Autos y buses arrastrados por una corriente de agua, barro y rocas mostraron el pasado jueves la fuerza que puede alcanzar un aluvión cuando distintas condiciones coinciden en un mismo territorio. Lo ocurrido en San Carlos de Apoquindo, en Las Condes, abre la pregunta de si existen sectores del Bío Bío donde pueda producirse una emergencia de características similares.
Para el Dr. Diego Caamaño, académico de la Facultad de Ingeniería e investigador del Centro de Investigación en Biodiversidad y Ambientes Sustentables (CIBAS) de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC), la respuesta requiere mirar más allá de un único factor: precipitaciones intensas, pendientes pronunciadas, saturación del suelo, material disponible para ser arrastrado e infraestructura de evacuación de aguas forman parte de un sistema en el que una condición puede potenciar a otra. Y varios de esos elementos también están presentes en el Gran Concepción.
¿Cómo una lluvia termina moviendo autos y buses?
Una de las claves está en la velocidad con que responde una cuenca pequeña y de fuerte pendiente. Cuando cae mucha lluvia en poco tiempo, el agua puede concentrarse rápidamente en quebradas y cauces, haciendo que los caudales aumenten en cuestión de minutos y dejando poco margen para reaccionar.
En Las Condes, explica el Dr. Caamaño, se sumó un factor previo: llevaba aproximadamente una semana lloviendo. “El suelo ya estaba saturado y había perdido la capacidad de absorber más agua, entonces la lluvia nueva escurre por la superficie en lugar de infiltrarse”, señala.
También influye la altura de la isoterma cero, es decir, la altitud aproximada en que la precipitación cambia de lluvia a nieve. Si esta se encuentra elevada, puede llover en zonas cordilleranas donde normalmente se acumularía nieve, incorporando esa agua inmediatamente al escurrimiento hacia las quebradas.
Pero, de acuerdo al investigador del CIBAS UCSC, el agua es solo una parte del problema. “Un metro cúbico de agua limpia pesa una tonelada, pero el mismo volumen de una mezcla de agua con barro y piedras puede pesar casi el doble”, explica el académico, quien detalló que al descender por terrenos inclinados, esa masa adquiere velocidad y capacidad suficiente para transportar rocas, troncos, escombros e incluso vehículos.
Cuando la calle se transforma en un cauce
Para el Dr. Diego Caamaño, lo ocurrido en Santiago permite visualizar otro fenómeno: una vez que el flujo alcanza la ciudad, la propia infraestructura urbana puede modificar su recorrido. Según el investigador de la UCSC, las calles pueden transformarse en una vía especialmente eficiente para conducir el agua porque presentan superficies lisas, siguen la pendiente y están delimitadas por soleras, muros y otras estructuras.
“La calle se convirtió en el nuevo cauce, y eso concentró el agua, haciéndola llegar más rápido y más lejos”, explica. A ello se suma el funcionamiento de canales, colectores, alcantarillas y estructuras destinadas a retener sedimentos. Frente a caudales extraordinarios, estas obras pueden ser sobrepasadas o perder capacidad cuando sedimentos y escombros obstruyen el paso del agua.
En el caso de Las Condes, sin embargo, Caamaño enfatiza que determinar cuánto influyó cada elemento requiere una evaluación técnica de la cuenca y de la infraestructura existente.
¿Qué cambia después de un incendio?
El investigador de la UCSC explica que los incendios forestales agregan otro elemento al problema. El fuego elimina parte de la vegetación y de las raíces que mantienen estable el terreno, dejando suelo y otros materiales disponibles para ser movilizados por las lluvias posteriores. Además, explica Caamaño, el calor puede generar una capa superficial que disminuye la capacidad del suelo para absorber agua.
“Sin raíces que sujeten el suelo, el material queda listo para ser arrastrado, y la costra de cenizas que deja el fuego repele el agua, de modo que escurre todavía más en vez de infiltrarse”, señala.
Así, una ladera quemada puede reunir dos condiciones simultáneas: más agua desplazándose superficialmente y más material susceptible de ser transportado.
¿Podría ocurrir en el Gran Concepción?
Para Caamaño, en el Bío Bío existen tres condiciones que también estuvieron presentes en la emergencia de Santiago: precipitaciones intensas, laderas de fuerte pendiente y terrenos con material suelto producto de incendios recientes.
El sector que identifica con mayor claridad es Penco-Lirquén, donde los incendios de enero de 2026 afectaron las laderas de la cordillera de la costa que descienden directamente hacia áreas urbanizadas.
“Tenemos los mismos tres factores en la zona. Con diferencias de altura respecto de la precordillera de Santiago, pero los tres están presentes”, explica.
Existe, sin embargo, una diferencia importante. En los últimos años, los eventos registrados en el Gran Concepción han correspondido principalmente a deslizamientos de ladera, más que a aluviones como el ocurrido en Santiago.
El investigador menciona antecedentes recientes en sectores como la Ruta de la Madera, Ruta 150, Lirquén, Autopista Concepción-Cabrero y Tomé. La distinción no significa que el peligro sea menor: en 2006, un evento de estas características provocó la muerte de una decena de personas en el cerro Manquimávida, en Chiguayante.
Reducir el riesgo
Para el Dr. Diego Caamaño, este tipo de amenazas debe abordarse combinando obras de ingeniería con medidas de prevención. Entre las alternativas menciona estructuras para controlar y retener sedimentos, sistemas de drenaje adecuadamente dimensionados, monitoreo meteorológico e hidrológico, sistemas de alerta temprana y mantención preventiva de la infraestructura.
“Frente a estas amenazas, las soluciones deben combinar obras de ingeniería y medidas de prevención”, señala el investigador del CIBAS-UCSC. A ello agrega la necesidad de una planificación territorial que evite la ocupación de sectores expuestos al peligro.
El análisis también implica observar qué ocurre con las laderas después de los incendios. Según Caamaño, la pérdida de vegetación y raíces deja material disponible para ser transportado y, al mismo tiempo, puede reducir la capacidad del suelo para absorber agua durante episodios de lluvia intensa.
Por eso, explica, sectores como Penco-Lirquén requieren especial atención debido a la combinación de laderas afectadas por incendios recientes, urbanización al pie de los cerros y precipitaciones que pueden mantener los suelos saturados durante varios días.
“Tenemos los mismos tres factores en la zona: precipitaciones intensas, laderas de fuerte pendiente y suelos sueltos producto de incendios recientes”, advierte Caamaño.
La experiencia reciente del Gran Concepción muestra que el peligro no necesariamente adopta la misma forma que en Santiago. En la zona, precisa el investigador, se han registrado principalmente deslizamientos de ladera, con antecedentes en la Ruta de la Madera, Ruta 150, Lirquén, Autopista Concepción-Cabrero y Tomé.
En sectores del Gran Concepción donde coinciden pendientes pronunciadas, suelos afectados por incendios y áreas urbanizadas, el riesgo debe ser abordado mediante monitoreo, alerta temprana, mantención preventiva, obras de control de sedimentos y planificación territorial, según plantea el investigador del CIBAS-UCSC.