La sintonía entre Kast y Washington no debe leerse como un accidente. Es la consecuencia natural de una política exterior que ha decidido volver a tener prioridades.
La política exterior del presidente José Antonio Kast ha comenzado a delinearse y comunicarse con mayor claridad. Sus primeras señales muestran una sintonía evidente con la política hemisférica de Estados Unidos. Sin embargo, al parecer, no se trata de una subordinación automática ni de una copia mecánica. Implicaría una coincidencia estratégica entre dos gobiernos que han puesto en el centro tres palabras decisivas para los desafíos globales del siglo XXI: seguridad, crecimiento y confianza.
Eso fue, precisamente, lo que el canciller Francisco Pérez Mackenna dijo que el Presidente le pidió como norte para la política exterior chilena. No es una frase menor. Es una definición. Y vale la pena tomarla en serio, porque esos tres ejes no solo ordenan la acción internacional del nuevo gobierno, sino que explican por qué Chile está volviendo a aproximarse a Washington después de años de frivolidad diplomática, confusión ideológica y deterioro innecesario de vínculos estratégicos.
La primera prioridad es la seguridad. Y aquí la convergencia con Estados Unidos es inocultable. La nueva agenda hemisférica impulsada desde Washington, expresada en su Estrategia Nacional de Seguridad e implementada en instancias como el “Escudo de las Américas”, pone el acento en el control de fronteras, la lucha contra los carteles, la contención de la migración ilegal y la protección de la soberanía frente a amenazas criminales y a influencias extrahemisféricas. Marco Rubio lo dijo con crudeza: no puede haber progreso económico sin seguridad. En la misma línea, Kristi Noem expresó: “soberanía, seguridad y prosperidad económica son parte de una misma ecuación”.
Kast, por su parte, ha hablado exactamente en ese registro. En su primer discurso desde La Moneda afirmó que Chile tiene adversarios reales: el crimen organizado, el narcotráfico y quienes han ingresado al país vulnerando sus fronteras para delinquir o explotar a otros. En la frontera norte insistió en que la inmigración ilegal, el narcotráfico y el crimen organizado no tienen color político. Este planteamiento, pareciera no responder a consignas sueltas, por el contrario son parte clave de una diplomacia de seguridad que entiende que la política exterior ya no puede vivir de espaldas al descontrol territorial, al colapso migratorio ni a las redes criminales transnacionales.
Esta cuestión haya eco en el ciudadano promedio. Chile abandona la diplomacia decorativa y vuelve a hablar el lenguaje del Estado que trabaja por prioridades. Durante demasiado tiempo, una parte importante de la élite chilena creyó que la política exterior consistía en administrar reputación, emitir juicios morales y posar como conciencia del mundo. Pero los gobierno serios no sobreviven con gestos, sino que administrando prioridades con eficacia. Y hoy la prioridad número uno es resguardar la soberanía, ordenar la frontera y coordinarse con quienes comparten ese diagnóstico en el hemisferio.
La segunda prioridad es el crecimiento. También aquí la señal fue inequívoca. El primer acuerdo relevante de política exterior del gobierno de Kast fue con Estados Unidos: la declaración conjunta para establecer consultas sobre minerales críticos y tierras raras. En diplomacia, las primeras firmas importan. No son neutras. Revelan dónde se quiere priorizar densidad política, económica y estratégica.
Por supuesto, el canciller Pérez Mackenna ha dicho que Chile quiere buenas relaciones con todos, incluidos China y Estados Unidos. Y eso es correcto. Chile no puede darse el lujo de actuar con torpeza en un mundo competitivo. Pero una cosa es mantener vínculos con todos y otra, muy distinta, es pensar que todos pesan lo mismo. El acuerdo sobre minerales críticos muestra que el nuevo gobierno entiende dónde está uno de los núcleos duros del poder mundial: cadenas de suministro, tecnología avanzada, seguridad industrial e inversión estratégica.
La señal, entonces, es clara. Chile puede seguir comerciando con China, pero ha decidido que su primera gran conversación estratégica sea con Estados Unidos. Y eso no es fortuito. Es una definición. Sobre todo, porque el propio discurso estadounidense ha ligado la seguridad del hemisferio con la resiliencia de las cadenas de suministro, los minerales críticos y la necesidad de no depender de potencias rivales en áreas sensibles. Ahí Santiago y Washington hoy se encuentran.
La tercera prioridad es la recomposición de la confianza. Y acaso sea la más importante de todas, porque sin ella la seguridad se vuelve coordinación táctica y el crecimiento, mera transacción. La diplomacia, en cambio, se construye sobre relaciones duraderas, previsibilidad y palabra creíble. Pérez Mackenna lo resumió bien cuando señaló que Chile debe construir vínculos de largo plazo con sus socios, “más allá de las preferencias personales e ideológicas”.
Esa frase vale como una rectificación completa de la política exterior de Boric. Porque el problema del gobierno anterior no fue solo haber tensado relaciones con Estados Unidos, Israel u otros actores relevantes. Fue haber minado el principio básico de toda diplomacia seria: que las relaciones entre Estados deben estar por encima del desahogo personal, de la superioridad moral improvisada y del comentario impulsivo.
La confianza en la labor diplomática es un recurso elemental para construir puentes y lazos de colaboración mutua. Por eso la frase atribuida al excanciller alemán Ludwig Erhard mantiene toda su vigencia: “la confianza hace posible una cooperación genuina”. Ahí está una verdad clásica del oficio diplomático. Desde la escuela realista de George Kennan hasta la sagacidad diplomática de Gabriel Valdés, la política exterior eficaz nunca ha sido la del gesto intolerante e improvisado sino la del puente que otorga respeto y garantías.
En ese sentido, Kast parece estar intentando volver al arte de la diplomacia. No al arte de agradar a todos los actores del escenario, sino al de reconstruir puentes de cooperación sobre bases confiables. Esa es la razón de fondo por la cual el canciller ha dicho que se busca “reponer las buenas relaciones que nunca debimos haber perdido con Estados Unidos”. No es solo una frase bilateral. Es una doctrina de conducta diplomática fundamental.
Y hay, además, una cuarta dimensión que no conviene esconder: una proximidad cultural y política más honda entre la nueva administración chilena y la estadounidense. El discurso de Marco Rubio en Múnich defendió abiertamente la idea de Occidente como una civilización con raíces históricas, culturales y cristianas. Kast, en su discurso de asunción, habló de gobernar con la ayuda de Dios y con amor genuino por la cultura y la tradición. No es un detalle ornamental. Es parte de un clima político compartido.
Eso no significa convertir la política exterior en sermón ni en cruzada. Significa reconocer que también existe una afinidad de fondo en la manera de mirar el orden, la autoridad, la soberanía, la frontera y el patrimonio civilizatorio de Occidente. Y esa afinidad, en tiempos de fragmentación global, también genera confianza política.
Por eso la sintonía entre Kast y Washington no debe leerse como un accidente. Es la consecuencia natural de una política exterior que ha decidido volver a tener prioridades. Seguridad para enfrentar el crimen organizado, la inmigración ilegal y la vulnerabilidad del Estado. Crecimiento para insertar a Chile en áreas estratégicas de la nueva economía. Y confianza para restaurar una diplomacia madura, donde la seriedad vuelva a reemplazar al narcisismo ideológico.
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