Las hipótesis que siguen no son sobre una persona en particular, sino sobre ese momento: cuando la política pierde la capacidad de entender lo que ella misma está haciendo.

Se suele pensar que en política uno decide y luego ocurren cosas más o menos previsibles. Y es cierto, pero es una idea cómoda. La historia, cuando se mira con un poco más de atención, está llena de momentos donde la claridad es solo una ilusión bien construida.

El caso de Creso es casi pedagógico. Consultó al Oráculo de Delfos antes de lanzarse a la guerra y recibió una respuesta que parecía perfecta: “si cruzas el río, destruirás un gran imperio”. Y Creso entendió exactamente lo que quería entender. Cruzó el río convencido de que la historia estaba de su lado. El imperio que cayó fue el suyo. No hubo error en la frase. Hubo un problema más profundo: la incapacidad de leer correctamente en un momento donde el sentido ya no estaba estabilizado.

Y ese es, en el fondo, el problema que enfrentamos hoy. No es solo que la política sea más compleja o más conflictiva. Es algo más incómodo: estamos en un momento en que los marcos que antes permitían entender lo que está pasando empiezan a fallar. Se toman decisiones, pero no está claro en qué tipo de tiempo se están tomando. Se actúa con convicción, pero el terreno bajo los pies ya no es el mismo.

Como Creso, se cree que se está avanzando en una dirección, cuando en realidad se ha entrado en un espacio donde las reglas cambiaron sin aviso. Las hipótesis que siguen no son sobre una persona en particular, sino sobre ese momento: cuando la política pierde la capacidad de entender lo que ella misma está haciendo.

Mientras el papel de Creso en nuestra historia contemporánea lo ha tomado Trump, vale la pena discutir tres tesis sobre él.

Hipótesis 1

La fórmula Bannon-Trump es un hito en la teoría comunicacional pues garantiza la relación inversa entre dominar la agenda y el control de la legitimidad

“It is a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing” (Macbeth)
(“Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”.)

Se suele decir que Donald Trump domina la agenda. Y es cierto, pero es una afirmación insuficiente. Dominar la agenda supone que existe una agenda, es decir, un conjunto de temas que pueden ordenarse, jerarquizarse y discutirse. Supone (el concepto de agenda) que hay un espacio comunicacional que, aunque disputado, conserva cierta estructura. Pero ese supuesto es precisamente el que ha dejado de ser válido.

De hecho, en nuestras metodologías asociadas a la empresa tecnológica CISMIC, donde estamos construyendo una serie de dispositivos metodológicos y matemáticos de análisis de contextos nacionales orientado a identificar momentos en que el orden entra en crisis. Lo que observamos es algo distinto: en esas ‘exitosas agendas’ no hay simplemente nuevos temas o climas de opinión, sino transformaciones más profundas, donde cambia la estructura semántica, emerge una nueva geometría de relaciones y se activa una disponibilidad de entropía diferencial que altera las condiciones mismas del sistema.

Y no es para mejor de quien la impulsa, sino todo lo contrario. No todos los escenarios son un giro temático; algunos son mutaciones estructurales. Y la tesis comunicacional Bannon-Trump, centrada en la ocupación del espacio mediático, tiende a ignorar precisamente ese nivel de transformación.

Esto no ha sido un error solo cometido por la derecha internacional. En gran medida la llamada cultura woke contenía el mismo germen: creer que un cambio cultural era una promoción de agendas. Esa idea resultó equivocada. Pero indudablemente es un salto hacia adelante lo de Bannon-Trump, porque una cosa es simplificar el cambio social, pero otra cosa es creer que llenar el espacio público de mierda para dominar la agenda tendría alguna capacidad de triunfar en el mediano plazo. Es la tesis del emperador que reza: “después de mí el diluvio”. Aunque a veces se adelanta.

Si somos rigurosos, el fenómeno Trump no consiste en controlar la agenda, sino en eliminar sus condiciones de existencia. No se trata de decidir qué tema viene primero, sino de impedir que haya un “primero” y un “segundo”.

Lo que se instala es otra cosa: una ocupación total del espacio comunicacional, una saturación permanente que impide cualquier estabilización del sentido. Dicho de manera más directa, lo que ocurre en este caso es que no estamos ante una política que organiza la discusión, sino ante una política que vuelve imposible organizarla para permitir que de ella surjan conclusiones y con ello políticas públicas, sociales o doctrinas de alcance histórico.

Después de siglos que la cultura occidental inventó la política más sofisticada de la historia, con un desarrollo extraordinario, llega el último emperador para arreglar a martillazos comunicacionales. Es la tesis de reemplazar la gestión pública por la comunicación para sostener una estructura de poder que no se puede vislumbrar sino como un triunfo de camarillas, de unas ante otras y nada más.

En este punto, la consigna atribuida a Steve Bannon —“inundarlo todo de mierda”— no es una provocación vulgar, sino una descripción precisa del método. La semántica política, que es la que ordena las estructuras políticas y forja las posibilidades institucionales, sencillamente queda destruida.

La tesis de Bannon no se basa en que la gente crea una mentira (denuncia algo superficial de la izquierda). Ni siquiera se trata de que la ciudadanía dude. Se trata de algo más radical: la idea es que la ciudadanía pierda la capacidad de distinguir.

Cuando todo puede ser verdad y todo puede ser falso al mismo tiempo, el problema deja de ser epistemológico y pasa a ser político. Lo que se rompe no es una creencia, sino la posibilidad misma de construir un marco de creencias compartidas.

En realidad, esto es poco. La legitimidad tiene distintas capas: la más obvia es la reputacional, que es la capa superficial, la que vemos (el líder es competente, es bueno, o alguna valoración de ese orden); la segunda es la concordancia del líder con la estructuras institucionales, es decir, la estructura política y el líder tienen una relación armónica; la tercera capa nos habla de la relación del líder con sus desafíos de época y finalmente la cuarta capa es cognitiva, esto es, cuando la pregunta que se plantea la ciudadanía es si tiene sentido la existencia de esas estructuras políticas y/o de ese líder.

Adivine usted donde estamos en Occidente.

Así es, en la capa más básica, no cumplimos ni siquiera esa capa.

Y Trump ha creado una fórmula para ganar elecciones y capturar poder aprovechando la caída de la última capa de legitimidad. Hoy, en el mundo occidental, cada vez es más elevada la confusión y la incapacidad de comprender para qué sirve la política.

Por eso, en este esquema, los medios tradicionales dejan de ser interlocutores para convertirse en enemigos. No porque se discrepe de ellos, sino porque su existencia misma supone que hay algún tipo de mediación posible entre hechos e interpretación. Y eso es precisamente lo que el dispositivo de Trump necesita destruir.

Si existe un árbitro, aunque sea imperfecto, existe la posibilidad de recomponer el sentido. Si el árbitro cae, lo que queda es la relación directa entre el líder y su audiencia, sin intermediación, sin verificación, sin distancia. Y ante la reducción de la mera posibilidad de un acto intelectivo, solo quedará la pulsión.

Como se ha insinuado, estamos frente a una paradoja. Este método es extraordinariamente eficaz. Permite ocupar todo el espacio, desplazar a los adversarios y construir liderazgo con una velocidad que los sistemas tradicionales no pueden igualar. Pero esa misma eficacia descansa en un principio que es corrosivo para el sistema en su conjunto: la destrucción de los marcos de sentido que hacen posible la legitimidad.

La saturación, la confusión y la deslegitimación de toda mediación impiden que ese proceso ocurra. Y cuando eso ocurre, la política no desaparece, pero cambia de naturaleza. Lo que emerge entonces es una forma distinta de adhesión. Ya no basada en marcos de sentido, sino en adhesiones inmediatas, intensas y frágiles. Ya no sostenida en la capacidad de ordenar la realidad, sino en la capacidad de impactarla. Ya no mediada institucionalmente, sino anclada emocionalmente.

Y aquí es donde el fenómeno adquiere su carácter más problemático. Porque el método no solo produce un liderazgo (de corta capacidad), sino que también (y sobre todo) produce malestar. No como efecto secundario, sino como consecuencia directa de su funcionamiento. La saturación permanente eleva la energía del sistema —conflicto, tensión, visibilidad—, pero reduce su capacidad de procesar significado. Y cuando un sistema político tiene más energía que significado, lo que aparece no es dinamismo, sino desorganización.

De este modo, el fenómeno Trump deja de ser un caso particular y se transforma en algo más relevante: una máquina. Una máquina que, por las mismas razones por las que logra producir liderazgos con alta eficacia, genera simultáneamente un incremento sostenido del malestar. No porque falle, sino porque funciona. Y no porque funciona, sino porque falla. Sí, así es, no se entiende. Pero es que se ha llenado todo de algo barroso y poco edificante.

Hipótesis 2

Trump es un agujero negro que produce una mutación en el tiempo político

“Time is out of joint” (Hamlet)
(“El tiempo está fuera de quicio”.)

Se suele pensar que la política organiza el tiempo. Y es cierto, pero conviene entender qué significa eso. La política moderna no solo decide, también ordena temporalmente la realidad: interpreta el pasado, gestiona el presente y proyecta el futuro. Esa triple operación permite algo fundamental: coordinar la acción colectiva en el tiempo, otorgarle sentido y dirección. Sin esa estructura, no hay proyecto político posible, solo administración fragmentaria de acontecimientos.

Sobre esa base se construyen las grandes tradiciones políticas modernas. El liberalismo parte de una tesis clara: avanzar sistemáticamente, sin detenerse, consolidando institucionalmente cada logro, es la vía más eficaz para el desarrollo político. Luego emerge el socialismo, que introduce una crítica decisiva: los cambios graduales pueden terminar siendo funcionales al orden que se busca transformar, y por tanto no basta con caminar; a veces hay que trotar, eventualmente correr. No todos los socialismos coinciden en la velocidad, pero comparten la sospecha respecto de la lentitud.

Más allá, en el extremo de esa ambición transformadora —que luego desborda al propio socialismo— aparecen las corrientes libertarias y anarquistas, que sostienen que ni siquiera correr es suficiente: es necesario saltar. Saltos que implican quiebres, interrupciones, momentos de colapso donde, en medio de la crisis, se revelaría una verdad más profunda sobre el orden social.

Frente a estas posiciones, las corrientes conservadoras y realistas del tiempo sostienen lo contrario: que las cosas, tal como están, suelen ser preferibles a su alteración, y que los cambios, si ocurren, deben ser mínimos, controlados y sin afectar las estructuras fundamentales. Es la lógica que, en su versión más elaborada, ha sido leída como una crítica al impulso transformador desbordado.

Todas estas tradiciones, con diferencias radicales entre sí, comparten sin embargo un supuesto común: el tiempo es estructurable, interpretable y gobernable. La política, en todos esos casos, es una teoría del tiempo. ¿Y qué ocurre con Donald Trump?

Ocurre algo distinto. Trump no tiene una teoría del tiempo. Su operación no consiste en caminar, ni trotar, ni correr, ni saltar, ni conservar. Su operación es la confusión. Y la confusión, por definición, no ocurre en el tiempo, porque el tiempo supone organización de los acontecimientos, secuencia, dirección. Nada de eso está presente aquí. Por eso, más que una variante ideológica, el fenómeno Trump constituye una salida del marco mismo de las ideologías: no propone una teoría alternativa del tiempo político, sino la suspensión de sus condiciones de posibilidad.

Donald Trump entonces rompe la arquitectura del largo desarrollo de la política occidental. No la tensiona ni la debilita, más bien la colapsa. Bajo su lógica, el tiempo deja de ser una estructura articulada y se convierte en un campo de intensidades inmediatas.

El pasado ya no es interpretado, sino instrumentalizado; el futuro deja de ser horizonte y se vuelve irrelevante; y el presente se hipertrofia hasta absorberlo todo en la satisfacción de la pulsión del momento. Es así que no se puede organizar sucesos. No hay secuencia, no hay continuidad, no hay dirección. Hay, simplemente, una sucesión de impactos.

Se podría decir, superficialmente, que estamos ante una aceleración del tiempo político. Y algo de eso hay. Pero es una descripción pobre. No estamos ante un fenómeno de velocidad, sino ante una mutación en la naturaleza del tiempo. Trump no es solo un acelerador de partículas comunicacionales, no es solo la intensificación de un proceso previo. Es algo más preciso: es la figura del emperador de cierre, aquel que ya no organiza el tiempo, sino que lo deforma.

Y esa deformación tiene consecuencias estructurales. Porque lo que se rompe no es simplemente la planificación —aunque efectivamente se destruye—, sino la unidad entre tiempo histórico y tiempo político. Durante buena parte de la modernidad, ambos planos se encontraban relativamente alineados: la política operaba como mecanismo de traducción de procesos históricos en decisiones institucionales. Había tensiones, por supuesto, pero también había correspondencias.

Eso deja de ocurrir.

Algo de esto había ya ocurrido con el posmodernismo, pero este paso, el de Trump, es en otra dimensión. Con el fenómeno Trump, el tiempo político se autonomiza, pero no construyendo su propio orden, sino tornándose errático; mientras el tiempo histórico sigue su curso con una inercia que ya no logra ser capturada ni procesada. Se produce entonces una asimetría: uno se hiperintensifica y se fragmenta; el otro se densifica y se vuelve incomprensible. Ya no hay puente entre ambos.

En este punto debemos hacer notar que lo observado por la opinión pública y los analistas no es simplemente concentración de atención, sino una curvatura del campo político. El liderazgo no solo ocupa espacio comunicacional, sino que altera la geometría en la que los actores operan. El tiempo, bajo estas condiciones, deja de ser homogéneo. Se vuelve asimétrico, dependiente de la proximidad a ese centro de gravedad.

En este sentido, la figura de Trump puede entenderse como un agujero negro político. No en el sentido banal de absorber atención —que también lo hace—, sino en uno más estructural: su forma de liderazgo genera una región donde la densidad de energía comunicacional es tal que distorsiona el tiempo político disponible.

La ciudadanía ve en ello poder, pero en realidad es simplemente deformación, el predominio de una geometría que solo obliga a avanzar hacia el colapso. Trump se ve libre en sus decisiones, pero su camino es recto y no puede ser otro, está sobredeterminado por la geometría que él mismo construyó. ¿Y qué pasa con el resto? A medida que los actores se acercan a ese campo, pierden capacidad de proyectar, de estructurar, de salir de la lógica inmediata. Todo queda atrapado en un presente intensificado.

Y como en los modelos físicos, hay un umbral. Un punto a partir del cual no es posible retornar a condiciones normales de operación. En términos sociales, ese umbral coincide con la pérdida de capacidad de producir futuro. Cuando el sistema político ya no puede proyectar, cuando no logra articular horizonte, lo que ha ocurrido no es una crisis más: es un cambio en las condiciones de posibilidad del propio sistema.

Es así como los triunfos son aberraciones, monstruos novedosos que no pueden fijarse en un significado. Ya no se sabe si Estados Unidos es o no parte de la guerra en Ucrania, ya no sabemos qué diablos es la estructura de poder venezolana, ante la creación del trumpismo-chavista, ya nadie puede definir si Irán será un gran hijito para Estados Unidos o simplemente su mayor caída.

En este contexto, bajo esta operación, se produce algo más. La política deja de ser proyecto y se convierte en reacción permanente. Y esto ocurre porque ya no existe una estructura del tiempo que facilite que esas ideas se estructuren, se contrasten y se proyecten. La política es mera reacción. Se trata de manejar las dotes de la oratoria, pero la frase no puede durar más de diez segundos. Es el fin de la historia, pero no por la certeza, sino por su opuesto, la confusión. Y esta disuelve toda comprensión en mera contingencia.

Esto permite entender algo que suele pasar desapercibido. No es que este tipo de liderazgo esté desconectado de la historia. Es peor: impide que la historia pueda ser procesada políticamente. Y cuando eso ocurre, los procesos históricos siguen avanzando, pero sin mediación, sin conducción y sin traducción institucional.

Y eso, en términos estrictos, no es solo una crisis política. Es una crisis de la geometría misma del tiempo social.

Hipótesis 3

Donald Trump es una nueva forma de peor socio político, una forma caracterizada por dar vida a sus aliados mientras no les deja gobernar

“Thus bad begins and worse remains behind” En Hamlet (Francisco)
(“Así empieza lo malo y lo peor queda por venir”.)

Se suele pensar que Donald Trump tiene aliados. Y es cierto, pero es una afirmación imprecisa. Tener aliados supone que existe algo que compartir: un proyecto, una dirección, una cierta estabilidad en el tiempo que permita coordinar acciones y distribuir costos. Supone, en el fondo, que la política sigue operando bajo sus reglas más básicas. Pero ese supuesto es precisamente el que ha dejado de ser válido.

En el fenómeno Trump, el aliado deja de ser un socio político y pasa a ser otra cosa: un vector. No alguien que participa de una construcción, sino alguien que funciona dentro de un dispositivo. Su valor no depende de lo que piensa, ni siquiera de lo que propone, sino de su capacidad de amplificar una lógica: intensificar el conflicto, simplificar el lenguaje, ocupar espacio y servir a cada idea del líder mundial, que excluye toda opción de negociar con terceros. No hay alianza en el sentido clásico. Hay sincronización operativa donde el único interés es el de Trump.

Esto tiene una consecuencia inmediata. Si no hay proyecto, no hay lealtad estructural. Y si no hay lealtad estructural, no hay estabilidad. Los aliados se vuelven prescindibles. No porque sean débiles, sino porque el sistema no necesita consistencia, sino intensidad. Hoy están dentro, mañana pueden no estarlo. No hay trayectorias acumulativas. Hay permanencias contingentes. ¿Pensó Trump en sus aliados y en el mundo y en la inflación global cuando atacó Irán? No. O quizás sí, pero pensando en una jugada que perjudicaba socios y podía favorecer los intereses nacionales de Estados Unidos (esto es una conjetura, pues no parece que esto último pueda ocurrir).

Es el mismo Donald Trump quien señala habitualmente que gracias a él está lleno de líderes que han ganado elecciones y añade que ni siquiera le dan las gracias. Trump señala que él fortalece políticamente a quienes lo rodean. Y es cierto comunicacionalmente, pero es una afirmación superficial. Porque en política, fortalecerse no es simplemente ganar visibilidad o intensidad en el corto plazo, sino construir capacidad de proyección, estabilidad y acumulación en el tiempo. Y es precisamente eso lo que el fenómeno Trump impide.

El problema no es que sus aliados fallen. El problema es que el sistema en el que operan está estructurado de tal forma que no permite que triunfen en sentido histórico.

Esto se ve con especial claridad en su entorno más cercano. Rudy Giuliani no es un caso anecdótico, sino estructural. Fue una figura de alto nivel, con capital político propio, que al entrar en la lógica del dispositivo terminó completamente degradado: pérdida de estatus, ruina económica, descomposición pública. No cayó por falta de talento, sino por exceso de proximidad a un sistema que no permite sostener trayectorias.

Algo similar ocurre con Michael Cohen, cuya función fue estrictamente instrumental. Mientras fue útil, existió; cuando dejó de serlo, desapareció del campo, no como adversario fuerte, sino como residuo. El caso de Steve Bannon es aún más revelador. No estamos hablando de un operador cualquiera, sino del arquitecto del método ya mencionado. Y sin embargo, ni siquiera él pudo estabilizar su posición dentro del sistema que ayudó a crear. Esto confirma un punto clave en el trumpismo: el dispositivo no pertenece a nadie, ni siquiera a quienes lo diseñan. Es más fuerte que sus propios creadores.

Lo mismo puede decirse de Jeff Sessions y William Barr. Ambos intentaron habitar una doble condición: ser leales al liderazgo y al mismo tiempo sostener estándares institucionales mínimos. Esa posición intermedia es imposible. Incluso quienes intentan suceder o replicar el fenómeno quedan atrapados. Ron DeSantis es quizás el ejemplo más claro. Intenta apropiarse de la energía del fenómeno sin someterse completamente a él. El resultado es una tensión irresoluble: no logra despegarse ni integrarse. Queda suspendido en una zona donde no hay espacio político viable.

Pero este fenómeno no se limita a la relación de Trump con la política interna de Estados Unidos. En el plano internacional, el patrón se repite con variaciones. Jair Bolsonaro es el caso más evidente de alineamiento fuerte. Su cercanía con Trump le otorgó intensidad, pero también lo dejó sin estructura propia. Cuando el centro gravitacional desaparece —cuando Trump sale del poder—, su propio liderazgo se debilita rápidamente. No hay autonomía. En otros casos, lo que aparece es la imposibilidad de capitalizar esa cercanía. Boris Johnson comparte rasgos estilísticos, pero no puede sostener esa lógica en un sistema institucional más rígido. La tensión entre espectáculo y gobernabilidad termina por desestabilizar su posición.

Emmanuel Macron y Narendra Modi representan otra variante: la cercanía instrumental seguida de distanciamiento. Ambos comprenden que el vínculo puede ser útil tácticamente, pero estructuralmente riesgoso. Trump no es un aliado estable, es una variable de inestabilidad y eso para gobernar es un desagrado y un riesgo.

En Europa, Giorgia Meloni, Marine Le Pen y Santiago Abascal enfrentan una tensión similar. La afinidad discursiva con el fenómeno Trump moviliza bases, pero al mismo tiempo limita la capacidad de expandirse hacia posiciones de mayoría. Trump intensifica, pero también encierra. El caso de Viktor Orbán es particularmente interesante, porque muestra un intento sofisticado de administración del fenómeno. Orbán no se subordina completamente, pero tampoco se distancia del todo. Sin embargo, incluso en ese equilibrio, Trump no aparece como un activo estable, sino como un factor de riesgo que debe ser gestionado.

Finalmente, Javier Milei encarna la versión más contemporánea de esta tensión. La afinidad es evidente, pero el contexto obliga a otra cosa: inserción internacional, credibilidad económica, estabilidad. Trump ofrece energía simbólica, pero introduce ruido en todos los niveles donde se requiere previsibilidad. Y Milei esperaba un aporte, un movimiento empresarial para garantizar que su ejemplo fuera exportable, pero no ha ocurrido.

José Antonio Kast comenzó su gobierno visitando, días antes, a Trump. Como dijimos por entonces, era altamente probable que Trump fuera un factor de riesgo para Kast. Todavía queda mucha historia, pero está claro que la principal responsabilidad del problemas del precio del petróleo y sus derivados no está en Boric, sino en quien atacó a Irán buscando tomar control del petróleo (fue dicho explícitamente). Y esa persona es Donald Trump.

¿Qué tienen en común todos estos casos? Que ninguno logra convertir la cercanía a Trump en un proceso de acumulación política estable. Algunos caen, otros se degradan, otros se distancian, otros quedan atrapados en posiciones ambiguas. Pero ninguno logra transformar esa relación en un proyecto duradero.

Esto no es casual.

Trump no es un aliado. Es una fuerza. Y como toda fuerza de este tipo, no se deja instrumentalizar sin costo. Quienes se acercan ganan intensidad, pero pierden estructura. Y quienes intentan usarlo descubren que no es una herramienta, sino un campo que deconstruye todo lo que entra en él.

Por eso, el verdadero resultado del fenómeno Trump no es la consolidación de una red de aliados, sino la producción sistemática del fracaso de toda Alianza. Es con Trump que la OTAN es, en la práctica, irrelevante.

No porque los aliados sean débiles.

Sino porque el sistema en el que operan no permite que sean fuertes.

Y es que para ser eficaz, el aliado debe participar en la erosión de las condiciones que harían posible su propia legitimidad. Debe deslegitimar mediaciones, atacar instituciones, intensificar la confusión. Y al hacerlo, socava el suelo donde él mismo pretende sostenerse. Gana poder en el corto plazo, pero pierde toda posibilidad de estabilizarlo.

Por eso, este tipo de alianzas no produce sistemas políticos coherentes, sino campos de alta volatilidad. No hay acumulación, no hay consolidación, no hay estructura. Solo hay permanencia mientras dura la intensidad. Y cuando la intensidad cae —o se desplaza—, el aliado cae con ella.

Se podría pensar que esto configura una nueva internacional política. Y en cierto sentido es así. Pero no es una internacional de ideas, ni de programas, ni de doctrinas. Es una red de replicación, una máquina de repetición que construye mensajes sin sentido para favorecer el triunfo de un liderazgo contencioso que genera atención, que tiene tracción ante la opinión pública, pero que no construye gobernabilidad, sino disolución y mareo.

¿Trump destruye a sus aliados? No realmente. Es algo más sutil, pero quizás igual de devastador. Trump hace de los aliados seres que pueden sobrevivir en un sistema donde no pueden desarrollarse.