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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Los recientes eventos de aluviones, inundaciones y tornados en Chile han resaltado la urgencia de contar con radares meteorológicos para anticipar y alertar sobre estos eventos. A pesar de la propuesta de la Dirección Meteorológica en 2022, el proyecto de instalar radares en la Región Metropolitana no prosperó. Tras el aluvión en Las Condes, el Gobierno evalúa adquirir radares para mejorar los pronósticos. Estos dispositivos emiten ondas electromagnéticas que al chocar con partículas de agua generan un eco, permitiendo calcular la distancia e intensidad de las precipitaciones. La implementación de radares en Chile enfrenta desafíos geográficos y de capacitación del personal para operarlos y analizar los datos con precisión.

En las últimas semanas, los episodios de aluviones, inundaciones y tornados han puesto sobre la mesa la necesidad de que Chile cuente con radares meteorológicos que permitan anticiparse a la ocurrencia de estos eventos para alertar a la ciudadanía y prevenir desastres.

Así, por ejemplo, trascendió que en 2022 la Dirección Meteorológica postuló un proyecto al Gobierno Regional Metropolitano de Santiago para dotar a la Región Metropolitana con radares y así optimizar su Sistema de Alerta Temprana; iniciativa que no prosperó.

En tanto, la semana pasada, y a raíz de lo ocurrido en Las Condes, el Gobierno anunció que evalúa avanzar en la adquisición de radares meteorológicos para mejorar la precisión de los pronósticos, que serían exclusivos para la Región Metropolitana.

¿Cómo funcionan los radares meteorológicos?

Miguel Fernández, meteorólogo del Proyecto GEOOs de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV) e investigador de Ocean Metrics Intelligence for Decision Making, explica a través de un comunicado que los radares meteorológicos permiten observar lo que ocurre al interior de las tormentas, identificando la ubicación, intensidad y desplazamiento de las precipitaciones.

“El equipo emite un pulso de ondas electromagnéticas hacia la atmósfera y, cuando choca contra partículas de agua, granizo o nieve que forman una nube, parte de esa energía rebota y regresa al aparato, lo que llamamos un eco”, detalla el académico.

A través de esa acción, el radar calcula la distancia de las precipitaciones y estima su intensidad. Para ello, cuenta con una antena que gira en 360 grados y modifica progresivamente su ángulo de elevación, permitiendo obtener una representación tridimensional de la estructura de las tormentas.

Además, gracias a la tecnología actual de doble polarización, estos dispositivos no solo miden el movimiento de las partículas, sino también su forma, permitiendo distinguir con alta precisión si se trata de lluvia, nieve o granizo, además de identificar patrones de viento potencialmente peligrosos.

“Esto es vital, por ejemplo, para detectar la rotación interna de una nube y anticipar la formación de tornados con varios minutos de ventaja. Al escanear a diferentes alturas en cada giro, el sistema genera un mapa en 3D de la estructura vertical de las nubes, una escala y detalle tridimensional que los satélites meteorológicos no logran alcanzar en la baja atmósfera”, precisa Fernández.

La dificultad de implementar radares en Chile

La implementación de este tipo de tecnologías en nuestro país enfrenta dos desafíos principales. Por un lado está la geografía de Chile y, por otro, la necesidad de que sean operados por personal que cuente con conocimientos específicos para identificar las precipitaciones y diferenciarlas de señales que pueden alterar las mediciones.

Según Fernández, las ondas emitidas por los radares pueden encontrar obstáculos en cerros y cordilleras, generando zonas de sombra que dificultan la observación de determinados sectores.

“Las ondas del radar viajan en línea recta y, en un territorio tan montañoso como el nuestro, los cerros pueden generar algunas zonas de sombra parcial. Esto no le resta valor al equipo; simplemente significa que el radar es una herramienta extraordinaria, aunque no es 100% infalible por sí sola”, explica.

Por esta razón, Fernández destaca la importancia de desarrollar una red de equipos distribuidos estratégicamente en el territorio, que considere la costa, la depresión central y la cordillera de los Andes, de manera que sus coberturas se complementen y reduzcan los puntos ciegos.

Asimismo, advierte que la inversión no se limita a la compra de los dispositivos, pues también contempla infraestructura, sistemas de comunicación, mantenimiento permanente y contratación de profesionales capacitados.

“No basta con apretar un botón. Se requiere formación especializada en meteorología para distinguir la lluvia real de otras señales engañosas, como el rebote de las ondas en los cerros y montañas, interferencias, bandadas de aves o incluso barcos en el mar”, sostiene Fernández.

En consecuencia, indica que la operación técnica y el análisis de los datos deben estar a cargo de meteorólogos e ingenieros con entrenamiento especializado, capaces de interpretar los resultados y entregar información confiable para la toma de decisiones.