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Chile enfrenta una baja natalidad que transformará su estructura demográfica, con menos niños y más adultos mayores. Datos del INE muestran una caída del 46,9% en nacimientos desde 1993, afectando pensiones, salud y cuidados. La edad promedio de maternidad aumentó a 30 años en 2025. Se proyecta una reducción gradual de la población desde 2036, con repercusiones en la fuerza laboral y necesidades de pensiones. Jóvenes valoran tener menos hijos por costos económicos y de cuidado.
Chile está entrando en una etapa demográfica que modificará la forma en que funciona el país durante las próximas décadas, y no se trata solamente de que nazcan menos niños, sino de todo un cambio en la estructura de nuestra organización.
Mientras aumenta la cantidad de personas mayores, disminuye progresivamente el grupo que tendrá que sostener el mercado laboral, las pensiones, el sistema de salud y los cuidados.
Los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) muestran la magnitud del cambio. En el 2025 nacieron 146.446 personas en Chile, un 46,9% menos que en 1993, cuando se registraron 275.916 nacimientos. En el mismo período, la tasa nacional de fecundidad cayó 59,4% y llegó por primera vez a 0,99 hijos por mujer.
La cifra está muy por debajo de los 2,1 hijos por mujer considerados como referencia del nivel de reemplazo generacional. Pero el desafío para Chile no se reduce a esa diferencia.
La radiofragía del Chile futuro
La edad promedio en que las mujeres tienen hijos también aumentó. Pasó de 27 años en 1993 a 30 años en 2025, reflejando un desplazamiento de la maternidad hacia edades más avanzadas, mientras que la fecundidad adolescente ha disminuido de manera muy pronunciada.
Marinella Mazzei Pimentel, socióloga y demógrafa, subdirectora de la Escuela de Salud de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, afirmó a BioBioChile que estos cambios deben entenderse como parte de una transformación demográfica más amplia.
Chile está pasando rápidamente de una estructura poblacional relativamente joven a otra con menos menores de 15 años y menos personas en edades laborales, mientras aumenta rápidamente la población adulta mayor, explica la especialista.
Al respecto, el INE proyecta que Chile tendrá 20.150.948 habitantes en 2026 y alcanzará un máximo de 20.643.490 personas en 2035. Desde 2036 comenzaría una reducción gradual de la población, que llevaría al país a unos 16,97 millones de habitantes en 2070 si se mantienen los supuestos utilizados en la proyección. Además, desde 2028 las defunciones superarían a los nacimientos.
Menos niños y más adultos mayores
La transformación será especialmente visible en la composición de la población. Los menores de 15 años pasarán de representar 16,3% de la población en 2026 a solo 7,2% en 2070. En sentido contrario, las personas de 65 años o más llegarían a representar 42,6% de los habitantes del país en ese mismo año.
Eso significa que Chile no solamente tendrá menos habitantes en el futuro. Tendrá una población considerablemente distinta. La consecuencia directa será una reducción progresiva del grupo de personas potencialmente activas, lo que para Mazzei Pimentel es uno de los principales desafíos.
“Va a haber un impacto; posiblemente no hoy, pero ya se está empezando a ver, en una reducción cada vez mayor de la población activa”, plantea. El problema no consiste únicamente en cuántas personas trabajarán. También estará en cuánto podrá producir cada trabajador y qué capacidades tendrá esa fuerza laboral.
Una economía con menos personas en edad de trabajar tendrá que depender en mayor medida de la productividad, la formación, la innovación y la incorporación de tecnología. Para la demógrafa, esto exige modificar también el sistema educacional y avanzar hacia una capacitación durante toda la vida.
La razón es que las personas vivirán más años y, eventualmente, algunas permanecerán durante más tiempo en el mercado laboral. Esto requerirá actualizar sus competencias y también adaptar los empleos a distintas etapas de la vida.
El costo no recaerá solamente en los trabajadores
Así, el envejecimiento también aumentará las necesidades de pensiones, atención sanitaria y cuidados. En 2025, Chile registró 126.428 defunciones, frente a los 146.446 nacimientos, una diferencia aún positiva, pero el crecimiento natural se ha reducido fuertemente: pasó de 15,3 personas por cada mil habitantes en 1993 a 0,9 por mil en 2025.
El escenario será diferente cuando las defunciones superen a los nacimientos. Mazzei Pimentel sostiene que el sistema de pensiones y el sanitario tendrán que prepararse para una población con mayores necesidades asociadas al envejecimiento, y lo mismo ocurrirá con los cuidados.
La diferencia es que estos últimos no pueden seguir dependiendo principalmente de las familias, que tendrán menos integrantes disponibles para distribuir las tareas de cuidado. Si una persona tiene uno o ningún hermano, también disminuye la cantidad de familiares que eventualmente podrían compartir la responsabilidad de cuidar a sus padres cuando estos envejezcan.
La demógrafa advierte que, si no se fortalecen los sistemas de protección social y cuidados, una parte importante de esas tareas continuará recayendo dentro de los hogares y de manera desproporcionada sobre las mujeres.
Por eso, el desafío consiste en preparar al país para una estructura familiar y demográfica diferente.
¿Por qué los jóvenes tienen menos hijos en Chile?
La razón por la que nacen menos niños tampoco puede explicarse únicamente por un supuesto rechazo a la familia. Un estudio chileno publicado en Journal of Family Issues analizó datos de la Encuesta Nacional Bicentenario UC 2024, con 1.638 personas mayores de 18 años residentes en zonas urbanas del país.
La investigación concluyó que las nuevas generaciones siguen asociando la parentalidad con felicidad, crecimiento personal y responsabilidad, pero son más conscientes de los costos económicos y de cuidado que implica criar.
De acuerdo al estudio, entre las personas de 18 a 35 años aparece una mayor preocupación por el costo financiero de los hijos, la dificultad de compatibilizar trabajo y crianza y la incertidumbre asociada a las relaciones de pareja.
También existe una mayor valoración de las familias pequeñas, pues tener menos hijos permite, desde esa perspectiva, disponer de más tiempo, atención y recursos para cada uno.
El estudio plantea así una diferencia relevante respecto de generaciones anteriores: la llegada de los hijos está menos vinculada a una obligación social y más integrada dentro de un proyecto personal.
La investigación también identifica una menor asociación entre matrimonio y parentalidad y una mayor aceptación de distintos tipos de familia. En el caso de las mujeres jóvenes, además, existe una distinción más clara entre formar una pareja y decidir tener hijos.
Por otro lado, las mujeres reportan mayores costos potenciales para sus trayectorias laborales, su autonomía económica y sus proyectos personales. Específicamente, la falta de redes de cuidado puede contribuir a postergar la maternidad, reducir el número de hijos o incluso descartarla.
Finalmente, el estudio sostiene que, si se busca que las personas puedan concretar sus proyectos familiares, las políticas públicas no deberían limitarse a incentivos puntuales. También tendrían que considerar salas cuna, servicios de cuidado, jornadas laborales compatibles con la vida familiar, distribución de las tareas domésticas y un sistema escolar integral.
Chile en comparación a Europa
La experiencia internacional muestra que Chile no es el único país enfrentado a este proceso. Alemania registró en 2025 una fecundidad de 1,32 hijos por mujer, con la cifra más baja de nacimientos registrada desde 1946, según la Oficina Federal de Estadística de Alemania.
Francia, por su lado, llegó a 1,56 hijos por mujer y tuvo por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial un saldo natural negativo, con más defunciones que nacimientos.
La diferencia está en que Chile enfrenta este proceso con una fecundidad todavía más baja y con una transformación que está ocurriendo rápidamente. Para Mazzei Pimentel, eso no significa que una población más pequeña necesariamente implique menor bienestar.
¿El desafío?
“El desafío no es alcanzar un número determinado de habitantes”, sostiene. El objetivo debe ser adaptar las instituciones a la nueva estructura demográfica, y eso supone revisar simultáneamente distintos ámbitos: formación laboral, productividad, sistema previsional, salud, cuidados, educación y migración.
Un punto relevante es que la migración puede contribuir a modificar la estructura de edades y el tamaño de la fuerza laboral, pero la especialista plantea que debe existir una política migratoria planificada y vinculada a las necesidades del país.
Por lo anterior, las decisiones que Chile tome durante los próximos años determinarán cómo funcionará un país en el que habrá proporcionalmente menos trabajadores y más personas mayores, y cómo la nación organizará su economía, sus servicios públicos, sus ciudades, sus sistemas de cuidados y su mercado laboral cuando la estructura de edades del país sea muy distinta a la actual.
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