Artes y Cultura
Viernes 17 agosto de 2018 | Publicado a las 14:23
El otro milagro de Botitas Negras en Calama: se salva una vez m√°s de uso y del abuso
Publicado por: Luis Gallardo
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Se lee. Con cierta espesura teórica, pero se lee. Mérito de la historia misma. Los testimonios, detalles y personajes de un crimen que resultó casi un favor concedido para la prensa roja del 69, allá en un Norte Grande prodigioso de minerales, pero también de machismo con el maso dando, cruces para el cielo y en la tierra una brutalidad de género no muy lejana al Far West.

Por Marcel Socías Montofré

Por eso se lee. ‚ÄúBotitas Negras‚ÄĚ, de Lilith Kraushaar, es ciertamente un despliegue narrativo para ajustar, enmarcar y hasta encorsetar un hecho, un proceso period√≠stico, en un marco te√≥rico que responde a la perspectiva de la autora en cuanto a su tesis acerca de ‚ÄúG√©nero, magia y violencia en una ciudad minera del norte de Chile‚ÄĚ.

Los hechos son m√°s simples y terrenales. Como siempre. En 1969 aparecen los restos de un cuerpo camino a Chuquicamata. Es mujer. Se sabe por su ‚Äúbotita negra‚ÄĚ. Est√° destrozado. No es la primera. Tampoco la √ļltima. Pero de alguna manera se convierte en √≠cono. Ese juego del azar donde un hecho recurrente se transforma en √ļnico y representativo. Y entonces es la hora de levantar banderas y marchar. Aunque sea por un mes. M√°ximo dos. Al menos el tiempo donde pueda ser sostenido por la prensa. Y luego el punto final… hasta nueva moda discursiva.

Pero Botitas Negras se salva de esa segunda muerte que es el olvido. Se salva por la esperanza del pobre, de las prostitutas como ella, de los cabrones, los cafiches, los meseros, los m√ļsicos, las mujeres golpeadas, mujeres sexualizadas, convertidas en objetos de compra y venta, en carne propia mujeres, descarnada y realmente mutiladas mujeres. Por eso se salva y se convierte en objeto de culto, ese templo menos romano en su arquitectura y m√°s precolombino en su concepci√≥n que es la animita.

Allí está ahora. En su altar floreado del Cementerio de Calama. Recibiendo peticiones que ella misma hizo, y que nadie escuchó. Divino silencio y olvido, pegajosos como la camanchaca. Sentencia eterna de la pampa.

Por eso el m√©rito de Lilith Kraushaar. Rescata la historia. Con sincero inter√©s. La plantea como objeto de estudio -aquello que es objeto de culto popular– y la reviste con academicismos propicios para demostrar que se trata de ‚Äúlas contradicciones y los conflictos de poder propios de una pol√≠tica econ√≥mica basada en el trabajo minero asalariado y la domesticaci√≥n de la familia minera‚ÄĚ.

Para el pampino es m√°s simple. Pero no lo dice. Calla. De esquina en esquina introspectivo. As√≠ aprendi√≥. As√≠ sobrevivi√≥ a tanta matanza. Mientras hablan expertos en sociolog√≠a, antropolog√≠a, psicolog√≠a social y muchos m√°s que siempre tienen una buena explicaci√≥n, aunque a menudo escasa de terreno, de insolaciones, de aquellos que ‚Äútienen calle‚ÄĚ y no la explican desde los doctos altares, sino desde ese lenguaje cercano y amable como es la fe en Botitas Negras.

Pero se lee. Entre tanta espesura teórica, Botitas Negras se salva una vez más del uso y abuso. Ese sí que es un buen milagro.

Botitas Negras, Ceibo Ediciones (c)
Botitas Negras, Ceibo Ediciones (c)

‚ÄúBotitas Negras en Calama. G√©nero, magia y violencia en una ciudad minera del norte de Chile‚ÄĚ.
Lilith Kraushaar
Ceibo Ediciones

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