Es el riesgo de hacer de “la geopolítica de las emociones” (Moisi, 2009) la marca distintiva de un gobierno -con el miedo, la humillación y la furia como enseñas–, que hace depender toda negociación en situaciones de conflicto sobre juegos de suma cero, con la idea de ganar todo.

Cuando durante el solemne discurso del presidente Donald Trump en la Casa Blanca del miércoles 31 de marzo escuché al mandatario estadounidense asegurar que «devolvería» a Irán «a la Edad de Piedra a la que pertenecen» no pude evitar recordar la frase con que, según diversas fuentes latinas, el senador romano Catón el Viejo, solía concluir cada uno de sus discursos: un altisonante “Carthago delenda est” (“Cartago debe ser destruida”).

Antes, Roma ya había ganado las dos primeras Guerras Púnicas, y la ciudad cartaginesa, con su reducido territorio, ya no constituía una amenaza para la república imperial. Sin embargo, su renovada disposición de recursos causó impresión de peligro entre algunos que tampoco lograban convencer a un Senado de la Ciudad Eterna, cuyos líderes argumentaron que sólo buscaban provocar el temor a un enemigo común para así mantener a la plebe bajo control.

El debate se zanjó cuando Cartago atacó a la protegida de Roma Masinisa, brindándole un casus belli, dado que la urbe norafricana se había comprometido a no iniciar ninguna guerra sin la aprobación romana.

En el 146 a.C., Cartago fue arrasada, su población esclavizada, y su territorio pasó a ser una provincia. Desde luego no estoy refiriendo otro de aquellos déjà vu que abundan del tipo “síndrome 1933” o de una Neo Guerra Fría.

Imposible repetir la historia en ausencia de un debate parlamentario que en el caso romano contra Cartago se extendió por seis años y que en la actual coyuntura bélica simplemente no se dio en Estados Unidos, a pesar que lo mandata su constitución.

En lugar de eso, poco más de un mes después de iniciada la operación Furia Épica -y con ello la IV Guerra del Golfo Pérsico (Guerra Irán- Irak 1980-1988, Guerra por Kuwait, en contra de Irak 1991, Guerra de Irak, en 2003)-, el presidente Trump tuvo la oportunidad propicia para calmar a los votantes del próximo noviembre y a los mercados, aunque privilegió un discurso poblado de promesas que al final originan más interrogantes y dudas, sin profundizar en el cierre de la ofensiva y el alcance de eventuales operaciones militares para desbloquear Ormuz.

Fiel a su estilo de mantener todas las opciones abiertas, aunque se contradigan, Trump reconoció negociaciones con Irán, al tiempo que desplaza más efectivos al Golfo Pérsico e informaciones apuntan a la solicitud de financiamiento al ignorado Capitolio de Washington.

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Pero hay más. Si a diferencia de los eventos que el presidente Trump citó, la Guerra de Vietnam –que duró 19 años- o de Irak –de 8 vueltas al sol-, a este conflicto le quedan apenas dos o tres semanas, ¿cuál es la coordinación con un Israel que ha declarado llegará hasta el fondo y que reabre nuevos focos, como en El Líbano?

Además, si todo marcha según lo planificado ¿por qué se remueve al general Randy George, jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra? La decisión, aunque puede ser más bien política que tener relación con el curso de la guerra, se produce en un momento de máxima tensión militar.

Como trasfondo, pareciera ser que nunca se calibró la dimensión de una resistencia iraní que en condiciones de asimetría optó por el cuasi bloqueo de Ormuz. ¿A alguien puede sorprenderle? Ante cada amenaza existencial en el pasado reciente (2018, 2019, 2021, 2024), el régimen de Teherán esgrimió declarativamente dicha posibilidad como recurso de presión geopolítica al obstruir el paso donde transita el 25% del hidrocarburo mundial.

De alguna manera se pagan los costos de prescindir de la opinión de los especialistas en Medio Oriente en el sistema de inteligencia, considerado por la actual administración otra burocracia que coloca trabas y es incapaz de aportar soluciones, aunque pierdes las siempre necesarias alertas.

Desde luego no es aceptable el cierre de dicho estrecho, particularmente para los países que importan petróleo- como el nuestro-, aunque se pasa por alto que hubo un enorme daño previo al iniciarse hostilidades en medio de sendos procesos de negociaciones, en dos ocasiones, ignorando las normas internaciones. Desconocer aquello arriesga concentrarse en el síntoma y no el origen del problema.

En definitiva, es el riesgo de hacer de “la geopolítica de las emociones” (Moisi, 2009) la marca distintiva de un gobierno -con el miedo, la humillación y la furia como enseñas–, que hace depender toda negociación en situaciones de conflicto sobre juegos de suma cero, con la idea de ganar todo.

Desechar completamente los intereses de la contraparte resulta sumamente inconveniente en un ambiente internacional que requiere mínima predictibilidad en las conductas entre los actores para generar un entorno estable y seguro en el mediano plazo. En su lugar se recurre con porfía al modelo de Catón –Carthago delenda est– advirtiendo permanentemente la aniquilación de los adversarios si no se ajustan completamente a las demandas del enunciante.

Así, a pesar de las promesas de la Casa Blanca, el fin de la guerra no asoma. Incluso parece precoz la proclamación del completo dominio aéreo o siquiera que el sistema de defensa antiaéreo iraní “está hecho trizas”, si consideramos que un par de días después del referido discurso un avión caza F-15 estadounidense cayó sobre territorio enemigo y una segunda nave del tipo A-10 se estrelló en la zona.

Este martes 7 de abril expira el ultimátum que el mandatario republicano dio a las autoridades iraníes para llegar a un acuerdo en las supuestas negociaciones. ¿Se atreverá el presidente de Estados Unidos a destruir las infraestructuras eléctricas y petroleras de Irán, y las plantas desalinizadoras de agua fundamentales para la población civil como notificó en su red? De concretarse puede significar un espiral sin retorno.

A ratos parece una tragedia shakespereana, como las famosas líneas de “La Tempestad”, que tanto impacto causara al novelista distópico, Aldous Huxley: “Oh esplendido mundo nuevo, que tales gentes produce”.