El 13 de octubre, a las 17:06, el representante legal de EnorChile Transmisión presentó ante el SEA una Declaración de Impacto Ambiental (DIA) por una obra que en primera instancia suena modesta. Se trataba de una línea de 22 kilómetros en Arica y una subestación conversora. No obstante, el valor no venía en la extensión del cable, sino en lo que pretendía conectar.
El objetivo del proyecto, según señala el propio documento, es permitir la importación y exportación de energía entre Chile y Perú, iniciativa de interconexión eléctrica que tiene data, pero que no ha tenido nunca un avance tan concreto como este.
Partamos por el problema. En 2025 Chile botó a la basura más de 6 mil GWh de energía solar y eólica, situación que en muchos países sería un crimen. En términos formales, esto es verter energía, lo que en nuestro caso significa producir electricidad limpia vía renovables y no poder usarla porque no existe la infraestructura o la demanda necesaria. Para Chile, esta energía subutilizada correspondió al consumo anual de unos 2 millones de hogares en 2025.
Así las cosas, pese a que hemos construido uno de los sistemas eléctricos más renovables de la región, seguimos sin saber qué hacer con el excedente. En este escenario, la posible interconexión con Perú abre una serie de oportunidades. Al otro lado de la frontera, los peruanos dependen principalmente de generación hidroeléctrica y del gas de Camisea, fuentes que se podrían complementar de manera perfecta con el abundante sol de nuestro norte.
En simple, nosotros tenemos energía de día y ellos de noche. El negocio se explica solo. Lo que no se explica es por qué no ha ocurrido.
Nueve años de cortesía
Esta es la línea de tiempo. En junio de 2017, los ministros Andrés Rebolledo y Gonzalo Tamayo firmaron en Lima los términos de referencia para estudiar una línea entre Tacna y Arica. En 2019, un estudio financiado por el BID concluyó que era técnica y económicamente factible. En 2022, el Gabinete Binacional de Santiago “reafirmó la voluntad” de materializarla.
Este mes, el ministro de Energía y Minas peruano, Guillermo Shinno, dijo que la interconexión “está en agenda” y que espera tratarla en la reunión binacional del 29 de noviembre. En esos nueve años de reafirmar buenas intenciones, Perú ha tenido nueve presidentes y Chile cuatro. Pero el cable sigue siendo de papel.
El proyecto de EnorChile contempla una línea de cerca de 250 MW y una conversora HVDC back-to-back, que es necesaria porque Chile opera a 50 Hz y Perú a 60 Hz. La empresa declara una inversión de US$30 millones, el inicio de obras para enero de 2028 y la entrada en operación para agosto de 2030.
Sacando cálculos, si esta línea transmitiera a plena capacidad durante ocho horas de sol, todos los días del año, absorbería como máximo cerca de un 10% de lo que Chile botó en 2025. En la práctica es probable que sea bastante menos, pero como bien sabemos, para aprender a caminar hay que partir por el primer paso.
Pero a no decepcionarse, junto con este proyecto existe otro mucho más ambicioso. Un estudio contratado por el BID en 2025, citado por el ministro Shinno, evalúa una línea de 500 kV y 1.000 MW entre Montalvo (Perú) y Kimal (Antofagasta), que costaría unos US$550 millones y generaría beneficios conjuntos de US$170 millones al año.
El lugar no es casual. De Kimal parte Kimal-Lo Aguirre, el ambicioso proyecto chileno de más de 1.300 kilómetros de extensión que tiene previsto estar operativo en 2029 y transportar hasta 3 mil MW hacia Santiago.
Con ambas obras, Kimal podría convertirse en un hub que haría posible que el sol chileno viaje al sur o al norte cruzando la frontera, además de asegurar un respaldo de conexión con la energía peruana en caso de necesitarla. Esto, de convertirse en realidad, traspasaría por lejos una solución parche y se transformaría en una estrategia energética de alto voltaje.
Fuente de poder
Pero aquí entramos en materia real, porque pese a lo atractivo que suena el cable con Perú, la arista política es aún más interesante. El primer elemento es la potencial sintonía entre José Antonio Kast y Keiko Fujimori que puede abrir una ventana poco habitual entre Santiago y Lima.
Además, hace unos días, Kast pisó La Paz en la primera visita de Estado de un presidente chileno a Bolivia en 71 años, ocasión en la que se firmó una declaración de integración energética que incluye evaluar una futura interconexión eléctrica entre ambas naciones. Todo esto, mientras la relación con Argentina se enreda por el Estrecho de Magallanes.
Por primera vez en mucho tiempo, Chile tiene a sus dos vecinos del norte interesados en conectarse con el país, lo que se traduce en un claro poder de negociación. Y como se dice por ahí, el poder es para ejercerlo.
En estos momentos es bueno recordar el pasado, por ejemplo cuando en la primera década de los 2000 Argentina nos restringió y cortó el gas pese a contar con contratos vigentes. Esto nos enseñó que el que tiene la llave tiene el poder y que obviamente es mucho más conveniente estar del lado del interruptor, especialmente cuando existen controversias cuyo estado depende del ojo de quien las observa.
Cerrar el circuito
El 29 de noviembre, según indicó Shinno, se llevaría a cabo una reunión binacional entre Chile y Perú. Ese día, ambos gobiernos podrían volver a suscribir otra declaración que “reafirme la voluntad” o, como es de esperarse, avanzar en resolver los tres pendientes más relevantes, incluyendo quién construirá el tramo peruano, con qué reglas se despacha y paga la energía y qué hacemos con la opción grande que conecta en Kimal.
El sol ya lo tenemos (de sobra) y un privado ya prendió la ampolleta alumbrando un camino de posibilidades. Lo que falta es lo que el mercado no puede hacer; un acuerdo entre Estados que haga viable un megaproyecto con el que podríamos encontrar la demanda que necesitamos y, de pasada, otorgarnos un poder de negociación inédito. Es hora de enchufarnos.
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