La solicitud de indulto del terrorista Juan Aliste Vega parece una excelente oportunidad para reflexionar sobre cómo entendemos la cárcel: qué es y qué no es esta medida, que se ha vuelto cada vez más relevante en la política criminal.
Algunos parecen creer que la cárcel es un instrumento de venganza. Así, han justificado durante años que adultos mayores mueran engrillados, solos y lejos de sus familias. Como parlamentario, he sido durante años particularmente crítico de esta mirada, y por eso he defendido en múltiples casos que personas condenadas, en diversos contextos, puedan pasar los últimos días de sus vidas con sus familias.
La cárcel existe para proteger a los ciudadanos y cautelar el bien común, cosa que se logra apartando al delincuente de la sociedad, donde sabemos provoca un gran daño, y preocupándonos también de su adecuada rehabilitación cuando ello fuere posible. La cárcel no es una herramienta de tortura, ni tampoco un hoyo donde escondemos nuestros problemas.
Ya Juan Pablo II sostenía en la Encíclica Evangelium Vitae que “ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante”.
¿Cómo se entiende esto en el contexto de un diputado que ha sido particularmente partidario de la mano dura? Comprendemos que la inseguridad es un flagelo que aterroriza a la gente honesta y que es nuestro deber enfrentarla, y sabemos por lo mismo que la eficacia de esta guerra depende de que utilicemos bien las herramientas a nuestro alcance.
El objeto del indulto, en estos casos, no es justificar el delito ni tampoco pronunciarse sobre la decisión del juez. Es hacer prevalecer sobre toda otra consideración, que cualquier persona enferma -aún encarcelada-, tiene derecho a morir junto a su familia.
Convertir la cárcel en un lugar donde se aplasta lo último de la dignidad de una persona, que es el derecho a morir de la mano de quienes ama, no repara el daño a una víctima, no reinserta al criminal en la sociedad, ni tampoco restablece el bien sobre el mal. Sólo aplaca la sed de venganza de quienes aún añoran los antiguos circos romanos.
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