Por Felipe Contardo Díaz
Ingeniero, apoderado.

Durante las últimas semanas, he presenciado hechos que, aunque pequeños en apariencia, son un síntoma preocupante de una enfermedad que corroe nuestra convivencia.

La directiva del curso decidió realizar una consulta para elegir el regalo del Día del Profesor. Se presentaron varias opciones y, democráticamente, una de ellas comenzó a perfilarse como la ganadora. Sin embargo, al parecer, esta no era del agrado de la presidenta de curso, por lo que aquello que sucedió a continuación fue tan sutil como revelador.

La opción que lideraba la votación fue cuestionada, minimizada y finalmente, en un acto de poder malentendido, la presidenta intentó eliminarla de la encuesta. Este hecho, que muchos podrían considerar una anécdota trivial, es la semilla ya germinada de un problema mayor.

Vemos día a día cómo personas donde el bien común es continuamente reemplazado por intereses personales, esto más preocupante en personas con alguna autoridad, como la presidenta del curso, lo vemos en conductores que se bajan a pelear por sentirse dueños de las calles, o inquilinos que agreden a conserjes que cuidan el bienestar y así podrán ustedes imaginar muchísimos casos más que vivimos.

No es una agenda política beneficiar a unos pocos; es simplemente un valor alojado en nuestra sociedad. Personas que, sintiéndose con un poder superior, busca imponer su visión, por autoridad, por “tener la razón” o simplemente porque siente lo merece. Esta es la misma peligrosa idea de que hay votos de primera y segunda categoría, cómo opinaba una actual Diputada, defendiendo la convicción latente, que hay ciudadanos de primera y segunda categoría.

Pero hay otra cara de esta misma moneda, igualmente alarmante. En otra reunión, una apoderada, puesta frente a una decisión importante, planteó su posición con una frase lapidaria: “Estaré de acuerdo, sí o sí, con lo que la mayoría decida”. En ese instante, entregó su poder, renunció a su voto y cedió su destino a manos de otros. ¿Lo hizo por desinterés, por comodidad o, peor aún, por sentir que su opinión no tiene valor frente a personalidades más avasalladoras? Ninguna opción es esperanzadora.

Estos dos polos —el abuso de poder y la abdicación de la responsabilidad— alimentan el mismo monstruo: la desafección por las voluntades comunitarias. Estamos nuevamente en tiempos de egoísmos, de individualismos y de imposiciones, donde el bienestar personal se ha convertido en la brújula de muchos, quienes no olvidan una verdad fundamental, sino que le quitan todo valor: el bienestar personal depende, siempre, del bienestar común.

El reflejo político de nuestras actitudes cotidianas

Esta apatía, fraguada durante años, ha vaciado nuestro debate político global. Ese vacío ha sido el campo fértil para el avance de liderazgos que hacen a nivel país lo mismo que la presidenta del curso: gobernar por decreto, gobernar para público y silenciar al disidente.

Son líderes avalados por la estridencia de las redes sociales, por sus barras bravas, por la indecisión de quienes se sienten intimidados y por la renuncia de aquellos que creen que pelear por sus convicciones es una batalla perdida e incluso, peligrosa.

No podemos permitir que quienes levantan la voz por disidencia sean tachados de “conflictivos”. No podemos aceptar que se nos acuse de “poner problemas” solo por no seguir a la manada. Estas son, muchas veces, mayorías aparentes, infladas por el silencio de quienes no participan, que entregan su poder hasta que se dan cuenta que hacerlo les jugó en contra.

Se nos ha repetido por décadas el mantra del “voto útil”, la errónea idea de que votar por alguien que no va a salir es perder el voto. ¡No, señores! Votar por una opción que puede no tener posibilidades de ganar, pero es un acto de convicción. Implica marcar una postura, demostrar que hay minorías que importan, que son las minorías las que nos hacen avanzar y que siempre tienen algo que decir. Es en la suma de esas minorías diversas donde se construyen las verdaderas y sólidas mayorías.

El peligro de nuestro tiempo es entregar a otros el poder de decidir por nosotros. La defensa de la democracia no empieza en las urnas, empieza en el chat del curso, en la reunión de vecinos, en la conversación familiar. Empieza en el momento en que decidimos que nuestra voz, por modesta que sea, importa. Y que la vamos a usar.

Nuestra sección de OPINIÓN es un espacio abierto, por lo que el contenido vertido en esta columna es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de BioBioChile