Opinión
Miércoles 23 mayo de 2018 | Publicado a las 17:15
La oleada feminista y la crisis de la democracia en Chile
Publicado por: Tu Voz
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Las actuales movilizaciones feministas se toman las universidades, la calles, la agenda y la discusi√≥n p√ļblica. En este contexto, han redundado las explicaciones que atribuyen las demandas feministas a una vertiginosa modernizaci√≥n del pa√≠s. El reclamo de las mujeres contra la violencia y la discriminaci√≥n ser√≠a, de acuerdo a varios analistas, signo de cambios culturales producidos gracias a los procesos de modernizaci√≥n de los √ļltimos treinta a√Īos, as√≠ como del desajuste entre expectativas y subjetividades modernas y estructuras conservadoras y machistas que perviven como residuos de un pasado que se resiste a desaparecer. La lucha de las mujeres se interpreta entonces como externalidad positiva de la modernizaci√≥n.

Podemos concederle a estos interlocutores un punto: efectivamente, Chile ha sufrido un intenso proceso de modernizaci√≥n en las √ļltimas d√©cadas. Sin embargo, habr√≠a que aclarar que se trata de una modernizaci√≥n neoliberal y conservadora que, si bien ha provocado una ampliaci√≥n del acceso al consumo -a costa de altos niveles de endeudamiento para la poblaci√≥n-, ha generado acentuadas desigualdades e injusticias. La educaci√≥n superior, escenario del actual conflicto, es un claro ejemplo de ello: la masificaci√≥n del ingreso a la universidad, signo inequ√≠voco de modernizaci√≥n, genera nuevas formas de segregaci√≥n social y de reproducci√≥n de las divisiones sexuales del trabajo y el sexismo. En nuestro sistema educativo, sabemos, hay universidades para las √©lites y universidades para las masas y hay tambi√©n carreras para las √©lites masculinas -las m√°s prestigiosas y mejor pagadas- y carreras para mujeres -mayormente precarizadas y orientadas a los servicios y cuidados. Esta l√≥gica de desigualdades y segregaci√≥n se repite en el mercado laboral, en la salud, en las pensiones, etc., y el malestar que esto provoca en sectores de la poblaci√≥n, hace a√Īos ha comenzado a expresarse y a organizarse.

Miradas as√≠ las cosas, el feminismo que emerge muestra un sentido mucho m√°s disruptivo del que est√°n dispuestos a concederle las y los defensores de la modernizaci√≥n neoliberal y que buscan delimitarlo a una lucha por mejoras acotadas y por m√°s derechos individuales, liderada por j√≥venes y privilegiadas mujeres de clase media/alta. El feminismo que est√° estallando es m√°s complejo y va m√°s lejos, pone en cuesti√≥n las desigualdades sociales que se asientan en las naturalizadas divisiones sexuales del trabajo (contra un modelo de pensiones que precariza a las mujeres desde NO + AFP), la intensa violencia social e institucional hacia las mujeres y las disidencias sexuales (no s√≥lo protocolos, sino otra educaci√≥n p√ļblica para que haya educaci√≥n no sexista desde el Movimiento Estudiantil Feminista) y, en un sentido m√°s amplio, deja expuesta la imposibilidad de la democracia y de la libertad en un orden social en que los intereses empresariales determinan la pol√≠tica y la vida social completa.

La democracia restringida que es puesta en cuesti√≥n por el movimiento feminista est√° marcada por la privatizaci√≥n y mercantilizaci√≥n de los derechos sociales sostenida y profundizada principalmente por los gobiernos de la Concertaci√≥n / Nueva Mayor√≠a en los √ļltimos treinta a√Īos. El llamado ‚ÄúEstado subsidiario‚ÄĚ no s√≥lo model√≥ una concepci√≥n individualista de los derechos, renunciando a establecer derechos sociales universales garantizados para toda la poblaci√≥n, sino que tambi√©n promovi√≥ su extensa privatizaci√≥n y el traspaso enormes cantidades de recursos p√ļblicos a empresas privadas prestadoras de servicios sociales. Este modelo de Estado produce y reproduce la desigualdad social y sexual al tiempo que asegura nichos de acumulaci√≥n para las empresas. Si miramos las trabas impuestas a la ampliaci√≥n de los derechos de las mujeres en favor de las cl√≠nicas privadas, como se evidencia en el protocolo de objeci√≥n de conciencia institucional, tenemos el cuadro completo de la estrecha trabaz√≥n entre mercantilizaci√≥n de derechos sociales, intereses empresariales, conservadurismo mis√≥gino y reproducci√≥n de las desigualdades sociales y sexuales. Se aprecia as√≠ c√≥mo la modernizaci√≥n neoliberal, aunque tolera el avance formal en derechos pol√≠ticos para las mujeres y promueve su incorporaci√≥n creciente al mundo laboral y pol√≠tico, no solo no extingue las pol√≠ticas segregadoras y discriminatorias que organizan a la sociedad sino que las reproduce y profundiza. Por eso la pol√≠tica transicional no pudo izar m√°s que como banderas de igualdad de oportunidades, las demandas del feminismo.

La actual movilizaci√≥n feminista se sit√ļa en oposici√≥n a esa democracia restringida. Lo limitado y cooptado del espacio de deliberaci√≥n democr√°tica en nuestro pa√≠s contrasta con un movimiento feminista que tiene la potencialidad de, en su avance y maduraci√≥n, articular a mayor√≠as hist√≥ricamente excluidas como las mujeres, as√≠ como tambi√©n a nuevos sectores sociales segregados y precarizados como consecuencia de la modernizaci√≥n neoliberal. El feminismo, por tanto, es imprescindible para las fuerzas como el Frente Amplio que deben trabajar por abrir un nuevo ciclo pol√≠tico, pues √©ste encarna y proyecta una larga lucha colectiva por redefinir los t√©rminos de la humanidad, y para eso requiere de nuevas formas pol√≠ticas. Las formas de resoluci√≥n pol√≠tica y de imaginaci√≥n de la transici√≥n – la cocina, las mesas sin las actor√≠as de la sociedad, o la re-edici√≥n de viejos proyectos sancionatorios o de emparejamiento de la cancha- son incapaces de interpretar las demandas de un movimiento que promueve un nuevo pacto de sociedad sin humanidades de segunda clase.

El feminismo revitaliza los horizontes de transformación social y la política debe aprender de aquello.

Camila Miranda Medina
Directora
Fundación NODO XXI

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