Si a cualquiera le preguntan quiénes son las personas más solas en Chile, probablemente piense en un adulto mayor que vive solo y recibe visitas cada vez más espaciadas. Los datos dicen otra cosa.

Según la duodécima ronda del Termómetro de la Salud Mental Achs-UC, publicada este 5 de octubre, la soledad golpea con más fuerza a los menores de 40: la reporta un 28,5% de quienes tienen menos de 29 años y un 27% de quienes tienen entre 30 y 39.

Gente que trabaja, sale, tiene amigos, pareja, hijos o compañeros de oficina, y que vista desde afuera difícilmente parecería estar sola.

En el total de la población adulta urbana, la proporción de personas con altos niveles de soledad llegó a un 21,9%, volviendo a los niveles de 2021, en plena pandemia. Es parte de un deterioro más amplio: la misma medición muestra alzas simultáneas en depresión, ansiedad, insomnio y problemas generales de salud mental. En apenas un año, la proporción pasó de 19% a 21,9%.

Visto así, casi tres puntos porcentuales pueden parecer poco. Llevados a la vida real, son otra cosa: representan a cientos de miles de personas adicionales que reportan altos niveles de soledad. Casi tres puntos caben fácilmente en una tabla; detrás de ellos hay vidas concretas.

Una posible explicación está en la etapa misma. En esos años, muchas de las redes que antes surgían casi solas empiezan a desarmarse. Terminan los estudios, se cambia de trabajo, llegan los hijos, las separaciones, las mudanzas, las cuentas y el cuidado de los padres. Los amigos del colegio o de la universidad quedan repartidos en otras ciudades o en otros horarios. Las amistades empiezan a necesitar agenda, los encuentros se postergan y los mensajes quedan pendientes. La vida puede seguir llena de gente mientras se van perdiendo los espacios de intimidad.

En las consultas de salud mental es frecuente escuchar, en personas de esta edad, una frase muy parecida: “todos están tan ocupados, no quiero molestar a nadie”. Así, el malestar se va guardando, y pedir un momento de atención empieza a sentirse como una carga más en la vida de otros.

Por eso la soledad de esta edad no se parece a alguien encerrado en su casa con la única compañía de su gato. Tiene la agenda llena, planes para el fin de semana, grupos de WhatsApp y cientos de contactos.

Sabemos bastante de la vida de los demás. En cuestión de minutos podemos enterarnos de quién cambió de trabajo, quién tuvo un hijo o quién se fue a Machu Picchu a reencontrarse consigo mismo. Otra cosa es sentir que formamos parte de esas vidas.

La cantidad de horas frente a una pantalla, por sí sola, parece decir poco sobre la calidad de nuestros vínculos. Más importante puede ser qué hacemos en ese tiempo: compararnos, mirar la vida de otros o buscar una sensación de pertenencia que no siempre encontramos. Se puede pasar el día reaccionando a historias y llegar a la noche sin haber tenido una sola conversación que importe. Estar conectados no garantiza tener vínculos, y tener vínculos tampoco garantiza intimidad.

La soledad persistente no es una incomodidad menor. Un metaanálisis publicado en 2018 en el International Journal of Social Psychiatry encontró una asociación moderada y significativa entre soledad y depresión. La OMS, en el informe de su Comisión de Conexión Social (2025), la asocia con mayor riesgo de depresión y ansiedad, además de problemas cardiovasculares, accidente cerebrovascular, diabetes, deterioro cognitivo y mortalidad prematura.

Y tiende a alimentarse a sí misma. Quien se siente solo puede empezar a retraerse, a pensar que molesta, a dejar de llamar o a rechazar invitaciones, convencido de que nadie lo va a entender. Mientras menos se acerca a los demás, menos oportunidades tiene de sentirse acompañado, y más difícil se vuelve pedir ayuda justo cuando más se necesita. Con el tiempo, puede cambiar la forma en que esa persona mira a los otros y también a sí misma.

Recuperarse rara vez es un proceso completamente solitario. Atravesar una pérdida, una crisis o un episodio depresivo no depende solo de la fuerza de voluntad o del tratamiento. También hace falta alguien que escuche y que se quede. Alguien que, frente a un “me siento mal”, no responda con el clásico “pero siéntete bien”, como si el sufrimiento fuera una instrucción mal ejecutada.

Estar solo y sentirse solo no son lo mismo. Una persona puede vivir sola y sentirse querida y sostenida; otra puede compartir casa, oficina, mesa familiar o incluso cama, y sentirse profundamente desconectada. Quizás esa sea la soledad más difícil de reconocer: la que se vive en compañía. Parejas que solo hablan de cuentas, horarios o hijos. Familias que comparten una casa, pero muy poco de lo que sienten. Relaciones donde hace tiempo nadie pregunta de verdad qué le pasa al otro.

Lo que protege frente a eso es sentirse vinculado. Poder decirle a alguien que no estamos bien sin sentir que molestamos. Mostrarnos vulnerables sin tener que corregir de inmediato lo que sentimos. Que cuando alguien pregunte cómo estamos, realmente quiera escuchar la respuesta. Y cuando esa desconexión se vuelve persistente y empieza a afectar el ánimo, el sueño o la vida cotidiana, buscar ayuda profesional también puede ser una forma de volver a construir vínculo.

Este sábado, Día Mundial de la Salud Mental, se hablará de ansiedad, depresión, listas de espera y acceso a tratamiento. Todo eso importa. Pero también vale la pena preguntarnos qué está pasando con nuestros vínculos. La soledad no siempre hace ruido. A veces tiene cientos de contactos en WhatsApp, una agenda llena, una familia, un trabajo y fotos donde aparece rodeada de gente. Y aun así, cuando todo se apaga, no sabe a quién llamar.

Tal vez este 10 de octubre baste con algo pequeño: escribirle a alguien que hace tiempo no vemos y preguntarle cómo está. Y quedarse a escuchar la respuesta.