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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

La tatuadora chilena Camila Zurita, de 38 años, encontró en Barcelona su inspiración para tatuar, viviendo del arte que fusiona con la arquitectura y la pintura de la ciudad. Su estilo se destaca por líneas gráficas y temáticas de mujeres, tigres, pájaros y flores. Con formación en Artes Visuales y experiencia en dirección de arte, ha forjado un camino como tatuadora invitada en ciudades de España y Europa, combinando su pasión por el arte con la libertad creativa que le brinda el tatuaje.

Camila Zurita vive en Barcelona y trabaja como artista invitada en estudios de Madrid, Sevilla, Bilbao, Bruselas, Ámsterdam, Londres y Berlín.

Camila Zurita, de 38 años, levanta la vista hacia las paredes del Hivernacle de la Ciutadella. Entre los grandes ventanales aparecen franjas rojizas cubiertas de hojas y flores. A su alrededor, las plantas casi alcanzan el techo de vidrio. Ella viste una camiseta negra sin mangas y deja al descubierto los tatuajes de ambos brazos.

“Cuando llegué, Barcelona me inspiró mucho por su arquitectura, por todo el ornamento y la pintura”, recuerda Camila. “Hay edificios con partes raspadas que dejan entrever dibujos. Durante un tiempo les sacaba fotos y los transformaba en tatuajes”.

Camila llegó a vivir a Barcelona en julio de 2023. No tenía clientes ni contactos locales. Tres años después, vive del tatuaje.

Una línea propia

En el Hivernacle, Camila señala una rosa que lleva tatuada. Se la hizo ella misma durante la pandemia, encerrada y aburrida. Cerca del tobillo conserva algunos de sus primeros ensayos. El resto de su cuerpo reúne tatuajes de otros artistas. Lleva, por ejemplo, un trabajo de Crimen, tatuador chileno radicado en Berlín, y otro de Piraña, tatuador argentino.

“Los tatuajes son un poco como un coleccionismo. La gente a la que le gusta el tatuaje colecciona artistas”, dice.

—¿Qué permite reconocer un tatuaje tuyo sin ver tu firma?

“Me cuesta identificarlo. En el tatuaje existen estilos muy definidos y clásicos, como el tradicional americano, el japonés o el realismo. Yo no estoy dentro de ninguna técnica tan clásica. Pero me inspiré mucho en el tatuaje tradicional americano y en el imaginario de la pintura japonesa antigua. Creo que mi trabajo se reconoce porque insistí en una línea gráfica, que también es la forma en que me sale dibujar, y por las temáticas. Hago muchas mujeres, tigres, pájaros y flores”.

Camila tiene 38 años y vive en Sants, el mismo barrio donde trabaja como tatuadora (foto por Ignacio Molina)
Camila tiene 38 años y vive en Sants, el mismo barrio donde trabaja como tatuadora (foto por Ignacio Molina)

—¿De dónde nace ese imaginario?

“Durante un tiempo fui muy fan de la pintura japonesa tradicional y de los grabados japoneses antiguos. También tuve una época muy marcada por Matisse. Empecé a reinterpretar a sus mujeres y a llevarlas a mi campo (…) Matisse es puro color y yo trabajo con línea negra, pero tomé las odaliscas, los patrones, las mujeres desnudas, relajadas o en distintas poses”.

Camila estudió Artes Visuales en la Universidad Católica y después cursó un magíster en Artes en Buenos Aires. En Chile también trabajó como directora de arte.

—¿Qué aportan esos oficios a tu forma de tatuar?

“Me dieron un punto de vista, una visualidad concreta y una identidad que pude desarrollar como tatuadora. Creo que me ayudaron a tener una línea editorial. Son oficios en los que tienes que insistir en una estética, desarrollarla y trabajar en ella. Insistir”.

—¿Qué parte de tu vida aparece en tus tatuajes?

“Sobre todo en el imaginario femenino. Es algo entre consciente e inconsciente, porque a veces ya no me doy cuenta, pero otras personas me lo hacen notar. Intento que los cuerpos de las mujeres que dibujo no sean tan delgados. En el tatuaje tradicional americano, que viene del mundo de los marineros, las mujeres aparecen súper sexys, con así unas pechugas… Yo trato de hacer figuras un poco más naturales. De pronto son más gorditas o tienen las pechugas más pequeñas”.

—¿Es una postura política o estética?

“Ambas. Es una forma de resignificar el cuerpo y el imaginario de lo sexy. El tatuaje es un espacio muy masculino, o lo era, ya no tanto. La imagen de la mujer siempre aparecía como algo muy sexual y provocativo”.

Desde Barcelona viaja como artista invitada a estudios de distintas ciudades de España y Europa (foto por Ignacio Molina)
Desde Barcelona viaja como artista invitada a estudios de distintas ciudades de España y Europa (foto por Ignacio Molina)

Un oficio que cabía en la maleta

En 2013, Camila vivía en Buenos Aires. Un día entró a la Galería Bond Street y se hizo su primer tatuaje.

“Nunca pensé en tatuar hasta que fui a Buenos Aires y conocí ese mundo”, dice.

—¿Cómo empezaste?

“Me compré una máquina en un estudio cerca del barrio donde vivía. También ofrecían talleres cortos por la noche y te enseñaban a usarla. Eran máquinas de bobinas que fabricaban ellos mismos. Comencé a practicar con amigos en el living de mi casa”.

—¿Cuándo se convirtió en un oficio?

“Nunca dejé de tatuar en las ciudades donde viví, pero durante los primeros años lo hice de una manera muy amateur. Entre 2016 y 2017 me lo tomé más en serio. El oficio del tatuaje lo aprendí por mi cuenta”.

Más tarde vivió en Wellington, Nueva Zelanda. Trabajó como camarera y tatuó desde su casa.

—¿Has vivido en alguna de las ciudades donde trabajas como tatuadora invitada?

“No, solo en Barcelona desde que llegué. Era mi plan instalarme aquí y hacer mi vida aquí. Desde acá he viajado a tatuar a varias ciudades de España, como Madrid, Sevilla y Bilbao, y a otras ciudades de Europa, como Bruselas, Ámsterdam, Londres y Berlín. Todo lo demás, guest spots”.

—¿Qué te permite ese movimiento?

“El tatuaje me permite vivir, trabajar, ganar plata y viajar. Hay meses pésimos y otros mejores. Pero desde acá puedo ir como invitada a Berlín o a otra ciudad. Te tomas un vuelo de dos horas que de repente cuesta cien euros, trabajas tres días y vuelves. Ese movimiento del tatuador acá me sirve”.

La arquitectura de Barcelona entró en su obra fotografió ornamentos de edificios y los transformó en tatuajes (foto por Ignacio Molina)
La arquitectura de Barcelona entró en su obra fotografió ornamentos de edificios y los transformó en tatuajes (foto por Ignacio Molina)

El viaje que cambió de dirección

Camila llegó por primera vez a Barcelona en 2022 para tatuar y visitar a un amigo. No venía con un plan de mudanza. Al regresar a Santiago comenzó a vender sus cosas y a juntar plata.

“Tuve un crush muy fuerte con Barcelona”, confiesa.

—¿Qué convirtió ese viaje en un proyecto de vida?

“Fue toda la estadía. Entender que es una ciudad abarcable, con mucha cultura, cerca del mar y la montaña; que puedes ir en bicicleta a todos lados y que, dentro de todo, me siento más segura que en Santiago. También me marcó la vida de la gente mayor. Las mujeres más viejas me inspiran mucho. Aquí las vi más libres, con amigos, juntas en el bar por las mañanas y con actividades en los centros cívicos. No son invisibles. Eso me pareció inspirador a la hora de elegir un lugar donde crecer”.

—¿Dudaste antes de partir?

“Siempre es difícil dejar tu país, tu ciudad y el lugar donde está la gente que más quieres. Sobre todo porque migré a los 34. Ya tenía una rutina y una vida adulta más o menos estable. Pero siempre he pensado que el hogar lo llevas tú y lo haces donde quieres. Lo más difícil fue quedar lejos de mi familia y de mis amigos de toda la vida. Ese es el precio que uno paga. Nunca pensé que no debía hacerlo: se me cruzó la idea por la cabeza y fui adelante”.

Para ella, llevar piezas de distintos artistas es una forma de coleccionismo (foto por Ignacio Molina)
Para ella, llevar piezas de distintos artistas es una forma de coleccionismo (foto por Ignacio Molina)

Hacerse un lugar

Poco después de su llegada, Claudia, dueña del estudio Bonito Lo Justo, encontró el trabajo de Camila en Instagram y le propuso una reunión.
“El estudio fue mi primera gran estrellita recién llegada”, recuerda Camila.

—¿Qué te atrajo de la propuesta?

“Ella buscaba nuevas artistas para su estudio y, al parecer, yo coincidía con el perfil. Para mí fue inesperado. Claudia quería darle un giro al estudio, reclutar artistas con identidad y formar, ojalá, un equipo de mujeres. Me pareció muy inspirador porque el tatuaje es un mundo que originalmente no les correspondía a las chicas. Siempre me gusta juntar fuerzas entre colegas del oficio”.

—¿Cuándo ese espacio comenzó a sentirse como una casa?

“De a poco tomé confianza. Podemos proponer cosas, armamos proyectos juntas y remamos todas en la misma dirección. Eso te hace sentir que estás en el lugar correcto. Por cosas del destino, seis meses después me mudé a Sants, donde también viven varios amigos. Así apareció muy rápido esa sensación de fem barri. La vida de barrio es una de las cosas que más me gustan de esta cultura”.

La agenda propia

En Santiago, una llamada de una productora podía modificar la semana de Camila. Alternaba los tatuajes con la dirección de arte para publicidad y otros proyectos audiovisuales. Entre sus trabajos dirigió “Dámelo”, de Ceaese y DrefQuila, y llegó a integrar el jurado de Mejor Videoclip en los Premios Pulsar.

—¿Qué costo tuvo dedicarte solo al tatuaje?

“Cuando hacía las dos cosas en Chile tenía mucha más tranquilidad económica, pero debía trabajar mucho en publicidad, que te come la vida. Acá gano menos, pero con lo que gano vivo bien. El tiempo es mío y yo decido qué hacer con él. Puedo dedicarlo a mis proyectos creativos y no a comerciales que no me gustan”.

—¿Qué perderías si volvieras a los sets?

“Extraño estar en un set y crear esos mundos ficticios. Me apasiona ese oficio, sobre todo el cine y los videoclips. A veces pienso en intentarlo acá. Pero también me gusta esta vida más tranquila. El tiempo es lo más valioso y se nos olvida. Ahora lo tengo y lo disfruto mucho”.