Algunos afirman que Chile siempre ha sido un país que ha mantenido su autonomía respecto de Estados Unidos y en esa virtud se oponen al actual Escudo de las Américas, otros miramos críticamente las relaciones entre ambos países, que se han caracterizado por el casi permanente sometimiento de Chile al gran país del norte. El Escudo de las Américas lleva a su punto más delicado este sometimiento, pues arriesga la soberanía en su sentido más amplio.
Un acuerdo político
El gobierno de Kast, no el Estado chileno, ha suscrito el pacto político llamado “Escudo de las Américas”. No se trata de un tratado internacional ni de un compromiso que como tal obligue al Estado, pero sí es un acuerdo político que obliga a los socios a someterse a una serie de reglas que, “sin querer queriendo”, afectarán al país en su conjunto.
Esta referencia al “Chapulín Colorado” no es un chiste, sino la alusión a esa especie de creencia tan extendida en cuanto a que Estados Unidos es el que vendrá a salvarnos de algo muy malo si nosotros nos portamos bien y lo merecemos.
El proceso de colonización cultural de Estados Unidos sobre América Latina –definida más de una vez por sus jerarcas como el “patio trasero”– se ha visto acentuado en las últimas décadas e incluso, probablemente gracias a las redes sociales, el uso del idioma inglés en su versión norteamericana se está extendiendo en nuestros países. Incluso hay países que han “dolarizado” su economía.
Hay quienes creen que Chile, en su mítica autopercepción de dignidad, ha sido un país que ha mantenido relaciones parejas con Estados Unidos a lo largo de su historia. No es así. Salvo excepciones, Chile se ha sometido a los planes y presiones del vecino del norte en muchos de sus asuntos importantes. No es el momento de hacer una revisión minuciosa de los más de 200 años de historia de las relaciones bilaterales, pero algunas pinceladas nos ofrecerán pistas claras.
Estados Unidos y la Guerra del Pacífico
La Guerra del Pacífico, originada en el intento de proteger a empresas “chilenas” a las que Bolivia gravaba con impuestos “injustos”, contó con la tolerancia de Estados Unidos que vio una oportunidad de extender su influencia económica en el cono sur, hasta entonces dominado por inversionistas europeos.
A partir de la declaración de neutralidad, que no significó dejar de vender armas a los países en guerra, no se limitó al rol de observador, sino que realizó acciones directas para proteger las inversiones de sus connacionales en la zona, adquirir cierta influencia militar sobre la base del aporte de armamento, mantener presencia de su flota frente a las costas en conflicto, todo ello además de la intervención diplomática.
Esto último se coronó con los intentos de mediación para poner fin a las hostilidades, especialmente después de la ocupación de Lima por parte de las tropas chilenas, ante el temor de que ello pudiera enemistar a Estados Unidos con las grupos sociales y económicos dominantes en el Perú, que eran más proclives a sus intereses que algunos grupos chilenos muy vinculados con intereses británicos en distintos campos económicos, especialmente el salitre.
Inversiones en el cobre: la presión sutil
Pasada la guerra, Estados Unidos redobló con éxito sus inversiones y jugó un rol preponderante en todas las gestiones que culminaron en los tratados y acuerdos finales.
Fue el momento en que las inversiones mineras en los antiguos territorios peruanos y bolivianos pasaron a manos de empresas estadounidenses. Ya a inicios del siglo XX, estas entidades se hicieron cargo de la explotación del cobre a lo largo del país, incluida la gran mina que hoy se conoce como El Teniente.
La presencia estadounidense en Chile, más que reflejarse en las luchas políticas, se radicó en la economía. La única preocupación, a partir de la década de los años 20, fue frenar el avance de los comunistas.
En la elección de 1938, la influencia de las empresas de Estados Unidos se orientó en favor del candidato derechista Gustavo Ross, pero eso no fue suficiente para impedir el triunfo del Frente Popular. Aguirre Cerda, inquieto por la presión que podía experimentar, evitó nombrar ministros comunistas pese a que el Partido había sido de gran apoyo en su campaña. Iniciada la guerra, Aguirre, siempre prudente, mantuvo a Chile en condición de neutralidad.
La Guerra Mundial
El presidente muere y, cuando asume el sucesor, ya se han producido los acontecimientos que hicieron que Estados Unidos entrara con todo a la guerra, lo que provocó el alineamiento de Chile contra el Eje. El país rompe relaciones con las tres potecias y declara la guerra a Japón; pero fuera de impedir el acceso alemán a sus puertos, no hay otras acciones bélicas.
Chile, debidamente presionado por las empresas y por la diplomacia del norte, congeló el precio del cobre en favor de Estados Unidos, manteniéndolo hasta el final de la guerra, cuando en 1945 cayeron Japón y Alemania en manos de las fuerzas militares aliadas.
La Guerra Fría
La Unión Soviética y Estados Unidos se alzaron como las más grandes potencias, teniendo como potencias acompañantes a Francia, Gran Bretaña y China. Alemania fue dividida en un área oriental a cargo de los soviéticos y un área occidental en manos de los otros tres países. Fue el inicio de la Guerra Fría, época de grandes tensiones. Desde el punto de vista de los Estados Unidos el mundo entero debe optar entre el mundo comunista y el mundo occidental, anticomunista.
A la muerte del presidente Juan Antonio Ríos, en 1946, le sucede Gabriel González en septiembre de 1946, elegido con el manifiesto apoyo comunista. Un año después, septiembre de 1947, bajo la presión de Estados Unidos, Chile se hace parte del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) que es un pacto militar de ayuda mutua en contra del enemigo común: el comunismo.
Allí se oficializaron la cooperación militar y la doctrina de la seguridad nacional (enemigo externo y enemigo interno del continente americano). En septiembre de 1948, en Chile, el Partido Comunista fue declarado fuera de la ley y sus militantes sufrieron persecución y encarcelamiento, en un contexto donde la mano de Estados Unidos no tenía contrapeso en la región.
Cuando la derecha asume el gobierno con Jorge Alessandri, ya se ha derogado la Ley Maldita que prohibía a los comunistas y su gobierno se desarrolla en un marco de tranquilidad. Sin embargo, en el concierto internacional, el alineamiento de la Cuba revolucionaria con la Unión Soviética en 1960 y la agudización por esa misma razón de la Guerra Fría, permite que nazca con el gobierno de Kennedy una nueva estrategia: la Alianza para el Progreso. De este modo, Estados Unidos propone planes y medidas para evitar situaciones como las que llevaron a Cuba a tomar el camino de la revolución armada y posterior adhesión al comunismo.
La intervención política directa: las dictaduras en el continente
Las elecciones de 1964 en Chile enfrentan a Frei Montalva con Salvador Allende, interviniendo Estados Unidos en forma manifiesta con la llamada “campaña del terror” al comunismo. Esto está probado, la CIA destinó recursos que fueron canalizados básicamente por los partidos de la derecha –que apoyaban a Frei por miedo a Allende– aunque también hubo recursos económicos que llegaron vía Alemania a la Democracia Cristiana.
Chile intenta ser independiente con Frei, pero es algo que no consigue, porque los embajadores de Estados Unidos intervienen abiertamente en la política chilena.
Seis años después, pese a todos los esfuerzos de Estados Unidos, es elegido Salvador Allende. El plan inicial de detenerlo fracasó, poniéndose en marcha diferentes mecanismos para impedir que asuma y luego, al fracasar también esos intentos, se inicia el ya conocido plan para el derrocamiento. Allende alcanza a instalar a Chile en el movimiento de países no alineados, en un acto de cierta independencia del poder imperial.
América Latina, en tanto, observa que la Alianza que propuso Kennedy no logra el desarrollo social y económico esperado y, mientras aparecen movimientos revolucionarios, Estados Unidos opta por el modelo intervencionista para instalar en casi todo el continente dictaduras militares o gobiernos civiles con grandes poderes y manejados por sus aliados internos (casos de Colombia ya algunos países de América Central y el Caribe).
Lo que vino después
Chile tendrá su dictadura para el beneplácito de Estados Unidos. Salvo el período de James Carter, durante el cual se desarrolla algo de preocupación por el tema de los derechos humanos, el gobierno de EE.UU. da su completo apoyo a la dictadura. Es verdad que parte del universo político del país del norte comienza a desarrollar una cierta actitud proclive a la democracia en América Latina, pero la política oficial sigue siendo la misma.
Los gobiernos de Chile, posteriores a Pinochet, consiguen mantenerse dentro de la política de los países no alineados y como un país abierto al mundo. Sigue las directrices provenientes del imperio en cuanto a lo económico, y logrando tratados de libre comercio con casi todo el mundo. Se abre al mundo comunista en sus relaciones con Cuba y China, manteniendo una actitud de acercamiento a todos los países del planeta.
Chile consigue dar muestras de autonomía respecto de EE.UU., cuando vota en el Consejo de Seguridad de la ONU en contra de la autorización solicitada para invadir Irak. Pero, en abril de 2002, el gobierno chileno vaciló cuando Estados Unidos promovió el golpe de Estado en Venezuela. En actitud ambivalente, el país ha intentado tener actitudes de cierta independencia respecto de la políticas norteamericanas frente a Palestina y otros conflictos de gran importancia en distintos lugares del mundo. Una golondrina no hace verano.
Hacia el sometimiento total
Todo eso hasta ahora, cuando el país –gobernado por Kast y su grupo– se retira del movimiento de países de alineados, adhiere al Escudo de las Américas y asume una actitud francamente colaboracionista con Estados Unidos, pese a intentar mantener una relación comercial importante con China.
El enemigo sigue siendo el comunismo, pero a él se añaden el terrorismo, el crimen organizado y el narcotráfico, que tanto desde el norte como sus aliados locales vinculan a las llamadas izquierdas latinoamericanas.
En mi próximo artículo analizaré en detalle el tema del Escudo de las Américas, que es la coronación del sometimiento político y que encuentra sustento en muchas de las medidas que ha propuesto el actual gobierno en su plan de seguridad.
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