La ciudad llegó a un punto donde seguir haciendo lo mismo ya no es suficiente.

Santiago no es una ciudad que funcione evidentemente mal. Durante años ha sido vista como una capital ordenada dentro de América Latina: tiene una red de Metro con siete líneas y con pocas fallas, servicios básicos, inversión inmobiliaria y una economía relativamente estable. Pero esa imagen ya no alcanza para explicar lo que está pasando hoy. Tenemos una ciudad que funciona, hasta que deja de hacerlo.

El problema no es solo cuánto crece, sino cómo crece. Durante décadas, esta urbe se expandió bajo una lógica simple: donde había suelo disponible, se construía. Eso permitió aumentar la oferta de viviendas, pero también generó una ciudad extensa, desigual y dependiente del automóvil o de largos tiempos de traslado.

Hoy, vivir lejos del centro no es solo una decisión espacial, es una condición que afecta directamente la calidad de vida.

En el Smart City Index 2026 entregado a fijnes de marzo, Santiago aparece en posiciones muy bajas dentro del ranking global (en el lugar 120, de un total de 148 urbes), apenas sobre Medellín y México, en América Latina y lejos de referentes urbanos que lideran el índice como Zúrich, Oslo o Copenhague.

Esta posición no responde únicamente a una falta de tecnología o infraestructura —donde la urbe incluso presenta avances relevantes en el contexto latinoamericano—, sino principalmente a una brecha entre lo que la ciudad ofrece y cómo sus habitantes perciben su funcionamiento.

El índice mide, sobre todo, la experiencia urbana: acceso a vivienda, transporte, seguridad, confianza en las instituciones y calidad de los servicios. En ese sentido, Santiago queda rezagado porque combina altos niveles de desigualdad territorial, problemas de acceso a vivienda y una gobernanza fragmentada que dificulta responder de manera integrada a los desafíos metropolitanos.

A diferencia de las ciudades que lideran el ranking —donde existe alineación entre instituciones, infraestructura y expectativas ciudadanas—, Santiago muestra una desconexión entre inversión urbana y bienestar percibido, lo que termina empujándola hacia las posiciones bajas del índice.

Nuestra metropoli está fragmentada. Hay comunas con buena infraestructura, acceso a servicios y oportunidades laborales, y otras donde la vida cotidiana implica más tiempo, más costo y más incertidumbre. No es solo una diferencia de ingresos, es una diferencia en cómo se vive la ciudad.

Santiago no está en crisis por falta de capacidad, sino por un modelo que se quedó corto frente a la complejidad actual. La ciudad llegó a un punto donde seguir haciendo lo mismo ya no es suficiente.

El futuro de la capital chilena no depende solo de cuánto crezca, sino de si logra transformarse en una ciudad más integrada, más accesible y más justa. Esa es la discusión que viene.

Carlos Aguirre
Investigador principal Núcleo Milenio NUVIV
Consejero del Consejo de Políticas de Infraestructura (CPI).

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