Piensa en la última serie o película que lo atrapó de verdad. ¿Su protagonista era una persona buena, que hacía cosas corrientes todo el día? Lo más probable es que no. Según plantean los psicólogos Ana Gantman y Jordan Wylie, las historias que elegimos ver son cada vez con más frecuencia las de alguien moralmente ambiguo o derechamente malo.
Lo explican en un artículo publicado en la revista Psyche, donde sostienen que detrás de esa atracción hay una razón psicológica más profunda que el simple entretenimiento.
Entre sus personajes favoritos mencionan a Don Draper de Mad Men, a Loki de Marvel, a Walter White de Breaking Bad o a Arya Stark de Game of Thrones, todos con fallos emocionales profundos.
Más inmoral, más horas de pantalla
Los autores relatan que, en una investigación reciente, preguntaron a un grupo de personas por los protagonistas de sus series más vistas en Netflix durante los últimos cinco meses. Les pidieron calificar cuán buenos o malos eran moralmente, y luego cruzaron esos juicios con las horas totales que los espectadores dedicaron a cada título.
El resultado: en promedio, la gente pasó más tiempo viendo series con protagonistas inmorales. Entre las más populares del período figuraban You, con un asesino acosador encantador, e Inventing Anna, sobre la estafadora Anna Sorokin, conocida como Anna Delvey.
La relación se mantuvo incluso al considerar la duración de las series y su género, y ocurrió pese a que los participantes decían que ver esas historias les costaba más esfuerzo.
Gantman y Wylie se plantearon que la popularidad de estos relatos sugiere que los personajes malos satisfacen alguna necesidad psicológica para millones de personas.
Dos maneras de mirar a un asesino
Para explorarlo, los investigadores comparan dos formas de ver una historia sobre un asesino. En la primera, uno apoya al detective que quiere atraparlo, como en Se7en, de David Fincher. Allí el espectador es un observador externo que juzga y practica su juicio moral, afina su idea de lo bueno y lo malo, se identifica con el justo y condena al culpable.
La segunda es la de Dexter, donde se invita a identificarse con el propio asesino. Dexter mata, pero también es un hombre de familia y tiene un pasado que lleva al público a desear que siga con éxito en sus crímenes. Es un antihéroe clásico: alguien malo, pero con cualidades redentoras, que sigue un código según el cual sólo mata a otros asesinos (bueno, casi siempre).
En ambas historias la mente del asesino intriga y hay un acertijo por resolver. La diferencia es que en una el asesino es el protagonista y el público debe comprenderlo e, incluso, alentarlo.
Querer saber qué hace malos a los malos
Para entender esa curiosidad, el equipo diseñó una tarea en computador. Los participantes veían a distintas personas, a veces ficticias y otras presentadas como reales, descritas con mayor o menor moralidad. Luego debían elegir si querían saber más sobre su apariencia o sobre "las acciones y experiencias" de esa persona.
Eligieron conocer más sobre los actos y vivencias de los inmorales, fueran reales o ficticios, aunque reconocían que eso era más trabajoso y lento. Para los autores, la gente quiere saber por qué actúan así quienes hacen cosas malas.
Esto encaja con una curiosidad básica por el mundo social y la mente ajena. Seguir a un protagonista inmoral permite asomarse a los extremos de una vida que -quizá- nunca veremos de cerca.
Ahí entra el worldbuilding o construcción de mundos: los creadores, sea en el Miami de Dexter o en Asgard, el reino del universo Marvel, crean un entorno coherente que permite entender a los personajes. En Dexter, el público conoce su trauma, su pérdida a manos de un asesino y sus sentimientos en conflicto sobre sus deseos violentos. Eso ayuda a darle sentido a su conducta en contexto.
Un mapa social con más territorio
Según los autores, en la vida cotidiana todos hacemos algo parecido: necesitamos un mapa del terreno social y moral. ¿Quién está cerca de quién? ¿Quién tiene poder? Y también, proponen, qué tipo de personas y acciones son posibles y permisibles.
Los personajes de moral extrema ayudarían a llenar ese mapa con detalles. Además, hay una razón práctica, pues citan investigaciones según las cuales entendemos con menos seguridad a las personas inmorales que a las buenas. Y los malos aportan más información, porque hay pocas maneras de ser bueno y muchísimas de ser malo.
Gantman y Wylie sugieren que viajar mentalmente hasta los confines de lo aceptable, entre adúlteros carismáticos y asesinos con principios, probablemente ayude a moverse mejor en la vida real. Quien se involucra con personajes ficticios, afirman, comprende mejor por qué la gente hace lo que hace e incluso puede predecir mejor lo que hará después.
Un dato aparte: los participantes no solo eligieron informarse más sobre los inmorales, sino que también esperaban aprender más de ellos. Los autores lo vinculan con otra investigación ajena al ámbito moral, según la cual la curiosidad por los "por qué" surge de la expectativa de obtener algo valioso para el futuro.
Por eso, dicen, el atractivo de personajes como Dexter o el mafioso Tony Soprano está en la promesa de comprender por qué son como son. Con los villanos puramente malvados y difíciles de relacionar, o con los malos de nuestra vida real, rara vez podemos o queremos hacer ese recorrido.
Estas narrativas piden al público dejar el papel de juez y jurado y unirse a los criminales en lo que sienten. Para los autores, es un ejercicio social que moldea nuestra comprensión de los límites morales: dónde están, cómo se navegan y por qué alguien podría cruzarlos.
Quizá, la próxima vez que te enganches con un villano, no estés tan lejos de la curiosidad de quien estudia un mapa.
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