Opinión
Trabajos a honorarios en el Estado: “No es ning√ļn honor este contrato”
Publicado por: Tu Voz
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Columna escrita por √Ālex Molina, arquitecto de la Universidad de Concepci√≥n.

Cuando pienso en lo paradójico que muchas veces resulta ser nuestro idioma, uno de los primeros ejemplos que se me vienen a la mente es el contrato a honorarios. Es que el honor, no es precisamente lo que mejor representa a esta modalidad contractual.

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Ciertamente debemos tener en cuenta que el contrato a honorarios tiene su justificada razón de ser y un marco claramente definido, dentro del cual es válido y apropiado. Un ejemplo sería contratar los servicios de Américo para amenizar la Fiesta de la Primavera en el poblado de Pelotillehue. Hasta aquí, todo bien.

Lamentablemente, en nuestro mercado laboral chileno, la mayor parte de las veces los contratos a honorarios resultan ser una forma muy cómoda de saltarse las garantías y derechos que consagra la ley para los empleados contratados bajo el amparo del Código del Trabajo. Y esto no es lo peor.

El Estado, a través de sus ministerios, servicios, gobiernos regionales y municipios, ha permitido y promovido la existencia de funcionarios de tercera categoría. Personas que se levantan cada día a cumplir horarios y funciones habituales de sus respectivas organizaciones, sometidos además a la presión de la inestabilidad laboral y, en la mayoría de los casos, sin tener derecho a vacaciones, viáticos, horas extraordinarias ni licencias médicas.

Si le preguntamos, por ejemplo, a un directivo grado 7¬ļ de la Escala Municipal de Remuneraciones cu√°nto gana, este responder√° que su sueldo l√≠quido es de un mill√≥n cien mil pesos aproximadamente. Al responderle, sin mala intenci√≥n, seguramente olvidar√° que su sueldo realmente es cercano al mill√≥n cuatrocientos mil pesos y que mes a mes, una significativa cantidad de dinero ir√° sum√°ndose para tener una pensi√≥n al jubilar y ayudar√° a financiar un sistema de salud.

Si realiza esta misma interrogante a un profesional de alguna Seremi, contratado a honorarios para hacerse cargo de alg√ļn programa de importancia, este le responder√° que tambi√©n gana un mill√≥n cien mil pesos, que le descuentan el 10% pero que este lo recupera anualmente en el mes de mayo en la Operaci√≥n Renta. Ambos tienen en su mente la idea de que ganan el mismo valor en su sueldo, pero ya sabemos que esto no es as√≠. Porque uno por razones de trabajo se trasladar√° de una ciudad a otra y por esto recibir√° una gratificaci√≥n, el otro no. Porque uno recibir√° anualmente un bono de vestuario, el otro no. Porque uno pagar√° $8.000 pesos por sus radiograf√≠as y el otro, diez veces m√°s. Y as√≠ ad infinitum.

Finalmente, esta realidad tiene una cara todav√≠a m√°s cruel y es el ab(uso) instrumentalmente pol√≠tico que en muchos estamentos, se les da a los funcionarios a honorarios. Es cuesti√≥n de ver qui√©nes son los que realizan labores ‚Äúvoluntarias‚ÄĚ (escrito as√≠, entre comillas) y extraordinarias de apoyo a los jefes de turno. Y hay una raz√≥n muy clara: es m√°s f√°cil despedirlos, porque pr√°cticamente no tienen derechos laborales.

As√≠, el d√≠a en que se realice la hermosa Fiesta de la Primavera en Pelotillehue, se ver√° a los funcionarios a honorarios cobrando las entradas, haciendo de guardias de seguridad, apilando las sillas, montando el escenario, llev√°ndole bebidas y comestibles a los m√ļsicos, mientras al otro lado, en el p√ļblico, los ‚Äúbien contratados‚ÄĚ disfrutar√°n tranquilamente y en familia de las hermosas canciones de Am√©rico.

‚ÄúA ver‚Ķ ¬ŅA qui√©n no le ha pasado?
¬°Que levante la mano‚Ķ!‚ÄĚ

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