¿Cómo reírnos si no escuchamos el chiste? ¿Cómo estallar en carcajadas si a la mitad del relato —de la anécdota, del remate—, perdemos el hilo conductor por una palabra mal pronunciada o algún desperfecto en el micrófono? La comedia es dicción, y la premisa se concreta en cada una de las risas de los shows de humor en Chile y el mundo.
Con el retorno de los espacios de comedia a la TV abierta, bien vale volver a recordar la interrogante, sobre todo cuando por estos inconvenientes (o errores) no logramos aproximarnos al remate de un cuento gracioso. O de un sketch escenificado.
“La risa surge de la dicción o expresión y de las cosas (o el contenido)”, afirma el manuscrito griego Tractatus Coislinianus, que data del siglo X, cuyo contenido se relaciona con los posibles libros perdidos de la Poética de Aristóteles.
La premisa es una de las tantas que compila el “Diccionario crítico de términos del humor y breve enciclopedia de la cultura humorística argentina”, obra académica de investigación interdisciplinaria coordinada por Ana Beatriz Flores. La publicación es fruto del Grupo de Investigadores del Humor (GIH), fundado en 1998 en la Universidad Nacional de Córdoba con el fin de responder a la necesidad de estudiantes e investigadores para esclarecer conceptos teóricos e históricos vinculados al estudio del humor.
“No hay duda sobre el origen de la palabra ‘comedia’. Deriva del griego komoidia que significa ‘canto de un grupo de juerguistas´ (Bowra, 1968). Este aspecto del drama estuvo siempre en relación con los grupos bulliciosos y en ocasiones conviviales y de alegría. Kóme es pueblo, aldea y kômos es festín, banquete, fiesta con canto y baile en honor a Dionisos”, se lee en el capítulo “El humor en el teatro. Apuntes sobre la Comedia”. “La palabra provendría, pues, del nombre de la fiesta dionisíaca, al mismo tiempo que del cortejo de fieles”, agrega.
En el artículo “El humor como hecho pragmático” de Leonor Ruiz Gurillo, catedrática de Lengua Española en la Universidad de Alicante y directora del grupo de investigación Griale, dedicado a la ironía y al humor en español, la académica establece que en la comedia verbal son la articulación de palabras (la dicción) y el manejo de silencios (las pausas) los indicadores que predisponen al público al “modo no-serio”, ejemplificándolo con un monólogo de la comediante española Eva Hache.
Por las características propias del habla local, la dicción, muchas veces, pasa a ser considerada un parámetro de tercer o cuarto orden. La velocidad con la que pronunciamos las palabras es un rasgo que pasamos por alto, y que es palpable hasta en las conversaciones más cotidianas del país.
En el humor, este principio a veces ineludible pasa la cuenta a los comediantes chilenos, y bien lo ha hecho notar el público extranjero que presencia, por ejemplo, los espectáculos cómicos del Festival de Viña del Mar.
En la Quinta Vergara, el contraste ha sido evidente: rutinas como las de la argentina Leila Roth o la colombiana Alejandra Azcárate, dos invitadas internacionales del humor en Viña en la última década, fueron calificadas de “lentas” por las redes sociales de la época. La pregunta, quizás, debió ser otra: ¿entendimos todo lo que nos quisieron decir durante su paso por el escenario? La respuesta, en ambos casos, es “sí”.
Con programas de humor copando la cartelera televisiva y del streaming (y con horas y horas de comediantes al micrófono en espacios de podcasts), el detalle ya deja de ser un instrumento decorativo y pasa a ser más bien una exigencia: necesitamos escucharlos bien para poder reírnos.