Se trata, sin duda, de desarrollos geopolíticos y geoeconómicos de importancia global que, para un país mediano y dependiente del petróleo como el nuestro, tienen importancia estructural.
Mientras el precio del petróleo se acerca a los 110 dólares por barril (159 litros), pocos recuerdan que la raíz del asunto yace en los acuerdos suscritos en 1974 entre el gobierno norteamericano de Richard Nixon y la monarquía de Arabia Saudita, esto es, entre los principales consumidores y productores mundiales de crudo, respectivamente.
Si bien la presencia de las petroleras norteamericanas en Medio Oriente es más antigua, ese año Estado Unidos no solo se aseguró una provisión estratégica de petróleo para el funcionamiento de su economía, sino que estableció que el comercio de dicho commodity se haría en dólares norteamericanos.
El acuerdo norteamericano-saudí supuso el fin de la emergencia de la “crisis del petróleo de 1973”, ocurrida luego que la OPEP impusiera un embargo a las ventas a gobiernos que, como el de Washington, apoyaron a Israel en la Guerra del Yom Kipur (octubre del mismo año). Con el correr de los meses esa crisis hizo que el precio del petróleo se multiplicara por cuatro, conduciendo a una recesión global caracterizada por inflación y estancamiento económico (lo que los economistas llaman “estanflación”).
La Guerra del Yom Kipur y “la crisis del petróleo de 1973” tuvieron como contexto la confrontación bipolar en la que, mientras Egipto, Siria y (aunque en menor medida) Jordania contaban con apoyo de la Unión Soviética, Israel disponía de apoyo norteamericano. Toda vez que desde entonces su interés geoestratégico quedó “íntimamente comprometido” con la situación política y geopolítica del Medio Oriente, Estados Unidos se convirtió en el principal sostén de Israel. En el curso de las últimas cinco décadas el lobby israelí de las finanzas y los medios de comunicación consolidó este -como dirían los enólogos- “blend” de intereses geopolíticos.
Por extensión, Estados Unidos se convirtió en “el garante” de la funcionalidad del Canal de Suez (nacionalizado por Egipto) y la navegabilidad del Mar Rojo y del estrecho Bab-el Mandev (del cual Yemen y los rebeldes huties pro-iraníes de hoy son ribereños). Asimismo, de la navegabilidad de las aguas del Golfo Pérsico y del Estrecho de Ormuz (del cual Irán es Estado costero).
En el marco de las repercusiones de “la crisis petrolera de 1973”, la geopolítica norteamericana tuvo en consideración el hecho de que, hacia fines de la década de 1960, su industria petrolera en el Golfo de México había alcanzado los límites de su producción, generando enseguida un déficit creciente que solo podía superarse con crudo importado desde el Oriente Medio. También, que antes de 1974 los niveles de producción (oferta) y el subsiguiente precio del petróleo se habían convertido en “armas en manos de países hostiles” al interés estratégico de Estados Unidos.
Para entonces la disminución de la producción de petróleo norteamericana ya había causado desequilibrios estructurales para su economía, afectando sus reservas de oro. Para resolver ese problema, en 1971 el gobierno de Washington había puesto fin al “patrón oro”, devaluando su moneda, y afectando el precio del petróleo (y los ingresos netos de los países de la OPEP). Para resolver definitivamente ese peligro es que Estados Unidos alcanzó un arreglo con Arabia Saudita que, si por una parte multiplicó exponencialmente la “riqueza en dólares” de su monarquía (y luego también de aquellas de “los Estados del Golfo”), por otra entregó a Estados Unidos el monopolio de la divisa en la que se tranza “el producto que hace funcionar al mundo”.
A partir de 1980 el precio internacional del crudo se expresó en el llamado barril de petróleo Brent, inicialmente tranzado en la International Petroleum Exchange (IPE). Luego, en 2005, esa “bolsa” fue reemplazada por la ICE Future Europe con sede en Londres, pero íntimamente vinculada con la Bolsa de Nueva York. Toda vez que el precio del Brent es parte esencial de los costos de transporte (de cualquier tipo), en los hechos el comercio internacional y las economías del mundo están directamente asociadas a la divisa norteamericana.
Así, por ejemplo, las exportaciones rusas de petróleo permitieron que, desde los años 90, sus compañías acumularan gigantescos volúmenes de dólares, que no solo explican el rearme ruso bajo el gobierno de Putin, sino también las inversiones de la nueva oligarquía rusa en centenas de inmuebles de lujo (y hasta populares equipos de futbol) en países de Occidente.
El error de cálculo de Donald Trump
Regresando al Medio Oriente, habida cuenta de que “el pulso” de la política y la geopolítica de esa región depende -directamente- del “nivel diario de conflictividad del problema árabe-israelí” (en el cual, salvo Arabia Saudita, los países productores musulmanes son “enemigos existenciales de Israel”), por extensión el interés estratégico norteamericano está vinculado (y expuesto) a los vaivenes de dicho conflicto. En ese mismo plano, para Estados Unidos es de vital importancia la “navegabilidad” de los estrechos de Bab-el-Mandeb y Ormuz (por los que transita el 12% y 25% del petróleo del mundo, respectivamente).
La “revolución de los Ayatolas” de 1979 agregó a Irán a la lista de enemigos de Israel y de Estados Unidos, y desde entonces la intervención de la teocracia iraní en el Líbano, Siria y Yemen (y ahora en estrecho de Ormuz) se convirtió en un factor de inestabilidad para esa región. La intervención militar norteamericano-israelí en curso, que pretende eliminar totalmente ese factor, parece haber subestimado la capacidad de resistencia del régimen de Teherán que, algunos analistas -incluso- señalan que “podría ganar la guerra sin haber ganado ninguna batalla”.
En programas de conversación y comedia de la televisión norteamericana se ha dicho que, en “la guerra de Trump en Irán”, hasta ahora el principal logro consiste en haber “rejuvenecido al régimen” de Teherán, eliminado al Ayatola Alí Jamenei de 87 años, y reemplazándolo por su hijo el Ayatola Mojtabá Jamenei, de solo 57 años.
La superioridad militar y tecnológica de los enemigos de Irán es incontestable. Aun así, todo indica, que no es suficiente para una victoria rápida o “quirúrgica” del tipo de “la captura de Nicolás Maduro”. Mientras la subida del precio del petróleo beneficia a ciertos “productores” y a los brokers de Londres y Nueva York, también afecta al conjunto de la economía global y, por supuesto, a los consumidores norteamericanos (para quienes “la guerra en Irán” comienza a ser un problema interno”.
A nivel global, entre los más afectados por el conflicto en los campos petroleros iraníes y en el estrecho de Ormuz, están los países del Asia-Pacífico, que dependen de la navegabilidad de dicho pasaje marítimo para recibir sus pertrechos de hidrocarburos provenientes del Golfo Pérsico (incluido gas natural).
También los países europeos, que de plano se han negado a intervenir en apoyo de Estados Unidos. Rodeado de sus pares de Canadá y Escandinavia, el Primer Ministro noruego afirmó que “ésta no es nuestra guerra”, ante lo cual Trump -que previamente había afirmado que la guerra estaba “ganada”- les llamó “cobardes”. Anteriormente, a propósito del impasse relativo a la “aspiración norteamericana” sobre Groenlandia (territorio de la Unión Europea), Trump había catalogado a los europeos de “decadentes”.
Los expertos en conflictos armados suelen repetir que “ningún conflicto no se ajusta a ningún libreto” y, también, que lo primero que en una guerra queda desfazado es “el plan inicial de batalla”.
Más allá de si la guerra en Irán se prolongará por más tiempo, lo que ha vuelto a quedar en evidencia es la fragilidad de un sistema internacional en el que el “precio en dólares del petróleo” repercute directamente sobre el bolsillo de la población mundial. A la vez, que la “decisión personal” de Donald Trump de “descabezar al régimen de los ayatolas” (para producir un cambio geopolítico paradigmático) parece estar ilustrando los límites del poder norteamericano.
Mientras eso ocurre (y el rol protagónico de Israel en el conflicto incentiva un peligroso renacimiento del “sentimiento” antisemita a nivel mundial), China, Rusia, la India y Brasil (y en adelante muy probablemente también los europeos), ven reforzada su convicción de que es urgente acabar con la geopolítica de los petrodólares. Por lo pronto, en algunos intercambios regionales de importancia, el yuan chino ya comienza a reemplazar a la moneda norteamericana.
Se trata, sin duda, de desarrollos geopolíticos y geoeconómicos de importancia global que, para un país mediano y dependiente del petróleo como el nuestro, tienen importancia estructural.
Desde este ángulo, mientras nuestros mecanismos de política monetaria (adoptadas hace décadas) vuelven a mostrar su pertinencia y utilidad, la cuestión de “la guerra por el petróleo” ilumina las oportunidades que, en el ámbito de las energías renovables, Chile dispone para lograr un mayor grado de autosuficiencia y revertir nuestra inconveniente dependencia del mecanismo de los “petrodólares”.
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