A siete años del 2019, el fantasma de octubre reaparece en los medios de prensa, paneles de discusión, en amenazas de políticos y representantes irresponsables con la convivencia democrática. Las lecciones están en manos de analistas con tesis y agendas distintas. Son pocos los consensos y conclusiones en favor de la paz social. El “nunca más” se repite y suena a lugar común. La polarización está presente en la mayoría de los abordajes sobre la explosión de octubre y sus causas.

La paz social es una tarea y deber permanente del Estado y del gobierno de turno, y de todos quienes tienen una posición de liderazgo e influencia en la sociedad.

Para el diputado y exconvencional Bassa, el estallido “sigue presente en cada hogar”. Advierte diciendo: “pongan el monumento que quieran, esa plaza es y seguirá siendo Plaza Dignidad”.

La izquierda refundacional experimentó con la movilización social y la encauzó para sus fines políticos e ideológicos. La violencia revolucionaria no ha sido descartada en el espectro político y es celebrada por las fuerzas ajenas a las vías institucionales. El pasto seco sigue presente como combustible social.

Para el presidente José Antonio Kast, “el 18 de octubre fue un momento complejo, de mucha violencia, y esperamos que no se vuelva a repetir”. El gobierno de turno apuesta por el futuro, olvidando que su llegada representa una respuesta tras las cenizas de octubre.

Las numerosas manifestaciones de violencia en todo Chile, además de la destrucción de la propiedad pública y privada, reflejan discursos que no son aislados. La radicalización persistente cuenta con un paradigma que se transmite en las salas de clases y en redes sociales. El pasto seco intelectual es real. El daño al patrimonio material e inmaterial, el ataque a los símbolos de la tradición y el orden, reflejaron una agenda ideológica vigente.

Las pulsiones revolucionarias pululan por las instituciones. La violencia verbal y factual fue validada desde la omisión hasta lo tácito por viejos y jóvenes. Fue un “delirio destructivo” y un caos con “las peores expresiones de fanatismo e intolerancia”, en palabras de Sergio Muñoz.

La zona cero fue rebautizada. El llamado revolucionario fue a cambiar y quemarlo todo. Además, “algunos soñaron con la caída del expresidente Piñera a partir del vandalismo callejero”, en palabras de Claudio Alvarado. En paralelo, fue acusado de dictador y varios planificaron su destitución legal y violenta.

El pasto seco crece y es parte del paisaje urbano. Las advertencias de una sociedad con problemas visibles e invisibles, materiales y espirituales. Los llamados se realizaron con antelación. Las periferias acumularon resentimientos, abandonos y sufrimientos en asuntos relevantes: salud, seguridad y educación.

Además de la crisis del núcleo familiar, la expansión de la droga y otros flagelos, la delincuencia y la corrupción estatal, la marginalidad y el consumismo, el individualismo extremo y la indiferencia, fueron temáticas advertidas por el historiador Gonzalo Vial.

La falta de consenso en la elite es riesgosa y los reventones sociales no son nuevos. La fractura en el tejido social y el abandono del bien común tienen al país en un laberinto.

El péndulo electoral se mantiene con diagnósticos diferentes, previos y posteriores al mes de octubre del año 2019. Lo ocurrido requiere de un abordaje multifactorial sobre la violencia y las causas de la indignación de ayer y hoy.

Denominarlo “estallido delictual” suena bien para el nicho y consigna de turno, pero reduce el análisis, divide y nubla el debate. La protesta social tiene sus objetivos declarados.

Es una minoría radical que desea cambiar el modelo económico y refundar desde un prisma popular. La agitación social es contraria a la vía institucional, electoral y democrática. Es un sector que no tolera a la derecha en el gobierno sin importar si es Kast o Piñera, debido a una mácula de origen y clase. La resaca octubrista y el lenguaje refundacional siguen latentes en representantes y en actores sociales. El pasto seco sigue creciendo.