Mientras sigamos siendo “dependientes de la economía del petróleo”, parte esencial de nuestra soberanía seguirá comprometida.
Mientras miles de vehículos hacían cola en bencineras esparcidas desde Putre a Puerto Williams, el presidente Donald Trump seguía afirmando que la OTAN no es más que un “tigre de papel”, y que sus miembros no son más que un grupo de “cobardes”.
Lo dice a propósito de que -en bloque- los países europeos y Canadá se negaron (de plano) a acudir “en ayuda” de Estados Unidos para asegurar la “libre navegación” del Estrecho de Ormuz. Poco antes, Trump había asegurado que el régimen iraní estaba diezmado, y que la guerra estaba “ganada”.
Su pedido de “ayuda” a la Alianza Atlántica permite pensar que, en el terreno, la guerra no está, por lo menos por ahora, “ganada”.
Lo que ocurre es que Irán no necesita “controlar” el estrecho, sino, simplemente, “hacerlo inseguro”. Haciendo un símil con la Guerra de Vietnam, varios han recordado el comentario de Henry Kissinger, respecto de que Vietnam del Norte y las guerrillas del Viet-Cong solo necesitaban “no perder” para, en definitiva, ganar esa guerra. Así sucedió.
Las primeras en comprender esta ecuación han sido las compañías aseguradoras, que enseguida han trasladado el problema a armadores y compañías navieras. No hay portaviones (con su respectivo “grupo de combate” y misiles atómicos) que pueda “deshacer este nudo”. Así de simple.
Es decir, en el corto plazo, la crisis petrolera y energética gatillada por la operación “Furia épica” no tiene visos de solución. Por lo mismo, la estrechez de petróleo (gasolinas) continuará generando un impacto transversal sobre el conjunto de la economía mundial.
Si es cierto que algunas de las principales figuras de la teocracia y de la cúpula militar iraní fueron eliminadas por los ataques con misiles de las fuerzas norteamericano-israelíes, no hay evidencia de que el régimen iraní esté próximo al colapso. Por el contrario, expertos coinciden en que la muerte del Ayatola Jamenei (y algunos de sus cercanos) fortaleció la convicción del régimen respecto de que la “victoria sobre los infieles” exige resistir “hasta el final”.
La destrucción causada sobre objetivos militares y civiles (incluida una escuela de niñas destruida por un misil norteamericano “de ultima generación”), parece haber “licuado” a la oposición política iraní, confirmando, de paso, la validez de una estrategia de defensa (planificada y practicada durante décadas) para un conflicto asimétrico de larga duración, y focalizado en la interrupción del flujo de hidrocarburos en el Golfo Pérsico y en el Estrecho de Ormuz.
El objetivo de esa estrategia es -como se observa- generar una situación similar a la de la crisis del petróleo de 1973, que debilitó estructuralmente a la economía norteamericana, y condujo a la recesión global de 1975.
Eso simplemente porque, en la geografía (no en las decoraciones del gobierno norteamericano), el Estrecho de Ormuz conecta al “océano global” con los yacimientos de petróleo y gas natural de Iraq, Kuwait, Bahréin, Qatar, los Emiratos Árabes y del propio Irán.
Sin solución a la vista
Mucho más allá de cualquier consideración política o jurídica sobre la “legitimidad” de la operación norteamericano-israelí, lo importante para el interés de países lejanos como Chile es que, atendidas las circunstancia “in situ”, “por ahora” no es posible asegurar la libertad de navegación en Ormuz: ergo, no es posible suponer que el precio del petróleo (y luego “el precio de la bencina y del transporte”) estén próximos a “normalizarse’.
Ocurre que, si bien el ancho de ese estrecho es de 21 millas (39 kilómetros), su track de navegación es de solo seis millas (11 kilómetros). Este último espacio incluye una “ruta de entrada” y una “ruta de salida” del Golfo Pérsico, separadas por un espacio intermedio “de seguridad”. Cualquiera sea el caso, las cerca de 100 naves de gran tonelaje y entre 200 y 350 metros de eslora que diariamente lo cruzan, siempre lo hacen “al alcance de las baterías, los drones y los misiles iraníes”.
Asegurar la navegación de ese pasaje (y del Golfo Pérsico en general) necesitaría del despliegue permanente de muchos buques de guerra muy sofisticados, con apoyo aéreo y submarino igualmente permanente que, otra vez “en la geografía”, quedarían al alcance de los misiles, las “lanchas rápidas suicidas”, y los drones aéreos y submarinos del enemigo.
La proximidad de la costa iraní implica que tanto naves militares como de transporte dispondrían de apenas segundos para responder a la amenaza de un dron o un misil de corto alcance. La destrucción de un buque tanquero de gran tamaño no solo significaría daño medioambiental incalculable, sino un antes y un después en esta guerra y, quizás, en la estabilidad del conjunto del sistema internacional.
En parte eso explica la negativa de los socios de OTAN a participar en “la guerra de Trump” y, asimismo, la solicitud de 200 mil millones de dólares adicionales del mismo presidente para costear la continuidad de su “Furia épica”.
En resumen: todo aconseja prepararse para las consecuencias que -a nivel mundial- seguirá causando el “alza del precio internacional del petróleo”.
Chile y la (permanente) crisis del Medio Oriente
Nuestro país importa no menos que el 90% de los hidrocarburos que anualmente consumimos (crudo, diésel, gasolina, gas natural). Si bien esos productos provienen de diversos países, su disponibilidad y precio depende -como lo explicamos en un artículo anterior– de lo transado en Londres y Nueva York.
En términos energéticos somos “esencialmente dependientes” del precio internacional de dicho “commodity”. Este último, a su vez, depende de la geopolítica mundial, particularmente de aquella del Medio Oriente.
Al respecto hay que recordar las violentas “alzas del precio del petróleo” gatilladas por la guerra del Yom Kipur y la subsiguiente crisis petrolera (1973-1975); por la crisis de la revolución de los ayatolas (1978) y la “primera Guerra del Golfo” (entre Irak e Irán 1980-1989); por la “segunda Guerra del Golfo” causada por la invasión de los pozos petroleros de Kuwait por “el Iraq de Sadam Hussein”; la siguiente “Guerra contra el Terrorismo” y la invasión de Iraq de 2003, y; más recientemente, por la crisis financiera de 2008, que llevó el precio del petróleo hasta 144 dólares por barril.
Estos son “ejemplos históricos” que ilustran cómo la “geopolítica del petróleo” afecta principalmente a los “países importadores”, por ejemplo, a Chile. ¿Son necesarias más crisis para comprender nuestra exposición a tales fenómenos políticos y “de poder”?
¿No sería del caso comenzar a plantearnos “preguntas de lógica geopolítica” que requieren decisiones y políticas de Estado complejas e implementables en el mediano y largo plazo?
¿No es acaso evidente que necesitamos, a lo menos diversificar, nuestra matriz energética aprovechando, por ejemplo, nuestras “condiciones naturales” para la producción de energía desde fuentes renovables como la solar, la eólica, la mareomotriz (abundantísimas en ambos extremos del país)?
¿No es clara la urgencia de replantearnos la matriz energética para el transporte público de las grandes ciudades del centro (no solo Santiago) y, también, para el transporte que abastece a las regiones extremas del país? ¿No es acaso la electricidad la solución- a estas alturas- más que evidente?
¿No es igualmente claro que -para diversificar nuestra matriz de producción y distribución de electricidad– los chilenos no podemos depender de pequeños grupos de activistas convenientemente pagados por organismos que -con parapetados detrás de la falacia de la chinchilla y la ranita de Darwin o el fin del mundo- interesadamente obstaculizan nuestra transición energética propiciando un ambientalismo de salón que, al final, está al servicio del “precio internacional del petróleo”?
Mientras sigamos siendo “dependientes de la economía del petróleo”, parte esencial de nuestra soberanía seguirá comprometida.
Por ello quizás conviene entender la actual crisis como “un llamado” a reflexionar, “todos juntos” sobre este critico asunto. No hacerlo es abandonarnos a la suerte impuesta por intereses totalmente ajenos al nuestro, que impactan nuestra capacidad de consumo, y debilitan nuestras capacidades para heredar a nuestros hijos un país mejor y efectivamente más independiente y soberano.
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