a Plinio el Joven, sobrino de Plinio el Viejo —aquel naturalista entusiasta que tuvo la mala idea de acercarse demasiado al Vesubio para estudiar su erupción, con los resultados previsibles— y amigo personal de Tácito. Plinio escribió hacia el año 112 desde su puesto como gobernador de Bitinia-Ponto, en la actual Turquía, una carta al emperador Trajano que es básicamente la primera consulta laboral documentada sobre qué hacer con los cristianos.

El pobre hombre estaba genuinamente confundido: le llegaban denuncias anónimas, los acusados se retractaban al ser amenazados, y no tenía claro si el mero hecho de ser cristiano constituía delito o si hacía falta demostrar que habían cometido algún crimen concreto.

En medio de esta perplejidad burocrática, Plinio describe que los cristianos se reunían un día fijo antes del amanecer y “cantaban un himno a Cristo como a un dios” (quasi deo). Ese “como a” es revelador: Plinio entendía que Cristo había sido originalmente un ser humano al que luego se rindió culto divino. Su veredicto final sobre el movimiento fue lapidario: una superstición depravada y desmedida.

Por último tenemos a Suetonio, secretario del emperador Adriano, quien gracias al acceso a los archivos imperiales dejó la referencia más críptica en su Vida de Claudio: “expulsó de Roma a los judíos, que provocaban alborotos continuamente a instigación de Cresto”.

¿Cresto o Cristo? La confusión entre Chrestus y Christus era habitual en la época —el propio Tácito también escribe “chrestianos” en su manuscrito— y la mayoría de los especialistas interpreta que los “alborotos” reflejaban las disputas dentro de la comunidad judía romana provocadas por la predicación cristiana, hacia el año 49 DC. En su Vida de Nerón, Suetonio es más directo, pues describe a los cristianos como una clase de hombres dados a “una superstición nueva y maléfica”.

Lo más revelador es que estos tres autores se conocían personalmente. Plinio y Tácito se escribían cartas, algunas de ellas conservadas. Suetonio había trabajado en el equipo de Plinio en Bitinia. Los tres usaban la misma palabra despectiva —superstitio— para referirse al cristianismo, y ninguno muestra la más mínima simpatía por el movimiento.

Si alguien quisiera falsificar evidencia a favor de Jesús, estos serían los últimos candidatos a prestarse para el trabajo.

El caso más polémico de la historiografía antigua

Ahora bien, si los romanos nos dan confirmación externa, las fuentes judías proporcionan algo potencialmente más valioso, el testimonio de alguien que escribió desde dentro del mundo en que vivió Jesús. Se trata de Flavio Josefo, un personaje cuya vida novelesca merecería por sí sola un artículo aparte.

Nacido como Yosef ben Matityahu en el año 37 DC —apenas unos años después de la crucifixión— Josefo fue aristócrata sacerdotal judío, comandante militar durante la guerra contra Roma y, tras su captura, cronista al servicio de los emperadores flavios.

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¿Cómo sobrevivió a la guerra? Según su propio relato (que hay que tomar con pinzas del tamaño de una grúa), cuando los romanos asediaron la fortaleza de Jotapata y sus 40 defensores atrapados en una cueva decidieron suicidarse antes que rendirse, organizaron un sorteo para matarse unos a otros por turnos. Josefo “de alguna manera” —así, con comillas— logró quedar entre los dos últimos y convenció a su compañero de que mejor se entregaban.

Posteriormente profetizó que el general Vespasiano se convertiría en emperador, lo que al cumplirse le valió la libertad, una pensión y un departamento en Roma. Sí, lo acusaron de cobarde, traidor y oportunista, pero escribió una de las obras históricas más importantes de la Antigüedad, así que cada quien con sus prioridades.

Así, en sus Antigüedades Judías (93-94 DC), Josefo dejó dos menciones a Jesús que han generado la controversia académica más intensa y prolongada de toda la historiografía antigua.

La primera, conocida como el Testimonium Flavianum, dice cosas como “si se le puede llamar hombre”, “Él era el Cristo” y “al tercer día se les apareció vivo”. Frases que un judío fariseo no converso jamás habría escrito. ¿El problema? Que hace siglos se detectó que algún copista cristiano medieval embelleció el texto original, añadiendo confesiones de fe a lo que seguramente era un párrafo bastante más tibio.

Pero, ¿todo el pasaje es una invención cristiana, o hay un núcleo auténtico debajo de los retoques?

La posición mayoritaria entre los especialistas —y hablamos de gente como John Meier, de la Universidad de Notre Dame, cuya monumental serie A Marginal Jew le llevó más de treinta años y seis volúmenes— es que Josefo sí escribió algo sobre Jesús, pero que un copista le añadió las frases más devotas.

Meier propuso en 1991 una reconstrucción que hoy goza de amplia aceptación: si quitamos las interpolaciones, queda un texto donde Josefo describe a Jesús como “un hombre sabio” (expresión típica suya, que usa también para Salomón), que fue condenado a la cruz por Pilato y cuyos seguidores persisten hasta el día de hoy (de entonces) como “la tribu de los cristianos”.

Varios detalles lingüísticos apoyan esta lectura. El término “tribu” (fylon) para designar a los cristianos no aparece en ningún texto cristiano de la época, pero es característico de Josefo. La palabra hedoné (“placer”), empleada para describir a quienes recibían sus enseñanzas, tiene connotaciones negativas en la literatura cristiana, donde la asocian con la sensualidad y el pecado. ¿Qué falsificador cristiano elegiría precisamente esa palabra para describir a los seguidores de Cristo?

En 1971, el profesor Shlomo Pines de la Universidad Hebrea de Jerusalén publicó un hallazgo que generó considerable revuelo: una versión árabe del pasaje, preservada en la crónica de Agapio de Hierápolis —un obispo melquita del siglo X—, donde la frase “Él era el Cristo” se suaviza a “era quizás el Mesías”. Un matiz enorme.

Pero hay un segundo pasaje josefino, menos famoso y mucho más sólido. En Antigüedades 20.9.1, al describir un abuso de poder del sumo sacerdote Ananías hacia el año 62 DC, Josefo menciona de paso que este convocó al consejo del Sanedrín y llevó ante él “al hermano de Jesús, llamado Cristo, cuyo nombre era Santiago”. Aquí Jesús no es el protagonista sino un dato de identificación, como decir “el hermano de Juanito”. La expresión “llamado Cristo” (tou legomenou Christou) es neutral, no afirmativa, más un apodo que una confesión de fe. No hay evangelios, no hay milagros, no hay teología. Prácticamente nadie en la academia cuestiona la autenticidad de este pasaje, y por buenas razones.

Los enemigos que nunca lo negaron

Más allá de las fuentes principales, hay un grupo de testimonios menores pero reveladores que comparten una característica sorprendente: todos provienen de adversarios del cristianismo, y ninguno niega que Jesús haya existido.

Primero tenemos a Luciano de Samósata, el gran satírico griego del siglo II —algo así como un cómico de standup de la antigüedad—, escribió hacia 165 DC en su obra La muerte de Peregrino que los cristianos adoraban “a un hombre, el distinguido personaje que introdujo sus nuevos ritos y que fue crucificado por ello”. En otro pasaje lo llama “el sofista crucificado”, ningún cumplido considerando que los sofistas eran filósofos con fama de charlatanes.

Luciano trataba a los cristianos con una mezcla de desprecio intelectual y asombro genuino ante su credulidad. Se maravillaba de que compartieran sus bienes, que se llamaran hermanos y estuvieran dispuestos a morir por sus creencias. Los consideraba ingenuos hasta lo patológico. Pero en ningún momento se le ocurrió decir que su fundador no había existido. Y eso que Luciano, cuya especialidad era demoler farsantes y estafadores, no se habría privado de usar ese argumento si hubiera tenido el menor motivo para creerlo. Habría sido el remate perfecto para su sátira.

Primeros Cristianos

Luego veamos a Mara bar Serapión, un filósofo estoico sirio que escribió desde prisión, probablemente tras la conquista romana de Samósata en 73 DC, le dejó a su hijo una carta en arameo donde compara tres sabios perseguidos injustamente: “¿Qué ganaron los atenienses con matar a Sócrates? ¿Qué ganaron los samios con quemar a Pitágoras? ¿Qué ganaron los judíos con ejecutar a su sabio Rey?”.

Lo interesante es que Mara no era cristiano —habla de “nuestros dioses” en plural y no menciona la resurrección— lo cual otorga a su testimonio un valor particular como fuente independiente.

Después, en el Talmud babilónico (Sanedrín 43a), compilado entre los siglos III y V pero conteniendo tradiciones orales potencialmente más antiguas, preserva una referencia que es todo lo contrario a un halago: “En la víspera de Pascua colgaron a Yeshu el Notzri, porque practicó la hechicería y sedujo y descarrió a Israel”.

Peter Schäfer, de la Universidad de Princeton, argumentó en su libro Jesus in the Talmud (2007) que el pasaje se refiere claramente a Jesús de Nazaret. Lo acusan de brujo y de corromper al pueblo —acusaciones muy graves— pero no de no existir.

Algo irónico es que la referencia a “Yeshu ha-Notzri” fue censurada de las ediciones impresas del Talmud a partir de 1520, bajo presión de las autoridades cristianas. Es decir, los cristianos censuraron la única fuente judía que confirmaba la existencia de su fundador, porque no les gustaba el tono.

Yeshu ha Notzri
Yeshu ha Notzri

Y entonces tenemos a Celso, un filósofo griego cuya obra El discurso verdadero (178 DC) se perdió pero sobrevive ampliamente citada en la refutación de Orígenes. Celso fue el primer crítico intelectual sistemático del cristianismo, y su estrategia fue tan brillante como perversa: en lugar de negar la existencia de Jesús, fabricó una biografía alternativa. Según él, Jesús no era hijo de una virgen sino de un soldado romano llamado Pantera, y había aprendido artes mágicas durante una estancia en Egipto.

Ahora viene la anécdota curiosa. En 1859, en Bingerbrück, Alemania, durante la construcción de un ferrocarril, se descubrió la lápida funeraria de un soldado romano llamado Tiberio Julio Abdes Pantera, procedente de Sidón (el actual Líbano), que sirvió en una unidad estacionada en la región de Judea hacia la época correcta.

Alchetron.com

¿Coincidencia cósmica? ¿Evidencia arqueológica del chisme más antiguo de la historia? La mayoría de los especialistas —incluido Raymond Brown, autor de la obra de referencia sobre los relatos de la infancia de Jesús— consideran que la historia de Pantera era una invención polémica, posiblemente un juego de palabras burlesco con parthenos (virgen, en griego). Si los cristianos decían que Jesús era hijo de la Virgen, los enemigos respondían que era hijo de Pantera. Pero el hallazgo de la lápida le añade a la historia un condimento que ningún guionista de Netflix despreciaría.

El punto clave —y esto es lo que realmente importa— es que ni Celso, ni los rabinos del Talmud, ni Luciano, ni Mara, ni absolutamente nadie en la antigüedad cuestionó jamás que Jesús hubiera existido. Sus estrategias consistían en ofrecer explicaciones alternativas —magia en lugar de milagros, una paternidad vulgar en lugar de nacimiento virginal, charlatanería en lugar de sabiduría— pero no en negar que hubiera existido una persona real.

En palabras del propio Ehrman: “Este silencio de los adversarios es en sí mismo un argumento poderoso. Si hubiera existido la menor sospecha de que Jesús era un invento, alguien lo habría dicho”.

El hombre que conoció al hermano de Jesús

Pero dejemos a los enemigos y vayamos a la evidencia interna más antigua. Las siete cartas indiscutidamente auténticas de Pablo de Tarso —Gálatas, 1 de Tesalonicenses, 1 y 2 de Corintios, Romanos, Filipenses y Filemón, escritas entre aproximadamente el 48 y el 62 DC— son los documentos cristianos más antiguos que existen, anteriores a todos los Evangelios por al menos una década. Estos contienen datos biográficos sobre Jesús que aparecen de manera incidental, casi como al pasar —en medio de instrucciones sobre ofrendas, disputas comunitarias y problemas de convivencia— lo que les confiere un valor histórico enorme. Nadie inventa datos cruciales mientras regaña a una congregación por sus trifulcas internas.

El pasaje que los historiadores citan con más frecuencia es Gálatas 1:18-19, donde Pablo cuenta que tres años después de su conversión subió a Jerusalén para conocer a Pedro, y que allí vio también a “Santiago, el hermano del Señor”. Pablo añade enfáticamente: “En lo que os escribo, ante Dios, no miento”. Esta visita se fecha hacia el año 35-36 DC, apenas tres a cinco años después de la crucifixión.

Detengámonos un momento en lo que esto significa. Pablo está afirmando, como testimonio de primera mano y bajo juramento, nada menos, que conoció personalmente al hermano biológico de Jesús. No a un seguidor. No a alguien que escuchó la historia de un amigo del tío que conoció a un tipo que una vez vio al predicador. Al hermano. Tres años después de los hechos. En la misma ciudad donde ocurrieron.

Esto es, en términos historiográficos, un nivel de proximidad que la mayoría de las figuras del mundo antiguo solo pueden soñar. Hay emperadores romanos de los que sabemos menos que de este carpintero galileo y cuya existencia nadie cuestiona.

De las cartas paulinas se puede extraer un perfil disperso pero consistente: Jesús nació de mujer y bajo la ley judía (Gálatas 4:4), descendía del linaje de David (Romanos 1:3), tuvo discípulos incluyendo “los Doce” (1 Corintios 15:5), celebró una cena la noche en que fue entregado (1 Corintios 11:23-26), fue crucificado (en múltiples cartas), fue sepultado, y enseñó sobre el divorcio, y aquí Pablo distingue explícitamente entre la enseñanza de Jesús y su propia opinión, algo que solo se hace cuando se cita a una persona real que dijo cosas concretas que la gente recuerda.

En 1 Corintios 15:3-8, Pablo transmite lo que los especialistas identifican como un credo preexistente que él “recibió” (parélabon) usando el lenguaje técnico rabínico para la transmisión de tradiciones orales. Es una especie de “fórmula de fe” que Pablo no inventó sino que le fue enseñada, probablemente durante su visita a Jerusalén.

La antigüedad de esta fórmula es aceptada incluso por los académicos más escépticos. James D.G. Dunn afirmó que fue formulada “dentro de los meses siguientes a la muerte de Jesús”. Gerd Lüdemann, profesor ateo de Gotinga, coincidió en que debía datarse “en los primeros dos años tras la crucifixión”. Hasta Richard Carrier, quizá el principal defensor académico de la inexistencia de Jesús, reconoció que la evidencia de que este credo se remonta al origen del movimiento “es ampliamente sólida”.

Un detalle adicional: la copia más antigua de las cartas de Pablo es el papiro P46, fechado hacia 175-225 DC, conservado entre la Biblioteca Chester Beatty de Dublín y la Universidad de Míchigan.

Michigan University

El fragmento neotestamentario más antiguo conocido es el P52, un trozo del Evangelio de Juan del tamaño de una tarjeta de crédito, datado entre 125 y 175 DC, que se exhibe en Mánchester. Fue comprado en Egipto en 1920 por Bernard Grenfell pero nadie lo identificó hasta 1934, cuando el papirólogo (sí, eso es una profesión) Colin H. Roberts reconoció su contenido. Pasó catorce años durmiendo en una caja sin que nadie supiera lo que tenían entre manos.

Lo que hay bajo las piedras

La arqueología no puede probar directamente que un predicador itinerante caminó por Galilea hace dos mil años, pero sí puede verificar el escenario, como los lugares, las personas o las instituciones. Y en las últimas décadas, el escenario ha ido confirmándose de maneras que a veces rozan lo cinematográfico.

El 15 de junio de 1961, en el teatro romano de Cesarea Marítima en Israel, un equipo dirigido por Antonio Frova de la Universidad de Milán encontró un bloque de piedra caliza de 82 por 65 centímetros reutilizado como escalón en una escalera del siglo IV. La inscripción estaba boca abajo, y como la gente había estado pisando el nombre durante siglos, irónicamente esto preservó las letras del desgaste. El texto decía: “Pontius Pilatus, Praefectus Iudaeae”.

Sowing the Seeds

Era la primera evidencia arqueológica contemporánea de la existencia de Pilato, y además revelaba que su título oficial era praefectus, no procurator como vimos que (bien) erró Tácito. El original se conserva en el Museo de Israel en Jerusalén.

En 2018 en tanto, la reexaminación de un anillo de cobre hallado en el Herodión en 1968 reveló la inscripción griega “de Pilato”, proporcionando un posible segundo artefacto vinculado al prefecto. Esta vez fueron cincuenta años esperando en una bodega para que alguien le mirara bien la inscripción…

Ahora, en noviembre de 1990, una excavadora que trabajaba en el Bosque de la Paz, al sur de Jerusalén, rompió accidentalmente el techo de una tumba del Segundo Templo. Dentro, el arqueólogo Zvi Greenhut encontró doce osarios, uno de ellos bellamente decorado con rosetas talladas y la inscripción “Yehosef bar Qayafa” —José, hijo de Caifás— en arameo.

Se trata del mismo Caifás que, según los Evangelios, presidió el juicio contra Jesús. El osario contenía los restos de seis personas, incluido un hombre de unos sesenta años. Dominic Crossan y Jonathan Reed, dos académicos que no se caracterizan precisamente por la credulidad, afirmaron que no debería haber duda de que aquella cámara funeraria perteneció a la familia del sumo sacerdote.

Epic Archeaology

En cuanto a Nazaret, las investigaciones del profesor Ken Dark del King’s College de Londres, que dirigió el Proyecto Arqueológico de Nazaret durante dieciocho años, confirmaron que se trataba de una pequeña aldea judía estrictamente observante de unas 50 casas y entre 400 y 480 habitantes. Sus residentes usaban exclusivamente cerámica judía, observaban las leyes de pureza y no poseían objetos de vidrio ni porcelana, indicadores de pobreza. La existencia de Nazaret como asentamiento habitado en el siglo I, negada por algunos estudiosos, está hoy plenamente demostrada. Era, por decirlo suavemente, un lugar del que nadie esperaba nada,y eso refuerza la historicidad: nadie inventa un Mesías de un pueblo que ni siquiera aparece en las profecías.

Lo que dice el consenso (y los que disienten)

¿Qué piensan los historiadores profesionales? El consenso es abrumador. Ehrman estima que el 99,9% de los expertos (competentes) acepta la historicidad de Jesús, y ha comparado la postura contraria con el creacionismo de seis días en un departamento de biología. James Dunn, de la Universidad de Durham y una de las voces más autorizadas sobre estudios históricos del Nuevo Testamento, fue directo: “Hoy, casi todos los historiadores, sean o no cristianos, aceptan que Jesús existió”.

Y no son solo los académicos cristianos. Géza Vermes, nacido en una familia judía húngara cuyos padres no sobrevivieron al Holocausto, reconvertido al judaísmo tras haber sido sacerdote católico, y primer catedrático de Estudios Judíos en Oxford, lo planteó así: “Es mucho más probable que existiera a que no. Creer que fue inventado es una tarea mucho más difícil”.

Maurice Casey, profesor de la Universidad de Nottingham y académico declarado no religioso, fue menos diplomático: “Esta postura es demostrablemente falsa. Está alimentada por una lamentable forma de prejuicio ateo”. Por su parte, Ed Parish Sanders, catedrático de la Universidad de Duke, estableció en Jesús y el judaísmo (1985) ocho “hechos casi indiscutibles” sobre Jesús, a partir de los cuales construyó su retrato del predicador galileo.

Frente a este consenso masivo, sobrevive una corriente minoritaria llamada mitismo, que sostiene que Jesús nunca existió. Su principal exponente académico, Richard Carrier, doctorado en Historia Antigua por la Universidad de Columbia, aplicó el teorema de Bayes para calcular la probabilidad de su existencia, un ejercicio que, más allá de sus méritos, tiene la virtud de ser el primer intento de resolver una pregunta de historiografía antigua con estadística bayesiana.

Sin embargo ningún departamento universitario de historia de ninguna universidad importante del mundo ha respaldado la tesis mitista. La razón fundamental es que para sostenerla hay que descartar el testimonio de Pablo —un contemporáneo que conoció personalmente al hermano de Jesús— y explicar cómo una figura puramente mítica generó un movimiento con seguidores identificables en Judea apenas unos pocos años después de su supuesta muerte, y dar cuenta de por qué absolutamente ningún adversario antiguo del cristianismo aprovechó el argumento demoledor de negar su existencia.

Los historiadores disponen además de herramientas metodológicas específicas para evaluar qué material sobre Jesús es probablemente auténtico. El más elegante es el llamado criterio de vergüenza: si los primeros cristianos no inventaron un episodio que les causaba muchos problemas teológicos, es porque probablemente ocurrió.

¿Por qué inventar un Jesús que fue bautizado por Juan “para el perdón de los pecados”, lo cual implicaba que Jesús necesitaba perdón y que Juan era su superior? ¿Por qué inventar una crucifixión —la muerte más humillante del mundo romano, reservada a criminales y esclavos— como destino del Mesías? Pablo admitía abiertamente que la cruz era “escándalo para los judíos y locura para los gentiles”. ¿Por qué inventar que venía de Nazaret, un pueblo que no aparece en ninguna profecía mesiánica, cuando la profecía señalaba a Belén?

La respuesta más sencilla es que no lo inventaron. Ocurrió.

Un predicador judío galileo llamado Yeshua, que actuó durante el gobierno de Poncio Pilato, que fue bautizado por Juan, que reunió seguidores, que generó controversia con las autoridades religiosas y que murió crucificado por los romanos, existió. Lo atestiguan fuentes romanas hostiles, un historiador judío con más vidas que un gato, cartas de un contemporáneo que conoció a su hermano, polémicas rabínicas que lo acusan de hechicería pero no niegan su existencia, un filósofo pagano que le fabricó una biografía alternativa en lugar de negar la original, y un registro arqueológico que sigue confirmando detalles del relato con cada nueva pala que se hunde en la tierra de Jerusalén.

Lo que cada quien haga con ese dato ya es asunto de fe, de filosofía o para discutir durante el café.

La historia, por su parte, ya dijo lo suyo.

Cómo hicimos esta nota

Esta nota fue investigada en sitios especializados mediante Claude, la inteligencia artificial de Anthropic. Basado en esos datos, se escribió partes del artículo y se pidió a Claude incorporarlos a un borrador. El autor luego editó y verificó todo el texto realizando correcciones.