Desde hace mucho tiempo vengo siguiendo los discursos de Chile ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y nunca había oído uno tan contundente y claro como el del presidente Kast en la reunión de este año. El discurso fue notable no solo por la claridad y la honestidad de sus planteamientos, sino que, además, incluyó un claro juicio sobre la actual inutilidad de las Naciones Unidas.
Las Naciones Unidas, cuya creación se produjo en 1945, se han desvirtuado con el tiempo, derivando en una institución muy costosa, burocrática y, en muchos aspectos, inútil. Las razones de esa evolución perversa son varias, pero la principal causa está en el freno que impone un Consejo de Seguridad muchas veces paralizado y al que le cuesta tomar resoluciones.
Naturalmente, en una institución en la que eso ocurre, el cargo de Secretario General, que está diseñado para ser el órgano ejecutor capaz de cumplir un rol de pacificador y árbitro entre los conflictos entre naciones, queda enormemente limitado.
Las Naciones Unidas se crearon para contribuir a poner fin a las guerras y, si analizamos lo ocurrido desde 1945 hasta ahora, bastaría con ello para comprender la magnitud de su fracaso.
Siendo severo en el juicio, me atrevería a decir que el único Secretario General que cumplió cabalmente ese rol fue Dag Hammarskjöld y que, tal vez por eso, murió cuando intentaba imponer la paz entre naciones africanas. De allí en adelante, las Naciones Unidas y sus cascos azules solo han aparecido en acciones casi de tipo policial, hasta que llegó el momento en que aun eso desapareció.
De esa manera, uno de los requisitos principales, entre otros muchos que habría que cumplir para devolver a las Naciones Unidas el rol para el que fueron creadas, sería modificar profundamente el funcionamiento del Consejo de Seguridad, eliminando los vetos que pueden paralizar su acción y que corresponden a los representantes de los vencedores de la guerra de 1939-1945.
La otra situación que habría que corregir es la enorme burocracia que hoy ahoga, incluso presupuestariamente, a la organización con sede en Nueva York. Esa burocracia y su costo son los que provocan la brutal dependencia de la ONU actual respecto de sus principales financistas, quienes pueden paralizarla simplemente negando su aporte.
Ese enorme déficit es fruto no solo de un aparato central enormemente hipertrofiado y cargado de cargos que ya no parecen tener utilidad, sino también de la enorme cantidad de organismos y filiales de la ONU que existen en muchas partes del mundo, siendo la mayoría de ellos tan burocráticos como su matriz. Cierto es que algunas de esas instituciones son queridas por la humanidad, como es el caso de la UNESCO y la OMS.
Tal vez una de las cargas más pesadas que agobian a las Naciones Unidas es el enorme peso de su personal jubilado o retirado, que goza de beneficios que se mantienen después de haber dejado sus funciones.
Si uno pudiera conocer en detalle el peso de ese pasado sobre las arcas de la organización actual, comprendería la enorme desproporción que existe entre los beneficios que efectivamente otorga la ONU y su carga financiera.
El presidente Kast no detalló todas esas falencias, pero las envolvió en frases que son suficientes para quien analiza su profundidad. En ellas parece anunciarse que Chile, como otros países del llamado tercer mundo, se acercan al día en que podrían cuestionar seriamente el pago de sus cuotas a una organización que, a su juicio, no les presta los servicios que debiera.
Nosotros, los chilenos, estamos en magnífica posición para aquilatar el costo que para la ONU significan las instituciones que creó y que pasaron de su tiempo de utilidad, pero cuyo tiempo de eliminación presupuestaria nunca llegó.
Nosotros hemos tenido por muchos, muchos años la sede de la CEPAL, la Comisión Económica para América Latina. Ese organismo fue muy útil en el tiempo en que se impulsó la industrialización de muchos países latinoamericanos mediante políticas de restricción de importaciones que tendían a producir autarquías locales para ahorrar divisas, es decir, monedas de curso internacional necesarias para realizar importaciones, esencialmente dólares estadounidenses.
En esos momentos, la CEPAL prestó un servicio real y diario a todos los países latinoamericanos. Pero hoy, cuando todos ellos han desarrollado sus propias instituciones de fomento, la CEPAL es, a mi juicio, un organismo cuyo ciclo de utilidad ha terminado y que, sin embargo, continúa financiándose como en sus mejores tiempos.
A todo eso apuntaron las observaciones del discurso del presidente Kast, que pasará a la historia como un discurso memorable en las brillantes páginas de la tradición política de Chile.
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