Fue de jueves a sábado. Tres noches (con sus mañanas y tardes) en que los chilenos tuvimos que mirar una cobertura de las más amplias que ha hecho la televisión de un desastre natural. Un aluvión de barro y rocas afectó a cerca de dos mil viviendas de la comuna de Las Condes (muy pocas con daño total), el sector más acomodado del país (donde vive la élite) y donde no hubo víctimas fatales que lamentar.

Uno solo puede preguntarse si tal despliegue informativo se explica por el hecho de que los dueños del país, y de los medios de comunicación, viven en esa comuna y utilizaron esta catástrofe natural para desplegar todo su capital social y cultural en una cobertura mediática que nunca se salió de un diseño común a todos los medios de comunicación, en especial la televisión.

Imágenes de señoras dirigiéndose al Presidente de la República como si fuera su vecino (de hecho quizás lo sea), jóvenes voluntarios tomando herramientas, empresas dispuestas a ofrecer su ayuda, y todo un ramillete de puestas de escena, dando cuenta de un tratamiento coordinado de los medios de comunicación.

Las víctimas y la tragedia

De manera rápida se instaló la idea de la falta de medidas de prevención y de alerta temprana a la población; la poca preocupación de las autoridades por la situación de las quebradas precordilleranas; el sentido de solidaridad y pertenencia comunitaria que movilizó el desastre; la sensación de que los desastres naturales colocan a las distintas clases sociales en un mismo infortunio, compartiendo el territorio de un país resiliente a las tragedias. Extraña construcción de imagen de una élite que ha hecho de la distinción y autoexclusión una marca propia.

Acá no hubo tragedia en el sentido estricto del término: no quedó la sensación de un infortunio que (como siempre) afecta a los más pobres, la impresión de que los medios llegan, que informan algo y se van, ni tampoco quedó la sensación de la desidia del Estado, acostumbrado a ser reactivo. Al contrario, los militares en menos de cinco horas patrullaban el sector, la Fiscalía en pocas horas informó que iba a iniciar una investigación de oficio para perseguir responsabilidades y las autoridades del nivel central estaban esa misma noche con sus cascos para llevar tranquilidad a los vecinos.

Muy pocos se preguntaron si este desastre muestra algo de cómo se sigue construyendo habitabilidad, cómo se organizan las ciudades, cómo se despliegan las solidaridades y políticas públicas. Tampoco si esta tragedia refleja ciertas conductas propias de una élite que se sabe dueña del país y que se instaló en un refugio propio y excluyente para mirar desde la cota mil al resto de la población.

Fue ese refugio el que se inundó con el aluvión. Debiéramos ser capaces de ver lo que nos muestra una élite embarrada hasta el cuello.

La hora de los expertos

En cada una de las tragedias aparecen los expertos en los platós de televisión. Geógrafos, arquitectos, prevencionistas de riesgo, urbanistas, ingenieros, quienes explican los problemas de planificación urbana, las causas de las inundaciones en cada invierno, denunciando las tomas y campamentos ubicados en lugares peligrosos y todo lo que ayude a explicar los riesgos de enfrentarnos a una naturaleza cambiante por efectos del cambio climático. Todo acompañado con una musiquita que pone aún más alerta al televidente.

Ningún periodista les pregunta a estos expertos dónde han estado cuando la ciudad se ha venido planificando y organizando mal hace al menos treinta años. Menos explicar las causas de fondo de cómo la población, con mayor cultura y riqueza, se expone de manera temeraria a los efectos de la naturaleza.

Muy pocos se interesaron en preguntarse el por qué esa élite se instaló en la precordillera de Santiago, por qué ha hecho de la distinción una conducta de vida, de cómo se saltan las normas de construcción a su antojo. ¿Qué diferencia presentan estas conductas con los grupos tratados como delincuentes que se toman un terreno para construir su vivienda o hacer un negocio inmobiliario?

La cultura de los vivos

En el país se instaló, de manera transversal, en todas las clases sociales la cultura de los vivos, una cultura donde todos quieren llegar primero, donde no hay aplazados, ganarle al sistema saltándose la fila, tener éxito con el menor esfuerzo, poner el pie encima con el apellido o la gerencia de una empresa.

Ahora resulta que con los recursos de todos los chilenos se debiera subsidiar las medidas de seguridad y mitigación para evitar futuros aluviones en un sector donde vive el 0.1% más rico del país. El mismo sector que se colude, que participa de nombramientos espurios de jueces, que no paga contribuciones y que hace los mayores esfuerzos para pagar menos impuestos. A no engañarse. Acá funcionarán los seguros y el sistema sanitario; la comuna de Las Condes en pocas semanas lucirá de nuevo reluciente.

Lo positivo de este desastre es que obligará a todas las autoridades a actuar con el mismo celo y prontitud que lo hicieron en Las Condes. Solo así esta experiencia habrá servido de algo. Si nada cambia, habremos confirmado que este despliegue informativo fue solo un lavado de imagen a nuestra élite chilena, haciéndonos creer que ricos y pobres comparten un mismo territorio e infortunio.