Pero el problema no termina con esas “interpretaciones”, sino que es el despliegue posterior el que permite generar el escudo a fin de que este tipo de cosas que no resisten análisis no se sometan al mismo.
En 2018, el célebre astrónomo y divulgador científico Dr. José Masa señalaba en una entrevista que “la ignorancia se ha puesto de moda” refiriéndose a las supuestas ideas conspiranoicas en torno a la llegada del ser humano a la luna y el terraplanismo.
El problema no era el desconocimiento de los hechos, sino la arrogancia de aquellos que aún con acceso a los conocimientos, no saben pensar. Decía Masa: “La primera falla en un razonamiento es cuando partes diciendo “yo creo que”.
A nueve años de esa entrevista la situación denunciada ha empeorado sustantivamente. No solo han cundido las ideas conspiranoicas y el mismo terraplanismo, sino que también hemos sido testigos del auge de movimientos antivacunas, los que llaman ideologías a cualquier cosa, los creen que las aves son drones que nos espían y aquellos que niegan la existencia de los dinosaurios.
El panorama es desolador y el crítico diagnóstico sigue siendo certero: falta de una educación que enseñe a pensar; crisis del pensamiento crítico y del conocimiento científico; circulación de fake news (ahora peor con el mal uso de la IA); auge de la información no verificada por RRSS y nuevamente la arrogancia, la principal arma de aquellos que precisan de la ignorancia para sostener lo que no resiste análisis y que, lamentablemente con un privilegiado espacio medial, han generado una suerte de podio anticrítica que les permite decir lo que quieren sin recibir ningún tipo de cuestionamiento.
Pero esto último es lo más grave, pues si bien el fenómeno tiene algo relativo a cierta ignorancia –no como falta de conocimiento, sino como el acto deliberado de no conocer e ignorar (como desprecio)– también está traspasado por un increíble conocimiento y manejo de técnicas de manipulación y para lo cual no son en ningún caso ignorantes, pues utilizan y abusan de la “lógica” y del uso malicioso de la performatividad del lenguaje hasta el punto que logran hacer que cualquier suma del resultado que quieren, y, peor aún, que les crean y les sigan. En ese sentido, el verdadero peligro, más allá de la ignorancia, es esa capacidad que se ayuda del fanatismo militante como escudo donde muere cualquier tipo de crítica.
Para el caso de los estudios históricos, este “terraplanismo” también ha tenido sus propias expresiones y se hace de aquellos mañosos mecanismos para convencer, donde deliberadamente se hace omisión de un cúmulo de investigaciones y publicaciones, y de décadas de discusiones y debates para enarbolar paparruchas sustentadas en el “yo creo que”, y capaz de refundar –entre la fanaticada y también más allá– cualquier hecho, proceso o interpretación, y con una capacidad de viralización temible.
Ese terraplanismo historiográfico ya no solo se remite al negacionismo que buscaba relativizar o negar las violaciones a los DDHH –que fue uno de los principales conflictos frente a la Dictadura Militar y su historia– y también extensible a otras cuestiones como la negación de la intervención de EEUU, el supuesto milagro económico, la pulcritud financiera de Pinochet entre otras cosas que ya cuentan con una extensa y suficiente documentación y publicaciones al respecto, sino que avanza aún más en su dinámica en torno al simple hecho del abuso del “yo creo que”, llegando a sostener que nazis y comunistas son lo mismo o la existencia de una dictadura de Salvador Allende, ambas cuestiones que van más allá del mero hecho de ignorar o negar, sino que buscan lisa y llanamente engañar y manipular.
El mecanismo sobre el cual se sostiene esa “realidad histórica” es extremadamente simplón, en tanto que funciona desde la mera aproximación, suposición o una mañosa sobreinterpretación, y que se vale de operaciones de conocimiento a priori para sustentarse. Simplemente basta con relacionar nombres, acciones, elementos o detalles para decir que A es igual a Y. La operación es extremadamente simple, como cuando en el kinder colocábamos el sol, un limón y un pollito juntos porque eran amarillos.
En ese caso, la tesis de que nazis y comunistas son lo mismo operan bajo ese esquema, como Nacional Socialismo contiene socialismo en su nombre es lo mismo, y como ambos tienen al Estado también son iguales, ignorando completamente lo que ya sabemos de dichas ideologías, las teorías y marcos conceptuales bajo los que se analizan y comprenden, los modelos y las experiencias históricas, que son cuestiones que deberían tenerse claras desde el colegio.
En torno a la segunda propuesta, funciona en base a la elección mañosa de ciertos elementos y hechos que articuladas constituyen una interpretación extremadamente antojadiza: como Allende fue electo con el 36,6% y ratificado por el Congreso (así funcionaban las elecciones presidenciales hasta 1973); como se realizó un acuerdo de la Cámara de Diputados que declaraba el quiebre del orden constitucional por el presidente (solo fue un acuerdo de la oposición y nunca lograron siquiera llegar a la acusación constitucional); y como la Corte Suprema y otros dijeron que…(sin efectos legales ni constitucionales), la UP fue una dictadura y, en base a esos argumentos, cualquier presidente que haya enfrentado una acusación constitucional o recibido alguna afirmación, acuerdo o declaración en contra de su gestión sería una dictadura. A ello habría que agregarle el “yo creo que”, pero que se omite, al igual que se omiten las leyes de la física para comprobar el terraplanismo.
Pero el problema no termina con esas “interpretaciones”, sino que es el despliegue posterior el que permite generar el escudo a fin de que este tipo de cosas que no resisten análisis no se sometan al mismo.
A la tesis se le da espacio, se le da tribuna, se le hace viral, pues no importa si es falsa o facilmente cuestionable, sino que más importante aún es que llegue al público. De tal forma se dice y promueve en tv abierta, hay editoriales que las publican, se invitan a sus autores a charlas para señalar lo que establecen como verdad, dentro de un despliegue medial y comunicacional impecable, donde cualquier cuestionamiento a la endeble interpretación –ya sea por columnas de opinión, investigaciones, libros o incluso comentarios en RRSS– viene de supuestos sectores ideologizados, de academias “zurdas”, de historiadores/as tergiversadores y comunistas, de adoctrinadores.
Bajo esa lógica, la ciencia y la investigación se hace una enemiga porque nos quiere engañar, y dicen: “¡No teman a decir la verdad, yo voy a contarla, aunque les duela!”. Ese mecanismo funciona porque es una clausura, que evita cualquier principio sobre los cuales se sostiene el conocimiento: no dialoga, no discute, no se pone a prueba, no se sostiene en evidencias/documentos/fuentes, no se confronta, no se falsea, sino que opera en torno a enemigos absolutos y sospechosos, muy propio de esos sectores, donde no hay escucha o debate posible con el otro por el simple hecho de ser el opositor supuestamente adoctrinado.
La principal diferencia con el conocimiento es que este quiere aportar y construir, mientras que este solo pretende manipular, y por lo tanto es un fragrante atentado al saber. Si algo nos ha mostrado esta última década es que la ignorancia no avanza sola, avanza cuando se le concede tribuna sin contraste, cuando se equipara opinión con evidencia, cuando se deslegitima sistemáticamente a quienes investigan y estudian. Pero también retrocede cuando la educación enseña no qué pensar, sino cómo pensar; cuando se comprende que dudar no es negar, y que criticar no es destruir, sino someter a prueba.
El problema, entonces, no es que existan malas interpretaciones —la historia vive de la interpretación—, sino que se haya naturalizado una impunidad epistemológica en base a la idea de que toda afirmación vale lo mismo, de que toda evidencia es sospechosa y de que todo cuestionamiento es ideológico. Cuando eso ocurre, ya no estamos ante un debate historiográfico, sino ante la demolición deliberada de las condiciones mismas del debate.
La tarea, por lo tanto, no es silenciar al terraplanismo historiográfico, sino exigirle lo mismo que se le exige a cualquier afirmación que aspire a ser conocimiento: pruebas, coherencia, responsabilidad intelectual.
La historia no se sostiene en el “yo creo que”, sino en el contraste de fuentes, en la crítica mutua, en la disposición a corregirse, es por eso que incomoda, porque exige renunciar a la comodidad de la certeza militante y aceptar la incomodidad de la complejidad, de lo contrario, solo queda como mera propaganda.
Y frente a la propaganda, la única defensa durable sigue siendo la misma que hace nueve años señalaba el profesor: pensar antes de creer. Y le agregaría: criticar, cuestionar, verificar y leer.
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