Los dirigentes políticos, los gobernantes, los analistas de la prensa, nunca lo vieron venir, porque vivían en un estado de inconsciencia política. Habitaban un mundo de ilusiones donde, en su cúpula, creían que todo estaba bien y que quienes se quejaban no eran más que inconformistas de esos que nunca faltan.
Frases recurrentes
“No lo vimos venir” fue una de las frases más recurrentes y menos afortunadas en torno a lo que se ha llamado “el estallido social” de octubre de 2019.
Otra fue la del presidente Piñera cuando dijo que estábamos en guerra, frase asumida por los carabineros para reprimir y desmentida por el general que estuvo al mando de las fuerzas al decretarse el estado de emergencia, en abierta descalificación de su jefe superior. Fue una voz de calma y prudencia en medio de una especie de destape de estupidez colectiva entre quienes tenían acceso fácil a los medios de comunicación, o un micrófono a mano que les desataba una incontinencia verbal digna de mejores causas.
Pero esto era una completa verdad: nunca lo vieron venir, porque vivían en un estado de inconsciencia política. Habitaban un mundo de ilusiones donde, en su cúpula, creían que todo estaba bien y que quienes se quejaban no eran más que inconformistas de esos que nunca faltan.
Lo que sucede
Se nos decía, a los que criticábamos los pocos avances de la Concertación en sus gobiernos -agudizados luego por la irrealidad de la mal llamada Nueva Mayoría-, que éramos “autoflagelantes”, que no había nada que nos contentara y que no valorábamos los avances.
Lo que sucede –ha sucedido y sigue sucediendo– es muy distinto.
La principal demanda de la mayoría de los chilenos no se limitaba a ciertos avances sociales y al fin de las violaciones de los derechos humanos. Era mucho más que eso.
La dictadura y su proyecto institucionalizador interrumpió el proceso democratizador de la sociedad chilena que avanzaba hacia la construcción de una democracia plena.
Con idas y venidas, altos y bajos, la sociedad chilena se iba moviendo de la época de las clases cerradas y excluyentes hacia la incorporación de nuevos sectores sociales a las esferas del poder. Con una tremenda lucidez y visión histórica, Eduardo Frei Montalva y la Democracia Cristiana ofrecieron a Chile un camino de grandes transformaciones políticas, sociales y económicas, que permitirían la construcción de una sociedad más justa, libre y democrática.
Reforma agraria, impuesto patrimonial, reforma educacional, democratización y organización popular, juntas de vecinos, fortalecimiento sindical, avances sociales en todas las líneas, nuevas políticas de salud, nacionalización de los servicios públicos y el inicio del proceso de nacionalización de las riquezas básicas (cobre y salitre), junto a una política internacional de integración de América con asertividad y presencia en el mundo.
El gobierno de Allende
Su gobierno, sin embargo, no pudo avanzar con la velocidad e intensidad que requería su complejo programa, pues tanto la izquierda como la derecha generaron frenos que lo impidieron. Esta polarización ya comenzaba a manifestarse desde antes de asumir. Una derecha desbocada en su lucha por el poder –con un diseño que no dejaba fuera el golpe de Estado– y una izquierda exacerbada en sus demandas, habían llevado a ese estrecho resultado electoral de 1970 que dio el triunfo a Salvador Allende.
El gobierno de Allende vivió profundas tensiones internas.
Estas se manifestaban entre la prudencia de sectores que buscaban llevar adelante reformas mediante acuerdos, como el Partido Comunista, y la presión de otros por acelerar e intensificar el proceso, aunque eso significara cometer errores y dar argumentos a una derecha radicalizada que no escatimó esfuerzos hasta conseguir, con el apoyo de Estados Unidos, el derrocamiento del gobierno.
Lo que perdimos los chilenos
Lo que se arriesgó fue la democracia y lo que se perdió con el golpe de Estado no sólo fue la democracia, sino mucho más: se truncó el desarrollo de un país que tenía cierta claridad de sus propias posibilidades de desarrollo y en su lugar se impuso una sociedad sometida, desculturizada, todo ello bajo una dictadura que reinstauró las injusticias más atroces y aseguró el poder para las minorías en un marco de apariencias democráticas.
Chile, bajo el imperio de la fuerza, fue cambiando y todo cuanto se había avanzado en los años precedentes quedó destruido, regresándose a formas de injusticia, limitaciones a la libertad, pérdida de identidad cultural (extranjerización del idioma, las costumbres, los estilos de vida, los sistemas educacionales y la actividad cultural), que la sociedad había dado por superadas.
El acomodo al plan de Pinochet
El proceso de lucha contra la dictadura vivió un importante quiebre cuando algunos dirigentes opositores creyeron que había que respetar el cronograma fijado en la Constitución que Pinochet impuso al pueblo en 1980.
El recién asumido gerente de la radio Cooperativa, Genaro Arriagada, me dijo con total claridad cuando me informó de que no podría seguir haciendo comentarios políticos allí: “Ahora ya tenemos un cronograma claro y hay que trabajar mirando 1989”. Esa tesis, entonces muy minoritaria, fue ganando adeptos; algunos, por conveniencia y otros, por miedo.
Los momentos difíciles fueron la muerte de Frei y el asesinato de Tucapel Jiménez, más el endurecimiento de la represión. El momento esperanzador fue el proceso de protestas iniciado en 1983, el cual fue ganando entusiasmo y eficacia hasta la creación de la Asamblea de la Civilidad, la que podría señalar caminos y formas de actuar a un régimen acorralado. Era la tesis de la “No violencia activa”, donde, mediante organización y trabajo consciente, se avanzaba hacia las conquistas democráticas.
Pero el atentado a Pinochet y la evidente opción por la vía armada reactivaron los miedos. Esto, sumado a la presión de Estados Unidos –nuevamente en intervención directa– condujo a los dirigentes de los partidos políticos de oposición a la dictadura a buscar un pacto para desactivar los movimientos sociales, a cambio de asegurar un plebiscito en 1988 con registros electorales y un tribunal calificador de elecciones.
Las consecuencias del plebiscito
En 1986 escribí un artículo en ANÁLISIS que titulé “Ochentaynuevismo”. Allí hablé del debilitamiento de la lucha que nos llevaba a aceptar los planes pinochetistas y los supuestos fácticos y teóricos que ello significaba, llamando a poner mayor empeño en el fin de la dictadura antes de 1989. Repetía, junto a otros de mi partido, que a las dictaduras no se las derrota, se las derroca; porque la derrota en sus propios términos afianza el proyecto global que se han propuesto sus gestores.
Recuerdo con claridad aquella conversación en 1988 con tres dirigentas demócrata cristianas que me fueron a pedir que me sumara a la campaña por el plebiscito. Como ellas, yo quería que Pinochet fuera derrotado, pero les dije que no sería más que un votante, puesto que me asistía la convicción de que ese camino conducía a aceptar un sistema político, social y económico que no iría en beneficio del pueblo y que mantendría en lo sustancial el estado de cosas construido en el modelo institucional.
Por este camino, les dije, al asumir el modelo establecido en la institucionalidad impuesta, estamos solo postergando la crisis. No sería sorprendente un levantamiento popular, el crecimiento de la agitación y de la delincuencia, la desesperación de los jóvenes y el surgimiento de la violencia en la generación siguiente. Dije 2010 o 2015. Me equivoqué, fue en 2019.
Se veía venir…, pero no lo vieron
Pero los dirigentes no lo vieron nunca. Ciegos desde su cúpula de cristal, gozando de espacios de poder, la mayoría de ellos no entendió qué podía ser aquello que el pueblo quería. Lo que fuera, por ese camino difícilmente se iba a obtener.
En 2017 escribí mi libro sobre Acuario. Cuando me refería a lo que estaba viviendo Chile en esos años, volví a decir que no sería de extrañar un estallido de violencia a corto plazo. Los pocos políticos que leyeron mi libro me dijeron que exageraba, que era un inconformista sin remedio, que el mundo había cambiado y que, si bien había problemas, nada de ello provocaría reacciones impensadas.
Era previsible, pero ellos no lo vieron.
Dormían en el sueño de la inconsciencia, sin observar lo que estaba pasando en su entorno. Y claro, ahora se culpa a que el estallido lo hicieron grupos organizados, a los comunistas o quizás a quienes. ¡No! Los que cometieron hechos de violencia se aprovecharon de la indignación popular y la activaron con consignas de furia. El estallido fue fruto del descontento. Y las causas de ese descontento no han desaparecido. Son económicas, sociales, culturales y políticas.
Democracia semi soberana o aparente
Un sistema político como el chileno es meramente una apariencia de democracia porque las autoridades son elegidas. Claro, es mejor que si fuesen designadas, pero falta lo importante: la participación de las personas. Alcaldes que son como reyecitos, diputados y senadores que actúan como reflejos de las encuestas o gestores de favores para sus agentes electorales, gobernantes que viven encerrados en su propia mirada. Ir a recorrer ciudades para actos organizados por el aparato de comunicaciones del gobierno no es generar participación.
Un sistema económico como el que tenemos, que concentra la riqueza en pocas manos, que no genera verdaderas oportunidades de desarrollo para las personas, que se sustenta en el endeudamiento generalizado de la población, no puede mantener satisfecho y tranquilo al pueblo por mucho tiempo.
Puedo seguir: educación, salud, previsión, pobreza cultural, deportes.
¡Es que la alegría que venía pasó de largo!
Han pasado siete años y, en lo fundamental, nada ha cambiado para bien. ¿Qué se está esperando? Si nunca lo vieron venir, ahora tampoco. Puede haber violencia nuevamente, algo que la mayoría no queremos. ¿Cómo evitarla? ¿Con represión? ¿Con amenazas? ¿Con leyes? ¿O haciendo los cambios necesarios?
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