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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Yasuo Takamatsu, residente de Miyagi, Japón, bucea 2 veces al mes para sentirse cerca de su esposa fallecida en el tsunami de 2011. Tras perderla en la tragedia, aprendió a bucear para buscarla, acumulando 763 inmersiones. Esta búsqueda también tiene un aspecto espiritual, ya que al no haber encontrado sus restos, Yasuo busca un lugar de encuentro espiritual con ella bajo el mar. A pesar del dolor, no guarda rencor al mar, reconociendo su belleza y la abundancia que ofrece.

Dos veces al mes, sin falta, Yasuo Takamatsu sube a una pequeña embarcación pesquera en el puerto de Onagawa, en el noreste de Japón. Se pone la máscara, el tanque de aire y el cinturón de lastre. Y se sumerge en aguas frías, en el mismo océano que le arrebató a su esposa Yuko en el 2011.

Así lo relata BBC News Mundo, en un artículo que detalla su rutina, que ya lleva más de 13 años y suma 763 inmersiones para sentirse cerca de su fallecida amada.

El hombre que bucea buscando a su esposa

De acuerdo al relato, Yasuo dejó a Yuko en su trabajo, en un banco, la mañana del recordado tsunami de 2011 que azotó las costas de Japón. En el breve trayecto en auto hablaron de qué cenarían, como una conversación cualquiera, de un día cualquiera.

Cuando sonaron las sirenas de alerta, Yuko y 12 compañeros subieron a la azotea del edificio y desde allí ella le escribió un mensaje: “¿Estás a salvo? Quiero volver a casa”.

Pero la gigantesca ola penetró casi 10 kilómetros tierra adentro y arrasó con todo. Yasuo creyó que su esposa estaba a salvo; aunque al día siguiente la buscó en el hospital municipal donde se refugiaban los sobrevivientes, donde no logró encontrarla.

“Me dijeron que el tsunami se la había llevado”, cuenta el hombre, quien recuerda: “Después de eso, no podía ni mantenerme en pie. Perdí todas mis fuerzas, como si el agua se las hubiera llevado consigo”.

Aprender a bucear para buscarla

En las semanas siguientes, cuando las aguas se retiraron, se recuperaron miles de cuerpos a lo largo de la costa. Pero muchas víctimas, como Yuko, siguieron desaparecidas.

Así, durante dos años, Yasuo observó cómo los buzos de la Guardia Costera de Japón buscaban cuerpos y rescataban pertenencias y recuerdos. Entonces tomó una decisión. “Aprendí a bucear. Sentía que algún día podría encontrarla si seguía buceando”, afirma. Desde entonces ha completado más de 760 inmersiones.

Su búsqueda tiene también un sentido espiritual. Resulta que en Japón se honra a los difuntos con rituales que incluyen ofrendas y oraciones junto a una tumba o un altar. Como los restos de Yuko nunca aparecieron, Yasuo no tiene un sepulcro donde hacerlo.

“Tras bucear una y otra vez, empecé a sentir que ella podría estar cerca”, señala. Y agrega: “Es algo distinto a visitar una tumba, porque ella no está en una tumba. Es más como ir a reunirme con ella”.

Un mar sin rencor

Bajo el agua, el duelo pesa. “Al mirar los escombros, pienso: ‘Ella no podría haber logrado salir a la superficie entre todo esto’. Y cuando pienso eso, siento ganas de llorar”, confiesa.

Aun así, Yasuo no odia el mar, afirma. Creció junto a él, aprendió a nadar y a pescar en sus aguas, mucho antes de conocer a Yuko. Su actitud refleja la de la región de Tohoku, en la costa del Pacífico, donde terremotos y tsunamis no son algo inusual.

“En realidad, no le guardo rencor ni nada por el estilo. En aquel momento hubo un tsunami y el mar estaba agitado. Pero, por otro lado, se pueden pescar muchas cosas deliciosas. Y el paisaje es hermoso”, reflexiona.

A 50 metros de profundidad, nada sobre un paisaje submarino fracturado. Entre los restos, hay autos aplastados y objetos convertidos en arrecifes artificiales, donde acuden los peces y luego aparecen los huevos.

¿Cómo hicimos esta nota?

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