Quijada ha des/gramatizado notablemente el estado de ánimo de la revuelta, la ha exhibido en la lengua escrita. Es lo que pedía, por otra parte, Robbe Grillet en los ensayos del sesenta: no sólo escribir sino hacer una novela, crear un dispositivo lingüístico acorde con el material.
Graduación (Ediciones Ráfaga, 1970, Santiago de Chile) de Rodrigo Quijada, ha sido relegada por décadas al frío de nuestros gulags pudibundos.
¿Qué tenían en mente los jóvenes de fines de los sesenta y qué los ocupaba? ¿Qué mundo era ése y el sentido cotidiano de la vida? Algo de eso responde la novela en esta última escena de la generación de la pifia en un diálogo peripatético.
Se trata del hojeo de horas alcohólicas, verborreicas, políticas, cinéfilas y literarias de una cuadrilla de juerguistas que celebra a Edgardo, graduado de derecho en la Universidad de Chile.
Promán, El vate, El enano, Galíndez, La morenita, El cholo, Edgardo, Patricio, deambulan entrechocando vasos cerveceros de la facultad al saint pauli (sic), a un prostíbulo en calle Bueras a la busca de la moniquilla y la dotada hermana mayor –pelanduscas dramáticas y corintelladonas–, para seguir en el revoltijo bohemio del Bosco, hasta finalmente rematar la noche en el plumífero striptease de la betti ferrari (sic) en la pista de la Boite La Sirena, Vicuña Mackenna con Irarrázabal.
Es la juventud citadina de la segunda mitad de los años sesenta, el corte universitario, la “élite de las élites” como la rotula Edgardo con ironía. Quijada no los constituye propiamente en personajes, es decir, no se trataría de caracterizaciones psicológicas ni físicas ni biográficas en busca del trazo de una densidad distintiva; son, más bien, megáfonos de inquietudes epocales cada uno en su estrato: emisores de discursos, estados de ánimo, problemas generacionales, receptores de propaganda, atentos por igual a los planes del Pentágono y a las canciones de Leonardo Favio, volados con la cannabis de Revólver de los Beatles, testigos desorientados entre los asaltos bancarios del MIR ahorrando para el espejismo del foco guerrillero y la inminente elección de Allende (ya los tiene cansados con las derrotas), con ganas de desalojar a los “beatos” de las flechas primorriveristas que gobiernan con escapularios encintados al cuello.
Son los últimos testigos jóvenes del Chile democrático, la bohemia, la noche celuloide de los Tres tristes tigres de Raúl Ruiz, el macho-pistoletazo de Pablo de Rokha, la Remodelación San Borja como contraseña del ánimo societario.
Por mientras la vida diaria se va crispando, oscila entre la letra gruesa de las pancartas al alza y los depósitos bancarios de la CIA. Son muy pocos los jóvenes que han dado con salidas alternativas a este más que estrecho pasadizo de aire enrarecido: unos optando por una poiesis discreta, cotidiana, de avances mínimos pero seguros; otros por el jipismo artesano o musical tratando de emular los riffs pegajosos, el amor libre y la fuerza joven de Woodstock como incitación al Festival de Piedra Roja y el desate que tenía que ocurrir; y unos más raros todavía optando por la indiferencia o el hastío.
De entrada en Graduación se va al choque: “el cholo (…) mirando lascivamente a la morenita le propuso una felatio y la morenita se encogió de hombros”. Una de las estrategias de Quijada es que el lenguaje sexual y obsceno de grado menor, sea un contenido visible y con títulos literarios como cualquier otro del intercambio cotidiano, y tan potencialmente revelador de lo humano como el lenguaje político o religioso que monopolizan el habla (estos dos, a veces, mucho más obscenos y deshonestos).
Quijada revela en la escritura un mínimo procaz a modo de campanazos para llamar la atención hacia una revuelta que viene a acusar lo que por mucho rato parece innominado, teologizado, politizado, etc., dada la saturación discursiva de la época acaparando la cotidianeidad escénica: los discursos que circulan son demasiado grandilocuentes, de ceño moral, buenistas, autorreferenciales porque se atribuyen causas y efectos, y lo peor, soluciones irrebatibles con carácter de reveladas.
También hay la interpelación culta o informada que eleva el nivel hacia un panorama mundial que los alude generacionalmente, entre Mao y la purga violenta de la revolución cultural china, el póster hipnótico del Che, Fidel Castro mirando de reojo a Heberto Padilla, el cine negro de Fritz Lang, el tempo morto aburridísimo de Antonioni; más los referentes locales que enervan o guatean la escena: Jota Eme, Prat, Campos Menéndez, “el momiacho bulnes”, Tomic, “Labarcas, Inzunzas, todos se quedaron atrás”, “¿Quién es Allende? ¿Candidato, resucitado, momia? ¿Qué?”, los últimos como signos chilensis de lo añejo y el rechazo.
Por lo mismo, por lo intolerable que es para esa juventud el quietismo y el conjunto de normas de todo tipo que la práctica amistosa y el licor grupal va aguando en el jolgorio, no hay puntos seguidos ni aparte ni mayúsculas ni localización del hablante ni comas posibles por extensos párrafos, muy a la siga de la contranovela de Joyce, discurso insurrecto que no hay RAE que pueda normar: Quijada ha des/gramatizado notablemente el estado de ánimo de la revuelta, la ha exhibido en la lengua escrita. Es lo que pedía, por otra parte, Robbe Grillet en los ensayos del sesenta: no sólo escribir sino hacer una novela, crear un dispositivo lingüístico acorde con el material.
Enviando corrección, espere un momento...
