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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

El cineasta chileno Patricio Guzmán, reconocido por su trabajo en el género documental, fue un pionero valiente que desafió las convenciones. A pesar de ser etiquetado como cineasta político, Guzmán exploró lo mínimo con películas como "Nostalgia de la Luz" y "El botón de Nácar". Su legado incluye obras como "Pueblo en Vilo" y "La Batalla de Chile", que marcaron la cinematografía latinoamericana. Aunque sus opiniones sobre los disturbios de 2019 en "Mi país imaginario" generaron controversia, Guzmán sigue siendo una figura influyente para los documentalistas chilenos.

En Chile, la muerte del documentalista Patricio Guzmán ha pasado sin pena ni gloria. Entonces, no se equivoca el cineasta Pablo Larraín, al sugerir que tamaña omisión es también responsabilidad del gobierno de turno.

Por: Mauricio Claro

Pero este ninguneo tiene que ver, sobre todo, con el mismo género documental, al que Guzmán dedicó su vida. Éste sigue relegado a un lugar lateral en el contexto del cine chileno.

Guzmán solía decir que una pieza documental era un artefacto discreto, similar a una orquesta de cámara, que desentona si se presenta en un estadio de fútbol. Razón por la cual siempre tendrá limitaciones para alcanzar la notoriedad del cine de ficción, el que tiende a acaparar la atención del gran público y de los festivales de cine.

Pueblo en Vilo, de Patricio Guzmán, Les Films d´Ici

Patricio Guzmán siempre fue un cineasta valiente. Pudo decirle, a la cara, al documentalista estadounidense Errol Morris que estaba dando la lata al abusar de su recurso a interminables entrevistas de cabezas parlantes. Y tuvo el arrojo suficiente para modificar, con posterioridad, la jerga setentera de la voz en off y los textos de La Batalla de Chile, lo que le valió una que otra crítica del apostolaje político nacional.

En su faceta de profesor y mentor, tuvo una enorme generosidad con los jóvenes documentalistas que lo solicitaban, como sabiendo de antemano que eran una especie marginal, y un tanto old fashion. Como Cliff, el personaje de Woody Allen en Crímenes y Pecados, un cineasta cuyo máximo orgullo fue haber obtenido una mención honrosa en el festival de cine documental de Chicago. Su mujer, que apenas lo soporta, lo corrige, recordándole que todos los que participaron recibieron la distinción. Ella representa esa mirada que no logra reconocer a los cultores del género como artistas de tomo y lomo en la industria del espectáculo.

Sus puntos más altos pueden ser Pueblo en Vilo (1995), sobre el insignificante pueblo de San José, en México. Y La Cruz del Sur (1992), con fotografía de Antonio Ríos, que conmemora los quinientos años del “descubrimiento” de América. El equipo de filmación trabajó durante meses, y les tomó otros tantos recuperarse de ese viaje épico por América latina.

La Cruz del Sur, de Patricio Guzmán, RTVE y Quasar Films

La Batalla de Chile (1979), su gran botín audiovisual, y que dará material de archivo para las próximas décadas, lo redujo al mote de cineasta político. En esa etiqueta quedó fijado, como un bicho clavado en un insectario.

Sin embargo, más allá de su vocación épica, Guzmán podía ser también el cineasta de lo mínimo, que puede perderse horas en una tienda de botones en Madrid, quedarse pegado en un bloque de hielo milenario o contemplando un chorro de agua.

Nostalgia de la luz (2010), y El botón de Nácar (2015), forman el corpus más delicado de su catálogo. Ambas son un ejercicio de refinamiento técnico en el tratamiento de cámara, en el cuidado fílmico que logra reproducir un temperamento particular de la luz y los sonidos.

Digamos que se podría negociar la opinión respecto de la tesis que ofrece de los disturbios de 2019, en Mi país imaginario (2022). Su excesiva condescendencia responde, quizás, a demasiados años tratando de mantenerse al día con su chapa de cineasta comprometido o al haber estado siempre pendiente de Chile.

Patricio Guzmán, fotografía de Luis Poirot

Los jóvenes documentalistas chilenos hoy pueden declararse huérfanos (aunque aún pueden asirse a portentos como Ignacio Agüero y Carlos Flores).

Ahora, lo que queda es seguir trabajando, como ellos, para producir el material con que se cuenta la historia íntima de un país. Porque el mismo Patricio Guzmán enseñó que el documentalismo es esencialmente un arte de puertas adentro, allí es donde encuentra su razón de ser y se acerca, un poco más, a la verdad.