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La directora y dramaturga Andrea Giadach conversa sobre su obra El espacio de acá, que se presentará en el Teatro Camilo Henríquez del 23 al 30 de octubre. La pieza combina ficción y realidad al tomar testimonios y ficcionarlos, explorando temas profundos como la creación de relatos válidos sobre acontecimientos históricos como la carrera espacial y la realidad en Gaza. El cruce entre lo micro y macro, la resiliencia palestina, y la disociación humana ante situaciones extremas son abordados en la obra. Giadach destaca la importancia de despojarse de prejuicios y rabias para construir puentes entre comunidades judías y palestinas.
En El espacio de acá, Lorena Ramírez Álamo, de origen palestino, y Deby Kaufmann Levy, de origen judío, ponen en escena una ficción basada historias reales de Gaza, de la carrera espacial y otras, para dar cuerpo y humanidad a un conflicto que desgarra.
Andrea Giadach, directora y dramaturga, conversa sobre El espacio de acá. La obra tendrá una breve temporada en el Teatro Camilo Henríquez, desde el 23 al 30 de octubre. Entradas disponibles en Ticketplus.
¿Cómo describirías El espacio de acá para que alguien la vaya a ver?
Esta es una obra que explora el cruce entre ficción y realidad de una manera inusual. Toma testimonios, los ficciona, y, al mismo tiempo, hace ficción de acontecimientos históricos. Por ejemplo, la carrera espacial o Palestina misma, que está puesta ahí en una ficción, pero es tomada desde el real.
Entonces, hay un traslado permanente entre lo real y la ficción que tiene que ver con instalar un relato válido, imaginar un relato por sobre los mitos que se cuentan.
¿Pero está referida a Gaza con un vínculo con Chile?
A Gaza específicamente, y tiene un vínculo con Chile. Sí, somos personas de Chile. Se llama El espacio de acá porque estamos en este espacio y observamos otro espacio. Tanto el de Gaza como el espacio sideral, pero también el de Chile. También hay un cruce entre Nakba (la “catástrofe palestina”) y el 73.
Ahí hay un cruce interesante, y es que Palestina va más allá del territorio palestino y de la identidad palestina en sí misma. Buscamos generar un acercamiento a partir de la microhistoria, en este caso de la historia de dos gazatíes reales (Omar e Ibrahim) que rescatan una biblioteca destruida, bombardeada, cruzándola con otro testimonio, el de Yaqoub Tabal, y la muerte de su mejor amigo. Es así como Omar, el personaje que instalamos en escena, al ser testigo de que su amigo muere en un bombardeo, se disocia y comienza un viaje muy particular.
Esa es la ficción: Omar en su disociación, se imagina que su amigo lo lleva a hacer un viaje espacial. Ahí nosotras cruzamos la historia de la carrera espacial con lo que le sucede y con lo que nosotras queremos instalar como ideas dentro de ese viaje. Ahí cruzamos con una loba en un momento, ponemos el lugar de la colonización absoluta y la pregunta ¿Quién está muerto realmente? ¿El colonizado o el colonizador?
¿Cuáles son para ustedes los temas profundos que abordan? ¿Qué hay detrás de lo formal?
Lo principal, que para mí es una línea transversal, tiene que ver hasta dónde generamos relatos, o hasta dónde creemos en los relatos basados en mitos. Y hasta qué punto el micro relato es válido y permite volver a observar lo que es sesgado, lo que es aniquilado.
Es el relato que nosotros podemos imaginar, que podemos tomar a partir de lo micro, del testimonio. De volver a mirar aquello que está, de alguna manera, acostumbrado al verse tanto horror. Creo que no es inocente que salga, en las redes sociales, tanto horror. De alguna manera, ahí se corrieron los límites de lo posible.
Otra pregunta profunda es decir ¿Cómo exponemos esto que es tan horroroso para que no se adormezca la gente?
En la obra hay dos escalas, la micro y la interestelar. ¿Cómo dialogan esas dos escalas? Porque está la espacial y la de estos gazatís, con historias mínimas, que ni siquiera se refieren mucho a sus entornos.
La posibilidad de viajar a lo estelar tiene más de una arista. Una, es instalar la distancia óptica que nos permite observar una realidad que es el planeta Tierra y hacernos las preguntas desde esa distancia. Luego está la posibilidad de instalar a este gazatí como un astronauta, imaginar a palestinos viajando al espacio, en naves que son multimillonarias. Es una paradoja, porque al mismo tiempo está el armamento multimillonario que los está destruyendo.
Y está la posibilidad de establecer preguntas muchos más profundas que tiene que ver con los miedos. Con el miedo de estar en una realidad. Hay una frase que va diciendo: “mi abuelo no quería que despegara porque tenía miedo de que explotara”, como pasó con algún viaje espacial. “Y él no sabía que yo tenía miedo de quedarme allá” (en Gaza), viviendo esta realidad humana.
Esta disociación tiene relación con cómo funcionamos, como seres humanos, en el peligro. Ahí está el viaje profundamente humano de Omar, donde se disocia porque no se puede defender. Lo único que le queda para soportar esa realidad es disociarse. Y en el encuentro con la loba, él dice “yo también quiero atacar. Yo también puedo tener el deseo de matar”. Es reconocer la necesidad de defensa, en el sentido más animal.

Entre esas dos escalas, desaparecen los poderes.
Sí, desaparecen los poderes. No lo había mirado así, desde los poderes humanos que ya no existen. Estaba pensado en cómo enfrentar esos poderes desde estas realidades, pero desaparecen porque no están en juego, no los ponemos como protagonistas.
Yo lo vi como que la solución está en obviar a los poderes.
Es que está ahí, desde nuestra observación. Porque justamente no están escenificados, porque no le estamos dando cabida en escena, sino a la microhistoria y a las historias que podemos contar a partir de usar la macro historia, como son estos viajes.
La humanidad se rescata de lo micro o en lo macro, pero en el medio está la inhumanidad. La obra es femenina pero las historias son masculinas. ¿Cómo mezclan eso?
Sin juicio, para empezar. Nosotras nos juntamos con Deby y Lore después de esta nueva Nakba, en este genocidio. La Deby me manda un mensaje impresionante, que nunca había recibido de una persona judía. Me conmovió tanto, que dijimos traduzcamos esto en escena.
Somos mujeres porque con Lore he trabajado mucho, ella es de madre palestina que se vino a Chile después de la Nakba. Somos mujeres, pero nos encontramos con esta hermosa historia de Omar e Ibrahim. Hermosa por su capacidad de resiliencia, de sobrevivencia. Además, Omar es impactante, si tú lo leyeras en su Instagram, es bien impresionante. De hecho, rescatamos unos pedacitos de lo que él escribe y lo pusimos en escena.
Qué importa que ellos sean hombres y nosotras mujeres, somos seres humanos. Así como Yaqoub Tabal en La música de Diana, su testimonio, su voz estaba. También es un hombre, pero nosotras decidimos poner su historia más allá del género, porque nos parecieron muy precisas para instalar nuestras preguntas. Y, también, relevar la capacidad de estas personas palestinas de sobrevivir y de querer estudiar. Una de las cosas que nos hemos dado cuenta en este proceso es que los palestinos estudian mucho.
¿Cuáles son las cosas que facilitan y que dificultan trabajar con personas de origen palestino y judío?
Lo que facilita es que no hay que explicar mucho, ya sabemos de qué queremos hablar. Traemos con nosotras esta historia. Es fácil en ese sentido, porque cuando invitamos o convocamos a personas que no tienen relación con esta historia desde la familia, hay que empezar de cero. Por ejemplo, explicar que, por ejemplo, ser sionista es distinto que ser judío. O que esto no es un conflicto, sino que es una ocupación.
He trabajado distintas obras con personas judías y palestinas, entonces no voy a hablar de esta obra en específico. La primera obra que hice mixta fue El círculo y fue súper difícil para todas las partes. No había ninguna persona ultra sionista, pero sí había tendencias distintas, diversas. Acá surgía una dificultad de parte de las personas palestinas, porque teníamos que tener esa capacidad de escuchar frente a lo que una encuentra obvio y doloroso. Daba una especie de impotencia. Pero había que callar y escuchar en ese momento, para poder hacer que te escucharan. Poco a poco fuimos estudiando y mostrando, con mucha paciencia.
Luego está la dificultad de la exposición, de que tanto personas palestinas como judías sionistas, sobre todo, lo vean como un acto de traición. Ahí hay que tener una postura muy clara. Las personas judías del grupo se expusieron también, porque El Círculo no era una obra autocomplaciente ni lo que se llama “pro paz”, que pretende hacer como que todo es fácil de resolver. Había mucha confrontación.
Al tener ancestros palestinos, ¿de qué has tenido que despojarte?
Del prejuicio. Comprender realmente que ser judío y sionista son cosas muy distintas.
Tenemos cosas culturales internalizadas, de las que no nos damos cuenta. O tenemos rabia…
Sí, todo lo que dices. Prejuicios de todas maneras, mucha rabia. Y la capacidad de callar y de escuchar, analizar, para luego decir. Porque el sionismo se ha encargado de instalar la idea de que los palestinos somos agresivos, terroristas, etcétera. Creo que ese prejuicio solo se rompe doblando la mano a lo que se espera. Desde este territorio podemos hacer muchas cosas, la creación es una de ellas. Eso lo podemos hacer desde Chile, porque acá no nos caen las bombas ni nos están matando de hambre, ni torturando, de tantas maneras horrorosas.
Dar cabida, arriesgarse a trabajar con personas judías, estoy hablando más de El círculo. La música de Diana, para mí, fue algo arriesgado de manera mutua, el poner solo personas judías en escena y no a palestinas. La protagonista ausente de esto era Diana Aron (Diana Frida Arón Svigilisky, Santiago 1950 – 1975), que era una persona muy especial, fue sionista y después vio la realidad… Esto lo digo con mucha convicción, porque entrevisté a muchas personas cercanas a ella en el último tiempo, que me aseguraron que ella se había decepcionado absolutamente del Estado de Israel. Hoy día ella tendría una postura muy clara frente a Israel y Palestina.
Pero para mí era un riesgo grande, porque efectivamente hubo personas palestinas que no quisieron ver la obra.
También tiene que haber sido difícil para un grupo de personas de origen judío ser dirigidas por una mujer de origen palestino. De haberla tenido de jefa…
Afortunadamente ya me habían tenido de “jefa” en El círculo. Había temores, pero ya había cariño, porque Shlomit (Baytelman) me tiene una fe incondicional, es una persona hermosa, muy clara.
No es fácil estar en una obra donde se cuestiona el lugar del ser judío. Ese construido y coaptado por el lobby sionista. La agrupación judía Diana Aron y muchos judíos ahora lo están diciendo, el sionismo se robó la identidad judía para hacer lo que quería. Si se robó el ser judío, imagínate a los palestinos, entre que la borra y que se la apropia, hace las dos cosas al mismo tiempo.

El espacio de Acá
Investigación creativa: Deby Kaufmann, Lorena Ramírez Álamo, Andrea Giadach Cristensen
Dirección y Dramaturgia: Andrea Giadach
Actrices: Deby Kaufmann Levy y Lorena Ramírez Alamo.
Diseñadora: Rayen Morales Cayupán y Alioshka Calderón
Creación Visuales / Registro: Riki Portugueis
Música: Marcello Martínez y Deby Kaufmann
Operador de sonido: Jorge Muñoz
Diseño gráfico: Javier Pavez
Productoras: Francesca Ceccotti y Catalina Rozas
Comunicaciones: Francisca Yévenes | @Loicacultura
Apoya – Colabora: CIP, Centro de Información Palestina
BAJ – Metropolitana, Palestinart @Palestinarte
Estreno: 23 de octubre en Teatro Camilo Henríquez (Amunátegui 31, Santiago)
Temporada: 23 de octubre hasta el 30 de octubre
Entradas a la venta: Ticketplus.cl
Más información: @natuf.cl @loicacultura @teatrocamilohenriquez
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