En los análisis políticos suele pasarse por alto la existencia de dos conceptos parecidos, pero no iguales. Ni siquiera son sinónimos y, por tanto, no son intercambiables. Estos conceptos son los de “centro político” y “centro social”.
Es posible que la tendencia a olvidar o borrar la diferencia entre ellos se deba a que, en nuestra historia, siempre hubo un centro político que representó al centro social, aunque no siempre el centro político lo haya ocupado el mismo partido. Sin embargo, la misma noción de “representación” habla de un vínculo entre dos entidades diferentes; un vínculo que, es obvio, puede dejar de existir.
El asunto es que, hasta ahora, cuando el nexo entre el partido en el centro político se extinguía (o se debilitaba sustantivamente), a causa de un reacomodo de las fracturas sociales, surgía otro partido que adquiría ese vínculo (Scully, 1992): los liberales del siglo XIX reemplazados por los radicales de la primera mitad del siglo XX, y estos, sustituidos por los democratacristianos en la segunda mitad del siglo pasado.
El colapso de la Concertación
Lo que ocurre hoy, sin embargo, es una novedad: la Democracia Cristiana se ha debilitado hasta el punto de haber perdido el nexo con el centro social y la Concertación de Partidos por la Democracia, que pudo haber adquirido ese vínculo, se desintegró antes de consolidarse como centro político y ocupar con solidez ese lugar de representación social. Puede que esto sucediera porque no supo anticipar que estaba produciéndose un nuevo reacomodo de las fracturas sociales, causado quizás por su propio éxito transformador. Tal vez ocurrió porque nunca logró madurar orgánicamente como un centro político.
Las historias y tradiciones partidarias de los colectivos que conformaban la Concertación tenían aún demasiada gravitación y ninguno de esos colectivos estuvo dispuesto a situarlas en un marco de significados que permitiera reconocerlas en su valor histórico, pero también superarlas. Y esto, pese a que hubo esfuerzos por hacerlo. En este sentido, no fue menor la renovación socialista o el reencauzamiento de la Democracia Cristiana en la corriente democrática desde su apoyo inicial al golpe de Estado de 1973.
Es posible que se requiera mucho más análisis para dar una explicación sólida al colapso de la Concertación y la evanescencia de su papel como centro político en reemplazo de la Democracia Cristiana (aunque con la Democracia Cristiana) para detentar el vínculo de representación con el centro social que históricamente había existido entre ambas entidades.
No obstante la falta de un diagnóstico global y convincente de ese fenómeno, lo que hoy se percibe en el escenario político es la existencia de un centro social muy amplio y la inexistencia del centro político.
Centro político y centro social: una ruptura histórica
Dos pruebas avalan la afirmación de que el centro social existe:
La gravitación del centro social es un dato cierto, a pesar de que la delincuencia y el malestar por la inequidad económica son fenómenos que tienden a polarizar la sociedad. La oferta política de aquellos tres candidatos (no outsiders) debe responder esta pregunta: ¿cómo cuadrar la acomodación al centro con respuestas eficaces a estos dos fenómenos?
Lo llamativo es que en la respuesta que están articulando los tres candidatos más viables hasta ahora no se vislumbra la intención de articular un genuino centro político que llene el vacío que hoy se percibe en esa ubicación del espectro político. Quizás porque ninguno se lo propone en serio; tal vez porque los colectivos en que asientan su candidatura no aspiran a eso, o porque si pretenden enarbolar esa bandera son desmentidos por su historia y trayectoria, o porque deben resolver creíblemente cuál de las corrientes que convergen en su seno prevalecerá, cuál se erigirá como hegemónica.
Hay colectivos que no tienen esas dificultades y podrían concurrir, sin necesidad de contorsiones políticas, a conformar un nuevo centro político, pero son colectivos pequeños que se inclinan por alianzas que no dominan y entonces optan por la subsistencia que les aseguraría una lista parlamentaria donde tengan un espacio esperanzador.
Si bien no tienen las dificultades mencionadas previamente, carecen de un convencimiento estratégico que, no obstante la tentación de conseguir algunas plazas parlamentarias en esta vuelta, pudiera hacerlos optar por llenar el vacío del centro político (más notorio desde que la Democracia Cristiana renunció a este propósito) y jugar la baza de ampliarlo y consolidarlo a mediano plazo para reconquistar la representación del centro social.
A varias semanas de las elecciones, la sensación palpable es que la suerte está echada.
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