Unas semanas en Santiago el pasado mes de agosto me recordaron mi época escolar en los entrañables patios de la Alianza Francesa donde perdí lo poco que quedaba de mi inocencia. Sucedió que había ido a Santiago a presentar mi novela Lobos, y en el evento me reencontré con gente que no veía hacía mucho tiempo.

Como en la escena final del tiempo recobrado proustiano, caras que habían envejecido y arrugado la frente tanto como yo mismo se acercaron amistosamente a compartir ese momento quizá agónico de la cultura literaria donde las presentaciones de libros reemplazan la lectura del objeto en cuestión.

Todo resultó bien, impecable incluso, tanto desde el punto de vista del público como de la organización en el Café Literario de Plaza Ñuñoa, con las presentaciones de Carla Guelfenbein y Willy Thayer, y la conversación que siguió. El problema apareció al día siguiente.

“¿Eres sionista?”, fue la pregunta que me lanzó por WhatsApp una amiga que había estado en la presentación la tarde anterior. Quedé perplejo. En ella no había mala intención sino que traducía una inquietud instalada por una tercera persona anónima cercana a ella respecto a mí, pero que colocada así de golpe en su mensaje tenía el aliento de una verdadera acusación.

Cuando es otro quien define tu posible identidad, échate a correr o saca tu revólver y prepárate a morir. O era que yo lo resentía de esa forma en medio del clima de innegable antisemitismo que desde hace tres años exactos se ha venido propagando en las principales ciudades de Occidente hasta naturalizarse por completo a raíz de la brutal respuesta de Israel a la masacre terrorista de Hamas el 7 de octubre de 2023 contra civiles en la frontera con Gaza.

Sé que el tema incomoda a quienes leen estas líneas. En el espacio público existe más de una posición de condena a Israel por los bombardeos masivos e indiscriminados contra la población civil en Gaza. No busco unanimidad al respecto, para ser claros. He visitado Israel, conozco de primera mano el orgullo trágico de los zelotas en la fortaleza de Masada y la resiliencia generosa de los palestinos en los territorios ocupados. Estoy convencido que la verdad sobre este conflicto es compartida, y levantar un dedo acusador sobre cualquiera de los dos campos como hacen los turistas del palestinismo o del sionismo, solo aleja una solución a la catástrofe a cambio de los aplausos de la galería.

Durante la presentación aludida, no se había dicho una sola palabra sobre el tema que pudiera interpretarse a favor o en contra, y que justificara la pregunta de mi amiga. Pero allí estaba y debía responderla: ¿yo, sionista? ¿A propósito de qué? ¿Del derecho de Israel a existir de forma independiente y de la necesidad de defender al único Estado judío a lo largo de más dos mil años de expulsiones, asesinatos masivos y robos de sus pertenencias y casas? ¿O acaso la pregunta era a propósito del derecho del pueblo palestino y la necesidad irreprochable de recuperar sus tierras desde el río Jordán al mar Mediterráneo como única salida a un conflicto ya casi centenario desde la partición de 1948? ¿Sionista de la judeidad europea aniquilada por el nazismo y de la diáspora en las muchas Américas, o sionista ultraortodoxo que busca expandirse para crear un nuevo reino de carácter teocrático en Judea y Samaria? ¿Sionista de los primeros kibutz socialistas o sionista de los últimos bombardeos contra los guerrilleros de Hamas y los líderes de la yihad islámica, que sueñan con un califato regional como única política a implantar desde la causa palestina? De entre todas esas preguntas y opciones, ¿de cuál de todas yo era responsable de que no sucediera y culpable de que ya hubiera sucedido?

Tratando de formular una respuesta, recordé mi primera perplejidad con el tema ante mi profesor de matemáticas de la Alianza Francesa que, al pasar la lista de asistencia el primer día de clases, se detuvo ante mi apellido: “¿t’est juif?” (¿eres judío?), fue su particular curiosidad. Por supuesto, yo no sabía lo que era ser judío. Pero algo muy malo debía ser para que a Avendaño no le preguntaran si era cristiano ni a Boulef si era musulmán, porque ambos me antecedían en la lista y sus apellidos no llamaban la atención. Supongo que me alcé de hombros, pero esa tarde corrí a preguntarle a mis padres qué es lo que yo era. Mi madre no hizo mucho caso pero mi padre me acompañó al día siguiente al colegio y pidió hablar con el director. Nunca supe el resultado de esa conversación, pero a la semana siguiente la inquietud del profesor nunca más apareció. Cuento esta anécdota para que se comprenda por qué razón detesto las matemáticas.

En Chile, mi país, la evolución de la sospecha de ser judío ha prosperado hasta estabilizarse en la acusación de ser sionista. Quienes más alientan este desarrollo sustentable del antisemitismo, incentivado por la criminalidad del gobierno de Netanyahu y su política de guerra total que confunde el derecho a existir con la necesidad de destruir al rival y borrar del mapa a la población gazatí, son los actores culturales de la sociedad y las izquierdas palestinistas.

Hace tres años, en su discurso de apertura de la Feria del Libro de Frankfurt el 17 de octubre de 2023, es decir a solo diez días del más horroroso pogromo judío perpetrado desde el Holocausto, Slavoj Zizek condenó de manera incondicional, “without ifs and buts”, el ataque de Hamas y el derecho de Israel a la defensa y la destrucción de semejante amenaza.

Al mismo tiempo, Zizek, a quien nadie en su sano juicio podría tildar de pro-israelí, no se guardó la crítica contra las condiciones en que el pueblo palestino ha debido soportar la usurpación de sus tierras ante un vecino expansionista, trayendo a la memoria la advertencia de Arthur Koestler cuando indicó que, si el ejercicio del poder corrompía las almas y la autoridad, el reverso de la medalla era aún más cierto: la persecución corrompía a las víctimas en una dimensión más sutil y también más trágica.

Su discurso, que provocó una ácida polémica en su momento, inauguró lo que podría calificarse como el punto de quiebre donde vivimos suspendidos hoy, y en el cual “la cuestión Palestina” la evolucionado hasta convertirse en “el genocidio Israelí”. En este deslizamiento conceptual, más peligroso que problemático considerando la historia reciente, lo que era un problema político y ético de primer orden se ha visto distorsionado por un contagioso factor religioso.

Para comprobarlo, basta con observar las alineaciones internas que los grupos ultraortodoxos están provocando en las futuras elecciones del 27 de octubre en Israel, así como la conducta de los yihadistas que asaltaron los kibutz hace tres años. En las grabaciones de violencia que los propios soldados de Hamas registraron durante el asalto sobre la población civil, uno de ellos llama a su madre en Gaza para comunicarle a viva voz su felicidad total por haber dado muerte a un sionista con sus propias manos. Ese júbilo infantil pertenece a la religión: es imposible imaginar una acción guerrillera del signo político que sea donde el revolucionario en armas llama a su mamá para felicitarse ante ella del asesinato que acaba de cometer contra un señor en pantuflas.

La vergüenza es la última frontera de la dignidad, nos recuerda Zizek en Zero Point, su libro más reciente donde se incluye su discurso de apertura en Frankfurt y otros textos breves dedicados a temas de actualidad. En ellos, Zizek aboga por la urgencia en la toma de decisiones que a su entender son “eminentemente políticas” ante la destrucción del mundo compartido entre todos y quebrado por muchos lados, siendo el derecho de los palestinos y la lucha contra el anti-semitismo un mismo combate.

“El punto cero [al cual alude el título del libro] no es el punto en el cual las cosas ya no pueden ir peor a como están -pueden, y posiblemente irán mucho peor”, advierte Zizek en su nota introductoria al libro. “El punto cero -que puede extenderse por un largo tiempo- es el punto en el cual quedamos atrapados en una espiral descendente donde no vemos una salida viable desde el interior de las coordenadas del orden existente”.

No hay una única respuesta para el filósofo esloveno, y en las actuales circunstancias de destrucción del mundo conocido tampoco es verosímil hallar una certeza para la pregunta de mi amiga. Donde hay dos judíos existen tres sinagogas, y la mía es personal, secreta, tensionada por la continuidad familiar y la ruptura secular de las tradiciones para quien es judío no observante, no hace aliyah de retorno a la tierra prometida y no ve contradicción alguna en la existencia del Estado de Israel con el hecho de no vivir allí, así como tampoco ve una contradicción en que exista Chile como estado nacional junto a la histórica y justa reivindicación del pueblo mapuche, mientras él mismo reside fuera del país. Lo sorprendente es que quienes se insurrectan contra el binarismo de género exijan transparencia identitaria y definiciones unívocas. El fascismo, nos recuerda Barthes, no es prohibir sino obligar a decir.

Acaso los impacientes preferirían una adherencia sionista definitiva, más vulnerable al ataque porque visible, a una identidad marrana, esa parodia judía de Hispanoamérica que, con su lengua propia, el ladino, resbala, contradice, se separa y vuelve a reunirse, cambia de ropa los viernes y los sábados se sacude para mirar el domingo con la cara al sol. El marrano lleva su historia en la piel, y por ello es libre de decir y contradecir lo que otros buscan adosarle como identidad de una vez y para siempre, incomodados ante este sujeto diaspórico que rehúye la opción binaria que se presenta como una nueva solución final a la cuestión.

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Es el momento del punto cero, afirma Zizek. Vivimos suspendidos en una cuerda floja. A un lado está la vergüenza, que nos recuerda la humanidad que cada uno guarda dentro de sí como valor. Al otro lado está la indignidad pura y dura. Si no, pregunten a Ariana Harwicz, escritora argentina cancelada en el Festival Internacional de Literatura en Granada, donde estaba programada para presentar su texto “Oponerse al mundo”. O al poeta Marcos Barnatán, cancelado en la Feria del Libro de Santander, donde debía presentarse tras una invitación formal.

En ambos casos, los eventos eran de carácter exclusivamente literarios. Harwicz es judía argentina y denunció que su cancelación suponía reducir a los artistas y escritores a una identidad política. Barnatán es judío español y fue sacado bajo la acusación de ser sionista, esgrimida por grupos propalestinos de la universidad involucrada. Es como en el chiste donde un sionista y otro que no lo es van juntos a una cervecería y el empleado los echa fuera: no atendemos judíos, les dice el mesero. Estamos más allá de la vergüenza.