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André Dourado, enfermero y dueño de un salón de belleza en Brasilia, relata en la revista Psyche por qué revirtió su transición como mujer trans tras dos años. Habla del miedo a la violencia, del costo económico y del sentido de pertenencia que encontró.
«La verdad es que no hubo un solo día en que no tuviera miedo por mi vida». La frase es de André Dourado, y la dice después de haber sido, durante dos años, una mujer trans feliz con su cuerpo.
Dourado es enfermero de formación y dueño de un salón de belleza en Brasilia. Su testimonio, recogido en portugués por el periodista André Aram, lo publica Psyche, una revista digital sobre psicología y bienestar. Cuenta por qué decidió revertir su transición y qué le costó, en todos los sentidos, vivirla.
«No sabía por qué era malo»
Todo empieza en una casa de mujeres. Sus padres se separaron cuando tenía cuatro años y creció con su madre y cuatro hermanas. Desde muy pequeño supo que era gay. «Hubo un niño con el que me tomaba de la mano en secreto. Un día nos besamos y una profesora nos vio y nos retó. Ahí empecé a entender que eso estaba mal, aunque no sabía por qué», recuerda.
En casa tampoco encontró refugio. Sus tíos le exigían engrosar la voz. "¡Eres muy delicado! ¡No camines como niña!". Su madre, que sufría una enfermedad mental y casi no salía por su trastorno de dismorfia corporal, le repetía que no aceptaría a un hijo homosexual. "No voy a tener un pequeño marica como hijo", le decía con frecuencia.
Se acostumbró a ser independiente. A los ocho años, relata, ya hacía solo las compras, los trámites en el banco y los viajes en bus. “Durante estas tareas me quedaba viendo los cuerpos masculinos en las portadas de revistas, o soñaba con los príncipes de las caricaturas”.
A los 13 empezó a ir a una iglesia evangélica, donde tampoco sintió pertenencia. El pastor le preguntaba si era homosexual y le decía que debía orar y ayunar. Una noche, en casa de otro pastor, este volvió del baño en ropa interior. Dourado entendió sus intenciones y huyó sin decir palabra. Dejó la iglesia.
Entonces se acercó a las mujeres trans de Brasilia. Las conoció en una zona industrial de Taguatinga y en los barrios de prostitución del centro. Su mundo, dice, estaba lleno de contradicciones, con casas de proxenetas a quienes pagaban una cuota diaria, risas fuertes y maquillaje intenso, pero también solidaridad. Cuando una volvió golpeada por un cliente, las demás juntaron dinero para su comida, sus remedios y su parte de la cuota.

A los 16 se fue a vivir con un novio de su edad, y recuerda que nadie se metía con él «porque sabían que las mujeres trans me defenderían». Cuando eres joven, añade, buscas un sentido de pertenencia que no encontraste en tu familia, y él lo halló en ellas.
Una elección, no una urgencia
Su primer intento de transición duró tres meses de hormonas. Lo abandonó, explica, menos por su identidad de género que por lo que sentía que cerraría para él. «Dicho simple, no quería convertirme en trabajador sexual», la única fuente de ingresos de muchas de las mujeres trans que conocía. Sabía que esa vida venía con violencia y trauma psicológico, y que la mayoría recurría a las drogas para sobrellevarla.
Diez años después, tras mucha reflexión, volvió a intentarlo, esta vez siguiendo todos los pasos. Partió con terapia psicológica y siguió con hormonas bajo supervisión médica. Ya tenía el dinero ahorrado tras años en un salón de extensiones de cabello en un barrio acomodado, donde sus clientas lo apoyaron aunque algunas lo encontraran extraño. Otras le preguntaban si ahora se dedicaría a la prostitución.
El cuerpo cambió en pocos meses. Cuando volvió a la universidad para el segundo semestre de enfermería, parecía otra persona. Con los implantes mamarios sintió euforia, porque creía que sólo sería mujer después de tenerlos y de usar vestido. Sus compañeros lo elogiaron; una profesora lo siguió llamando por su nombre anterior.
«Mi madre lloró cuando vio mis pechos. Creo que eran lágrimas de frustración, pero eso no me molestó. No creo que mi madre haya dejado de quererme nunca, sólo le preocupaba el prejuicio que yo iba a enfrentar», cuenta. Sus hermanas se alegraron de verlo feliz. Y lo estaba, asegura: «estaba construyendo un yo completamente nuevo».
Mantener una apariencia femenina, advierte, es caro. El cabello sedoso y largo, las uñas, el maquillaje, la depilación láser, las hormonas y las cirugías. Para «pasar», es decir, verse lo bastante femenina como para que la sociedad la acepte con más facilidad, calcula haber gastado más de 25.000 dólares (unos 24,6 millones de pesos chilenos). A eso se suman gastos en los que uno no pensaría, como tomar taxi en vez de bus para evitar el acoso o elegir con cuidado dónde vivir.
«Todos los días nos levantamos preparadas para la guerra»
La vida social, relata, cambió de golpe. «La gente deja de invitarte a cumpleaños y asados». Una amiga le explicó que no lo invitaba porque sus familiares eran evangélicos y quería protegerlo de una ofensa. Otros lo vigilaban, sospechando que coquetearía con sus novios. «Es como si ya no fueras digna de confianza. Todo gira de pronto en torno a la sexualidad».
Una vez, él y una amiga fueron atacados con huevos en la calle. En otra ocasión, besó a un hombre en una discoteca, una chica le contó a este que era trans y el joven dijo que iba al baño y volvía. «Nunca más lo vi».
Aun así, el miedo pesaba más. Dourado sostiene que, para muchas personas, la transición de género es una necesidad vital, pero para él no lo fue. «Fue una elección que hice, y la hice feliz, pero tenía costos: la sombra constante de la violencia, amigas distanciadas y asesinadas, el alto precio de la mantención».
Según su relato, Brasil encabeza por 18 años consecutivos la lista mundial de países con más asesinatos de personas trans, con 80 homicidios documentados el año pasado. «Despertamos preparadas para la guerra cada día», dice.
Enumera a algunas de las víctimas que conoció. Una amiga de 22 años, a quien llamaban con cariño «putita» por su baja estatura y su dulzura, subió al auto de un cliente y nunca volvió. «Sabemos que la mataron, pero no sabemos cómo ni por qué».
Paula Maia quedó tetrapléjica tras un ataque, pero lo que terminó matándola fue la silicona industrial que se había inyectado, «un procedimiento primitivo, doloroso e irreversible». A Julia la apuñaló un hombre mayor que humillaba a las mujeres trans. «A él no le pasó nada», afirma. «A veces lo veo pasar en la calle porque vive cerca de mi salón».
«Cuesta caro dejar de serlo»
Tras buscar terapia un tiempo, empezó a contarle a la gente su decisión de revertir el proceso de transición. Algunos intentaron disuadirlo y otros lo acusaron de indeciso. Su familia evangélica lo apoyó de inmediato, y para ella era una señal de «liberación». «Casi todos entendieron que la vida como mujer trans es mucho más riesgosa que como hombre gay».

Le preguntaron si se había hecho evangélico. Es frecuente en Brasil, donde la población evangélica crece, que personas destransicionen tras convertirse, a quienes se les prometió que todo cambiaría, o que, tras caer en las drogas o quedar en la calle, reciban ayuda sólo si dejan de ser trans. «Para muchos la religión es un pretexto para ganar aceptación social», opina, porque es muy difícil deshacer lo que uno construyó y declarar «ya no quiero esto». «No todos tienen ese valor».
Volvió a ahorrar, esta vez para retirarse los implantes. «Si es caro convertirse en mujer trans, tampoco es barato dejar de serlo». Ha sabido de otras personas que quisieran hacerlo y no tienen el dinero ni las perspectivas laborales. Una mujer llamada Aline, del sur de Brasil, le escribió con el mismo deseo, pero ya se había modificado la mandíbula, la nariz y la frente, y lo tenía más difícil.
Han pasado diez años desde que dejó de identificarse como mujer trans. Dourado no habla de arrepentimiento y cierra su relato con esta reflexión.
«Estaba feliz con mi cuerpo trans, y ahora también estoy feliz. Fue una experiencia que quise vivir y cambió mi manera de ver la vida. La vida trans en Brasil puede ser muy cruel, pero también ofrece un sentido de pertenencia. Fue importante para mí haberlo tenido. Cuando de verdad lo vives, te das cuenta de que el precio es alto; algunos están dispuestos a pagarlo y otros no. Quienes me critican no entienden que esta es mi existencia, mi decisión, y que cada ser humano es único», concluye.

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