Desde los escaños de la oposición en el Senado, llevamos meses advirtiendo lo evidente: un gobierno instalado en la trinchera del dogma económico, ciego ante el dolor social y sordo a las urgencias de las familias trabajadoras, iba a terminar colapsando bajo el peso de su propia soberbia. Lo que resulta revelador —y hasta sintomático de esta profunda crisis— es que hoy ni siquiera somos nosotros, desde la izquierda, quienes alzan la voz para exigir un giro, sino el corazón mismo de su propia coalición.
Cuando la senadora Paulina Núñez emplaza públicamente al Ejecutivo a hacer una “cirugía mayor”, a inyectar recursos y a “soltar la billetera” frente al drama del desempleo, no está haciendo oposición; está intentando salvar al gobierno de su propia autodestrucción.
Pero La Moneda prefiere el monólogo a la escucha. En el mundo de Kast, la ortodoxia fiscal y la rigidez ideológica se confunden con firmeza, mientras el país real se debate entre la precarización y la incertidumbre.
Para nosotros, las consecuencias de esta miopía gubernamental no son nuevas. Lo hemos visto en la destrucción de programas sociales esenciales y en la negativa sistemática a entender que el Estado no puede replegarse cuando las familias chilenas más lo necesitan.
La diferencia es que ahora la inercia del poder ha roto el dique interno. El oficialismo comienza a agrietarse porque el relato triunfalista de la seguridad y el ajuste ya no oculta la cruda realidad: un gobierno que es incapaz de escuchar las mínimas alertas de sus propios parlamentarios es un gobierno que ha perdido el pulso de la calle y el sentido de la República.
Las mayorías parlamentarias no se sostienen con disciplina de cuartel ni con biministros blindados en su propio búnker; se construyen con diálogo, sensibilidad social y capacidad de rectificación. Si el Presidente Kast insiste en gobernar de espaldas a su propia gente y despreciando el dato de una realidad que desborda su relato, el fracaso no será solo de su sector, sino un costo innecesario para todo el país.
Por eso, desde nuestra vereda progresista, valoramos y respaldamos con fuerza los dichos de la presidenta del Senado. Cuando la razón y la urgencia ciudadana logran abrirse paso —vengan de donde vengan—, el deber de la política democrática es respaldarlas sin cálculos mezquinos.
Si el oficialismo hoy se atreve a señalar la insensibilidad de su propio gobierno, nos encontrarán siempre disponibles para empujar los cambios que Chile exige, porque gobernar no es imponer un libreto a ciegas, sino tener la valentía de escuchar a su pueblo y rectificar a tiempo.
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