Sociedad
A 43 a√Īos: c√≥mo la ignorancia salv√≥ a los 16 sobrevivientes del Milagro de Los Andes
Publicado por: Alejandra Fuentes
¬ŅEncontraste alg√ļn error? Av√≠sanos visitas

“Cuando la gente piensa sobre Los Andes dice 72 d√≠as. Yo siempre digo no fueron 72 d√≠as, fueron 72 noches. Para m√≠ las noches fueron mucho peores que los d√≠as. Los recuerdos vienen mucho de las noches que pasamos all√≠. La gente piensa 72 d√≠as y se imagina una monta√Īa con luz, con pinos, con gente esquiando. No, lo peor son las noches, son 72 noches. Adem√°s hab√≠a d√≠as, pero las noches eran terribles. Si el infierno existe, no es con fuego, te puedo asegurar que es con hielo y oscuro”.

Con estas palabras uno de los sobrevivientes de la llamada Tragedia de Los Andes, Fernando Parrado, retrata en el diario uruguayo Espectador, la experiencia que dejó sólo 16 personas con vida tras el accidente que sufrió el avión en que viajaba junto a otros 44 pasajeros, incluídas su hermana y su madre.

El viernes 13 de octubre de 1972, el Fairchild despeg√≥ de Mendoza rumbo a Santiago. El viaje ten√≠a como prop√≥sito llevar a los jugadores del equipo de rugby Old Christians Rugby Club a disputar un partido amistoso con algunos pares chilenos. Los acompa√Īaban familiares, amigos y seguidores del equipo.

La traicionera Cordillera de Los Andes

‚ÄúMe inclin√© para mirar por la ventanilla. Est√°bamos volando en medio de un espeso c√ļmulo de nubes pero, a trav√©s de los claros pod√≠a ver una impresionante pared de roca y nieve que pasaba a gran velocidad. El Fairchild daba bruscas sacudidas y la punta del ala ladeada no estaba a m√°s de 7 metros de la monta√Īa. Durante un segundo m√°s o menos, me qued√© mirando incr√©dulo y entonces los motores del avi√≥n rechinaron mientras los pilotos trataban desesperadamente de hacer subir el avi√≥n. El fuselaje empez√≥ a vibrar de una forma tan violenta que tem√≠ que se rompiera en pedazos. Mi madre y mi hermana se giraron para mirarme por encima de sus asientos. Nuestras miradas se encontraron durante un instante, justo cuando un fuerte temblor sacudi√≥ el avi√≥n. Se produjo un terrible chirrido, como si estuvieran afilando un metal. De repente vi el cielo sobre mi cabeza. Una r√°faga de aire g√©lido me golpe√≥ la cara y me di cuenta, con una tranquilidad extra√Īa, de que las nubes remolineaban por el pasillo. No hab√≠a tiempo para recapacitar, rezar o sentir miedo. Todo sucedi√≥ en un abrir y cerrar de ojos. Entonces una incre√≠ble fuerza me propuls√≥ del asiento y me abalanc√© hacia delante, sumergi√©ndome en la m√°s completa oscuridad y silencio‚ÄĚ, relata Parrado en su libro ‚ÄúMilagro en Los Andes‚ÄĚ.

El Fairchild que los llevaría a Santiago se había estrellado en las cumbres, a 4 mil metros de altura. 13 de los pasajeros murieron instantáneamente.

Desde ese momento todo fue una lucha constante por la supervivencia. Las bajas temperaturas, aludes y la falta de agua y alimentos, fueron parte del día a día. No todos resistieron.

El Milagro de Los Andes

El Milagro de Los Andes

‚ÄúRespira otra vez- sol√≠amos decir a los m√°s d√©biles cuando el fr√≠o, el miedo o la desesperaci√≥n les empujaban hasta llegar al borde de la rendici√≥n. Vive lo suficiente para respirar otra vez. Mientras respires, estar√°s luchando para sobrevivir‚ÄĚ, recuerda Parrado.

Convencidos ya de que la ayuda no llegar√≠a y tras varios intentos fallidos por salir del lugar, el 12 de diciembre, Fernando Parrado, Roberto Canessa y Antonio Vizint√≠n, inician la que ser√≠a la √ļltima y definitiva expedici√≥n camino al oeste para llegar a Chile y encontrar ayuda.

‚ÄúNosotros tres escal√°bamos con ropa de calle, provistos √ļnicamente de los toscos utensilios que hab√≠amos podido inventar a partir de los materiales rescatados del avi√≥n. Ten√≠amos el cuerpo maltrecho por meses de agotamiento f√≠sico, inanici√≥n y exposici√≥n al fr√≠o, y nuestras experiencias pasadas hab√≠an contribuido poco a prepararnos para esa actividad. Uruguay era un pa√≠s c√°lido y llano, as√≠ que ninguno hab√≠amos visto nunca aut√©nticas monta√Īas. Antes del accidente, Roberto y Tint√≠n ni siquiera hab√≠an visto la nieve. Si hubi√©ramos sabido algo de alpinismo, nos hubi√©ramos dado cuenta de que ya est√°bamos condenados. Por suerte, no sab√≠amos nada, as√≠ que nuestra ignorancia nos dio una oportunidad‚ÄĚ, cuenta Parrado.

Tres d√≠as despu√©s resolvieron que Vizint√≠n regresar√≠a al fuselaje. ‚ÄúEl viaje ser√° m√°s largo de lo que ten√≠amos previsto y vamos a necesitar tu comida. En cualquier caso, dos pueden avanzar m√°s r√°pido que tres‚ÄĚ, fueron las palabras de Canessa seg√ļn recuerda Parrado en su libro.

Roberto Canessa y Fernando Parrado siguieron a duras penas la traves√≠a, d√°ndose √°nimos uno al otro cuando la tentaci√≥n de rendirse les rondaba. Poco a poco la nieve se fue disipando, las rocas apareciendo y, finalmente, un caudaloso r√≠o se abr√≠a paso en la inmensidad de las monta√Īas.

Estaban cerca de la civilización. La prueba llegaría cuando divisaron unas vacas y, al día siguiente, a unos arrieros.

‚ÄúEl 21 de diciembre, el d√©cimo d√≠a de expedici√≥n, Roberto y yo nos levantamos antes del amanecer y echamos un vistazo por el r√≠o. All√≠ hab√≠a tres hombres sentados al calor de una hoguera. Baj√© corriendo por la ladera hasta la punta de la garganta y despu√©s descend√≠ hasta la orilla del r√≠o. Al otro lado, uno de los hombres, vestido con la ropa de trabajo propia de un campesino de monta√Īa, hizo lo mismo. Intent√© gritar, pero el estr√©pito del r√≠o ahog√≥ mis palabras. Se√Īal√© hacia el cielo e indiqu√© con gestos la ca√≠da de un avi√≥n. El campesino se limit√≥ a mirar. Empec√© a recorrer a grandes pasos la orilla del r√≠o de arriba y abajo, con los brazos extendidos como si fueran alas. El hombre se gir√≥ y grit√≥ algo a sus amigos. Por un momento me entr√≥ el p√°nico, creyendo que me tomar√≠a por un lun√°tico y se marchar√≠a sin ayudarme, pero lo que hizo fue sacarse un papel del bolsillo, escribi√≥ algo deprisa y at√≥ el papel alrededor de una piedra con un cord√≥n. Desliz√≥ un l√°piz por debajo de la cuerda y lo lanz√≥ al otro lado del r√≠o para que yo lo recuperara. Al desdoblar el papel, le√≠ el siguiente mensaje:

¬ęEst√° de camino un hombre al que he mandado ir hasta all√≠. Dime qu√© quieres.¬Ľ

Agarré el lápiz y empecé a escribir en el reverso de la nota del campesino. Sabía que tenía que elegir las palabras con precisión para hacerle entender la urgencia de nuestra situación y que necesitábamos ayuda inmediata. Me temblaban las manos pero, cuando el lápiz tocó el papel, ya sabía lo que tenía que decir:

¬ęVengo de un avi√≥n que cay√≥ en las monta√Īas. Soy uruguayo. Llevamos diez d√≠as caminando. Tengo a un amigo all√≠ arriba que est√° herido. En el avi√≥n hay todav√≠a 14 heridos. Tenemos que salir de aqu√≠ r√°pidamente y no sabemos c√≥mo. No tenemos comida. Estamos d√©biles. ¬ŅCu√°ndo van a venir a rescatarnos? Por favor. Ni siquiera podemos caminar. ¬ŅD√≥nde estamos?¬Ľ

El arriero era Sergio Catal√°n, quien hasta hoy vive en las cercan√≠as de la localidad de Roma, cercana a San Fernando. Fue √©l quien lleg√≥ hasta ellos, les entreg√≥ pan y luego los invit√≥ a su caba√Īa. Entonces el Milagro se hizo real: se inici√≥ el rescate.

Desde entonces, cuando han pasado 43 a√Īos, los sobrevivientes conmemoran esta fecha en homenaje a quienes perdieron la vida en la monta√Īa. De aquellos que no volvieron.

Así testimoniaron este nuevo aniversario del Milagro de los Andes, los sobrevivientes Pancho Delgado y Carlitos Páez.

Saludo por 43 Aniversario

Posted by Carlitos Paez on Martes, 13 de octubre de 2015

Tendencias Ahora