Crecí con una ausencia que no se borra. A los tres años perdí a mi padre en el 73, fusilado; y crecí junto a mis tres hermanos bajo la misma sombra alargada de esa tragedia. Llevo ese dolor como quien lleva una piedra en el bolsillo: no pesa igual todos los días, pero nunca se va. Lo que digo hoy no nace del olvido ni de la tibieza. Nace desde la herida misma.
Soy socialista por sangre, por cuna y por convicción popular. Vengo de una estirpe forjada en el barro, en la defensa de los postergados, en las calles y en las cocinas donde la gente humilde abre su corazón, no en los salones climatizados del poder. Pero ser socialista jamás significó ser esclavo del rencor.
Mi madre fue una mujer extraordinaria que, teniendo todas las razones del mundo para inculcarnos el odio, nos educó para amar, para trabajar con dignidad y para mirar de frente. No me criaron para la reyerta permanente ni para habitar trincheras estériles donde solo medra la amargura. En mi hogar aprendimos a exigir justicia, verdad, castigo, memoria viva, jamás venganza. La justicia repara; la revancha pudre el alma de un país.
Por eso hoy sostengo, sin titubeos ni pedirle permiso a nadie: Chile no puede fundar su futuro sobre el ensañamiento. Quien está postrado, en fase terminal o devastado por el Alzheimer al extremo de no reconocer su propio nombre, ya no está eludiendo a la justicia de los hombres: está rindiendo cuentas ante un tribunal que ninguno de nosotros preside.
¿Qué gana nuestra patria con retener el cadáver viviente de un anciano tras las rejas? La crueldad no revive a los nuestros, ni le devolverá el aire a mi padre. La compasión hacia quien agoniza no relativiza la atrocidad; engrandece a la sociedad que es capaz de ejercerla.
Y que nadie intente tergiversar esto: no hablo de impunidad. La condición es innegociable: informes médicos independientes, rigurosos, científicos y de solvencia indiscutible, a través de instituciones como el Servicio Médico Legal, para que nadie disfrace el privilegio de derecho humano. Humanidad con estricto rigor; piedad sin trampas.
A los guardianes de la pureza ideológica, a ese sector revanchista que pretende erigirse en tribunal moral y acusar traición, les hablo con la autoridad de quien puso los muertos, hay quienes heredamos el dolor en carne viva, en la orfandad, en el miedo y en la mesa sin pan; y hay otros que llegaron después a tomar prestado un luto ajeno para agitarlo como bandera de conveniencia. Descubrieron que mantener la herida abierta rinde: rinde en las tribunas, rinde en los cargos y rinde para blindar privilegios de casta. Yo no le regalo el sufrimiento de mi familia a quienes viven de que Chile no cicatrice.
Y conozco de sobra esa impostura, porque me tocó vivir otra herida, la de caminar décadas entregando la vida por una causa, forjando triunfos en el territorio con el sudor de la gente común, para luego descubrir que la cúpula de mi propio partido, la que decía ser mi casa, cerraba las puertas por dentro.
En la hora más difícil, cuando se requería lealtad y fraternidad, no encontré un abrazo: encontré la distancia fría y el abandono cobarde de quienes solo invocan la memoria histórica cuando les sirve para conservar el poder, pero te dejan caer sin escrúpulos si estorbas a sus intereses. Hablo libre, precisamente porque no le debo nada a una dirigencia que administra los dolores del pasado con calculadora electoral.
Los hijos y nietos de quienes cometieron crímenes de Estado no tienen por qué pagar las culpas de sus antepasados. Nadie hereda un delito. Desarmar ese ciclo de hostilidad y permitir el duelo en dignidad no es debilidad: es la mayor demostración de fortaleza republicana.
Chile no puede seguir atado a mochilas de plomo ni a cadenas con un ancla profunda que lo hunden en el resentimiento y le impiden zarpar hacia el porvenir. No podemos seguir hipotecando el bienestar social, la libertad, el progreso de las familias trabajadoras y los sueños de las nuevas generaciones por mantener encendido un fuego que solo abriga a los fanáticos de la reyerta.
No renuncio a mi historia, no claudico a mi padre ni a mi vocación de justicia. Es hora de romper esas cadenas, soltar el ancla y abrir la puerta para que Chile camine, de una vez por todas, en paz, libertad y dignidad.
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