Hay personas que no ven más allá de sus narices. El problema es cuando una de ellas está a cargo de la billetera de todo Chile.
El ministro de Hacienda nos dice -palabras más, palabras menos- que no deberíamos preocuparnos tanto por el alza de la parafina, porque ya casi nadie la usa. Fantástico. Problema resuelto. No bajamos el precio de la parafina: eliminamos estadísticamente a quienes la compran. Es una teoría económica extraordinaria.
Si mañana sube el pan, podemos decir que hay gente que come galletas. Si sube la locomoción, siempre queda caminar. Si sube la luz, uno se acuesta más temprano. Y si el sueldo no alcanza hasta fin de mes, bueno, habrá que terminar el mes el día 23.
Pero detrás de la frase hay algo bastante menos divertido: una profunda desconexión con la vida cotidiana de los chilenos.
Porque para decir que la parafina prácticamente no importa porque ya no se ocupa hay que mirar Chile desde el propio ombligo. Hay que olvidarse de los adultos mayores, de las familias más modestas y de tantas comunas del sur donde una estufa a parafina no es una pieza de museo.
Y lo verdaderamente preocupante es que este señor está a cargo de las finanzas del país.
Quizás antes de explicarnos cómo vivimos los chilenos por ultimo debiera ver un documental sobre Chile y ahí tal vez se dará cuenta de que el país es bastante largo y que en el norte hace calor y en el sur hace frío, eso lo sabe un crío de primero básico. O por ultimo googléelo.
Porque mientras desde Hacienda nos explican que determinadas alzas no son tan importantes, las familias llevan meses haciendo exactamente lo contrario: calculando cada peso. El sueldo ya no se estira más.
Se estiró para pagar la luz. Se estiró para llenar el estanque. Se estiró para el supermercado. Se estiró para pagar las cuentas. Se estiró tanto que al pobre sueldo chileno deberían declararlo material elástico.
Y mientras la gente hace malabares, tenemos autoridades que parecen observar la economía como quien mira llover desde detrás de una ventana: perfectamente secos y explicándole al que está afuera que tampoco está lloviendo tanto.
Ahí está el problema. Cuando la economía se enfría, cuando el empleo preocupa y cuando las familias sienten que cada vez cuesta más llegar a fin de mes, la respuesta de un ministro no puede ser minimizar aquello que golpea el bolsillo.
Tengo bastante claro que estas cosas parecen importarles menos que un paquete de zanahorias a algunas autoridades. Pero a las familias sí les importan. Les importa la parafina, la bencina, el pan, la cuenta de la luz y, sobre todo, les importa tener trabajo para poder pagarlos.
Y deberíamos tener cuidado con acostumbrarnos a esta indiferencia. Ahí empieza lo peligroso: cuando desde el gabinete de José se pierde la capacidad de entender lo que significa un alza para una familia común. Porque $10, $50 o $200 pueden parecer poca cosa vistos desde el escritorio de un ministro, pero son mucho cuando se suman la parafina, la bencina, la luz, el supermercado y un sueldo que sigue siendo el mismo.
Cuando a una autoridad empieza a parecerle irrelevante lo que para miles de familias es importante, quizás ha llegado el momento de que salga de su oficina y vuelva a mirar el país que tiene la responsabilidad de gobernar. En el caso de Hacienda mejor que no vuelva a su oficina y se quede en su mundo de Bilz y Pap o busque residencia en el País de las Maravillas.
En Chile no queremos la vía que nos lleve al espectáculo argentino: autoridades neurodivergentes encerradas en su propia realidad mientras las familias pagan el costo de las decisiones económicas.
Por eso al ministro no le pediría solamente que revise sus números. Le pediría algo bastante más sencillo: que levante la cabeza, que mire más allá de sus narices, a las perdidas que mire por la ventana, y si eso le da pereza entonces un documental de YouTube sobre Chile, para que vea la realidad del país antes que la realidad le vaya a golpear la puerta.
Quizás el ministro tenga razón y el problema sea nuestro. Somos demasiado anticuados: todavía comemos, nos calefaccionamos, cargamos combustible y tenemos la pésima costumbre de querer llegar a fin de mes. A lo mejor la nueva economía consiste en algo mucho más sencillo: si la parafina sube, nadie la usa; si la bencina sube, nadie maneja; si el supermercado está caro, nadie come; y si aumenta el desempleo, será porque a la gente se le ocurrió dejar de trabajar.
Con semejante método, ministro, no necesitamos una política económica. Necesitamos imaginación. Aunque quizás bastaría con algo bastante más barato: salir de Hacienda, alejarse un par de metros de su propio ombligo y descubrir que Chile continúa existiendo más allá de sus narices.
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