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San Fermín: El adictivo y peligroso veneno de las corridas de toro

Imagen de archivo | MIGUEL RIOPA / AFP
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Bill Hillman casi pierde la arteria femoral hace un año cuando un toro de 600 kilos lo corneó dos veces en la pierna pero, lejos de desanimarse, esta semana se encuentra en Pamplona para correr de nuevo en San Fermín.

“Nunca en la vida he tenido una experiencia más bonita y pacífica con un animal que cuando he sido capaz de guiar a un toro por las calles. Es una paz absoluta”, asegura este periodista y escritor estadounidense de 33 años, originario de Chicago y adicto a esta popular fiesta taurina española.

Lleva corriendo en estos encierros desde hace diez años y hasta el año pasado nunca había sido corneado por una asta de toro. Pero sí sufrió otras heridas: una conmoción en 2013 cuando un animal le pisoteó la cabeza o una infección en una rodilla magullada en 2006.

Sin embargo las lesiones no le disuadieron de volver a esta ciudad del norte de España para desafiar de nuevo al peligro corriendo delante de seis toros de más de media tonelada.

“Una persona que empieza a correr habitualmente tiene ese veneno, en el buen sentido, que le hace decir ‘voy a seguir corriendo, me gusta’”, dice Koldo Larrea, un periodista de Pamplona que ha escrito varios libros sobre estas fiestas.

Para la mayoría de corredores, arriesgar sus vidas en San Fermín una vez es suficiente. Pero hay un pequeño grupo de veteranos como Hillman que asisten cada año a pesar de sus numerosas heridas.

Durante los siete días de fiestas, cada mañana a las 08:00 hrs liberan a los seis enormes toros de lidia del corral para que se abalancen hacia los cientos de corredores en una carrera de 846,6 metros hasta la plaza de toros, donde morirán por la tarde.

El año pasado esta fiesta congregó a 17.000 personas, de las que dos tercios acudían por primera vez, según el ayuntamiento de Pamplona.

“Primero corres por la tradición, luego pasa a ser una afición hasta que ya tienes una adicción y no haces más que pensar en el encierro”, dice Juan Pedro Lecuona, un nativo de Pamplona de 42 años.

Trabajador en una fábrica de automóviles, Lecuona ha participado en unos 200 encierros desde que empezó en 1989.

Valorar cada día

MIGUEL RIOPA / AFP

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Casado y con cuatro hijos, Lecuona sufrió costillas rotas, moratones y puntos de sutura. Su mayor lesión fue en 2010 cuando un toro lo corneó en la pierna, dejándolo dos meses en cama.

Arriesgo mi vida para reflejarme en ella“, dice Lecuona. Vestido con la tradicional ropa blanca y el pañuelo rojo al cuello se dirige hacia la abarrotada plaza del ayuntamiento de Pamplona una vez terminada la carrera.

“Lo que gano en los encierros no son las imágenes y los vídeos colgados en las redes sociales, lo más importante es abrazar a los tuyos, a mi mujer, a mis hijos, estar con ellos y valorar que es muy bello vivir. Te hace valorar cada día”, explica.

Pero desde 1911, quince personas murieron en estas fiestas. El último, un español de 27 años que fue corneado en 2009.

Los corredores veteranos dicen prepararse durante todo el año observando los toros en las ganaderías para saber sus instintos, corriendo sobre adoquines o haciendo deportes de contacto.

Para Peter Milligan, un abogado estadounidense de 44 años, procedente de New Jersey, que corre en San Fermín desde 2004 con su hermano menor Aryeh, el baloncesto es la mejor preparación para acostumbrarse a “los otros corredores chocándose contra ti y empujando”.

En 2013 se rompió el tobillo y en otra ocasión Aryeh, de 41 años, fue corneado en la pantorrilla. Pero este año acuden de nuevo a Pamplona y el plan de Peter es seguir participando en San Fermín “mientras pueda andar”.

“Es una de las cosas más alegres que hago. Simplemente me encanta correr tan rápido como puedo y esa sensación de alivio cuando termina”.

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