Los cocineros de la droga: los bolivianos traídos a Concepción para montar narcolaboratorio

Creditos: Jaime Silva (BBCL)

Lunes 07 junio de 2021 | Publicado a las 06:30 · Actualizado a las 09:14

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Los cocineros representan una nueva forma de traficar. Se erigen como especialistas freelance del crimen organizado que ofrecen sus servicios para producir la droga a la medida. Así, en lugar de que un dealer deba desplazarse más de 2 mil kilómetros hasta el norte del país, como se estilaba hasta hace poco, los cocineros llevan sus conocimientos a domicilio. Para las bandas internacionales también es negocio redondo: ahora no sólo ofrecen la materia prima, sino también su experticia delictual. Por un precio extra, desde luego. Esta es la historia de Jorge y Elmer, dos bolivianos contratados desde Concepción para montar un narcolaboratorio en medio de una parcela. La nueva forma de traficar, su planificación y la caída del líder que los contactó, lo revela en exclusiva la Unidad de Investigación de BioBioChile.

La instrucción era simple: si la policía se dejaba caer en medio del viaje a Concepción, Elmer debía tragarse el ticket del equipaje, dejar las maletas donde iba la droga a su suerte e intentar pasar desapercibido entre el resto de los pasajeros.

De lo contrario, si todo salía bien, como fue el caso, el Taña lo estaría esperando en el enlace a Penco -estructura que da la bienvenida a los viajeros que se aproximan a la capital del Bío Bío- para montar su propio narcolaboratorio.

Un mecanismo inusual para aprovisionarse de drogas, pero que poco a poco ha ido ganando terreno en el mundo de los dealers, por sus enormes ventajas frente al método tradicional de contrabando, y que recientemente tiene a tierras penquistas como su foco principal.

En los últimos dos años, la Fiscalía y PDI lograron desbaratar en la conurbación al menos dos de éstos centros artesanales de expansión de la pasta base. Justamente uno de ellos estaba a cargo de El Taña, recientemente condenado a 8 años de cárcel tras ser sorprendido en plena producción.

Coca en piedras

Para mediados de 2019, Bernardo Ramírez Neira, alías El Taña, había asumido un rol protagónico en el negocio del narco local. Con residencia en Tomé, el dealer distribuía bolsas de pasta base de entre 30 mil y 100 mil pesos en todo el Gran Concepción.

Su ascenso se concretó precisamente ese año, luego de que el líder de su red, El Pantoja, cayera en desgracia. Un operativo de la PDI lo puso tras las rejas y permitió detener uno a uno a los receptores de la droga que salían de la parcela de este último, en las cercanías al Salto de El Laja.

Al quedarse sin su principal fuente de abastecimiento (El Pantoja era quien movía los hilos), Bernardo no tuvo otra opción que buscar alternativas. La más seductora fue montar un narcolaboratorio y contratar a dos expertos bolivianos en el abultamiento de la cocaína base, dos cocineros: Jorge Camacho Alcocer y Elmer Guzmán Vallejos.

El término cocinero tiene un origen simple: para patear o cortar la pasta base se requiere de una olla y una cocinilla. En el recipiente se vierte un concentrado de cocaína (puede venir en óvalos o piedras), se calienta y se le agregan otras sustancias para hacerle rendir. Entre ellas aparecen algunas como la soda cáustica y el bicarbonato de sodio, que al calentarse se transforma en carbonato de sodio, químico cuya comercialización se encuentra restringida en Chile y que es fundamental para la operación.

En buenas cuentas, la droga es cocinada hasta convertirla en una sustancia pastosa. Tras ser filtrada en sábanas o cortinas u otro tipo de tela queda lista para su dosificación y distribución.

Los cocineros representan una nueva forma de traficar. Se erigen como una especie de expertos freelance del crimen organizado. Ofrecen sus servicios para producir la droga a la medida. Así, en lugar de que un dealer deba desplazarse más de 2 mil kilómetros hasta el norte del país, como se estilaba hasta hace poco, los cocineros llevan sus conocimientos a domicilio.

—Más que una complejización, es un método más conveniente —dice en conversación con BBCL la fiscal Carla Hernández. La persecutora conoce de sobra el tejemaneje delictual en Concepción. Con 20 años de experiencia en el Ministerio Público, se especializó en causas de narcotráfico y ha liderado numerosas investigaciones contra dealers locales. También fue la responsable de la caída de la red de El Taña y sus cocineros.

Según explica, existen bandas internacionales que ofrecen estos nuevos servicios que facilitan la expansión narco. Hoy cada dealer puede tener su propio laboratorio, ser su propio productor y ser su propio jefe. Una especie de democratización delictual, aunque con una salvedad: deben tener los nexos, los que por lo general están vinculados a los capos y líderes de las redes.

Para el comisario de la Brigada Antinarcóticos y contra el Crimen Organizado de la PDI de Concepción, Javier Soto, los lazos con los abastecedores son parte clave del mundo narco. Sin nadie que suministre, no hay cadena de venta.

—Son celosos con los contactos de sus proveedores. Es como la gallina de los huevos de oro —comenta Soto.

El detective conoce al dedillo el fenómeno de los cocineros. Ha participado de escuchas, seguimientos y operativos que han terminado con numerosos narcos de la zona tras las rejas, entre ellos, el propio Bernardo. De acuerdo a su experiencia, las relaciones están marcadas por la confianza (además de la violencia cuando las cosas salen mal).

—Los invitan a Chile, los regalonean, muestran solvencia económica, y eso permite afianzar los tratos. Acá no se firman contratos, funciona mucho la lealtad.

Si bien lo común es que vengan bolivianos a cocinar a Chile, Soto cuenta que en una oportunidad le tocó ver a un chileno que fue al país vecino a aprender a cocinar. Una pasantía criminal en el extranjero.

—Ellos son expertos al ser un país productor —dice Soto de los bolivianos.

Muy céntrico

—Carola, mira. Si yo estoy haciendo esto y entrego mi casa es porque yo confío en ustedes. Mientras no corramos riesgos, eso es lo único que yo pido…
—No, no, ningún riesgo. Ninguno.
—Lo otro sería que tiene que ser en la mañana (…)
—Eso yo se lo digo para poder pagarle el arriendo a fin de mes a usted.
—(…) Bueno, también hay que barajar, porque si a ustedes no les conviene esta casa, ustedes también tienen que ver la comodidad. Tú cachai que el problema acá es Juan Víctor, porque mi hijo consume, si no consumiera no habría ningún problema. Entonces tiene que ser en la mañana.

La coordinación para montar el laboratorio comenzó un día después del día de la madre de ese año, el 15 de mayo de 2019. Para entonces Bernardo ya tenía todo conversado con Jorge, sólo restaba definir dónde cocinar.

Como primera opción apareció una casa en Penco, el domicilio de la señora Erica, una especie de guarda de la droga de Bernardo que semanas antes de la llegada de los bolivianos había solicitado la ayuda del dealer y su pareja, Carola, para pagar sus deudas. En la ocasión les contó que debía plata a un prestamista y que estaba mal de dinero. Consultó si podía ayudar en algo, en lo que fuese.

En respuesta, Carola se contactó con ella para que facilitara el inmueble a cambio de ayudarle con lo que adeudaba. La llamada entre ambas se concretó ese 15 de mayo. Lo que desde luego no sabían es que la conversación estaba pinchada. Al otro lado de la línea, detectives de la Brigada Antinarcóticos de Concepción se enteraban de los planes de Bernardo.

—Entonces el caballero viene cuando se termine, ¿me entiende?
—¿Cuando se termine lo que tenemos acá?
—Sí po. Él viene a producir y nosotros tenemos que tenerlo una noche en una casa.
—¿Una noche?
—Una noche
—Chuuu, ya.
—O lo podemos coordinar con él, puede ser en el día o en la mañana (…) pero no pueden estar los niños.

Luego de que Carola le explicara a Erica que no había problemas con que el laboratorio se montara de manera exprés en horario AM, mientras el hijo de esta última trabajaba, el trato se cerró. El problema fue que cuando Carola llegó con la información a Bernardo, éste había cambiado de opinión. Encontró que la casa de calle Cochrane en Penco era muy céntrica. Prefería un terreno apartado. A Carola no le gustó la nueva idea.

La parcela de su familia

Bernardo había coordinado personalmente con la hermana y cuñado de Carola que le facilitaran la parcela familiar, en Guarilihue, una zona vinera por excelencia emplazada en el Valle del Itata que coincidentemente era conocida como una tierra de forajidos durante la Guerra de Independencia de Chile. Se cuenta que los bandidos de la época aprovechaban los cerros de la zona como refugios.

Así, Bernardo les dijo que haría cosas de drogas en el lugar, sin dar detalles, una especie de vuelta de mano pues les prestaba plata. Ellos aceptaron.

El predio reunía todas las condiciones. A 60 kilómetros de Concepción, ofrecía una ubicación privilegiada que le permitía llegar fácilmente hasta la casa de Erica, en Penco, donde generalmente ocultaba la droga dentro de unas cajas de cartón Lippi Kids y Lacoste.

También podía ir y volver a su casa en Tomé en pocos minutos. Allí mantenía todos los implementos para instalar el puesto de trabajo, y a diferencia de la casa de Penco, no habrían ojos curiosos cerca que pudieran poner en jaque la operación. Bernardo dio el vamos y los bolivianos emprendieron rumbo a Concepción la noche del 31 de mayo.

Por seguridad se trasladaron en buses distintos de la empresa Pullman Tur, con una hora de diferencia. El primero en abordar el bus, a las 20:30 horas, fue Jorge, quien -según declararía más tarde Carola ante un tribunal- era el “que la llevaba”: recibía la plata y era el dueño del negocio y era con quien El Taña había realizado las gestiones. Se fue antes para vigilar la carretera y revisar si habían policías, controles o algo extraño. Se telefoneaba también con Elmer.

Elmer abordó el bus a las 21:30 horas y era quien transportaba el concentrado de cocaína, en forma de 25 rocas, al interior de una maleta que iba en el portaequipajes. Ambos fueron recogidos por Bernardo en el Enlace Penco y enfilaron hacia Guarilihue. Pensaban ganar con la droga 10 a 15 millones de pesos.

Leñera emplazada en la parcela donde fueron descubiertos los cocineros bolivianos

A cocinar

Una vez en la parcela, Jorge echó un ojo y se aseguró que no faltara ningún implemento. Se instalaron en la leñera y comenzaron a cocinar. Bernardo se retiró a su casa en Tomé a descansar.

Para ese entonces funcionarios de la PDI ya sospechaban algo. En base a las escuchas telefónicas y seguimientos sabían que algo se venía, aunque sin los detalles. Por ello, esa madrugada y a la mañana siguiente, Bernardo era vigilado de cerca. Detectives vieron en primer plano cómo recogía a los bolivianos en el cruce y los llevaba a la parcela.

Vieron también, por ejemplo, que El Taña llegó a eso de las 06:00 de la mañana a su domicilio y que volvió a la parcela a eso de las 13:00 horas.

Mientras la PDI se acercaba sigilosamente para reunir más pruebas a través de un predio vecino, Bernardo supervisaba el trabajo de los bolivianos. A ratos estaba con ellos en la leñera o en el auto escuchando música. También jugaba con su sobrina.

Transcurridas algunas horas, desde la distancia uno de los detectives logró escuchar tres voces masculinas que provenían de la leñera, mientras que de una de las casas que componen la parcela familiar se podía ver la figura de una mujer mirando por la ventana. Para la PDI estaba claro, todo daba a entender que un laboratorio estaba en funcionamiento.

Con la información en mano, pidieron al fiscal que gestionara una orden de entrada y registro e incautación que le permitiera allanar la parcela.

La conveniencia

En el caso de Bernardo, los bolivianos prestaron el servicio completo de esta agencia delictual. Es decir, no sólo cocinaron sino que también aportaron el concentrado de la droga. Esto último, explica la fiscal, mejora las condiciones para el dealer por varias razones: disminuye los gastos operativos para ir a buscar la droga al norte, labores que por lo general se hacen en caravanas o convoys; en muchos casos se ahorran el burrero que ingresa la droga desde países productores; y baja considerablemente el riesgo de caer detenidos en medio del procedimiento.

—El costo de aumentar el volumen es menor y por cierto aumentan las ganancias —afirma la fiscal Hernández. La especialista además sostiene que este nuevo método facilita las operaciones especialmente en época pandémica. Los viajes hacia el norte implican permisos, atravesar cordones sanitarios y movimientos interregionales. Reclutar un cocinero significa que es él quien toma los riesgos principales.

De todos modos, de acuerdo al comisario Soto, a las bandas internacionales también les conviene entrar en este negocio.

—Si cocinan ellos generan más ingresos porque venden la droga concentrada además del servicio (…) Tienen coordinadores que se contactan con los financistas y recaudan el dinero, mientras otros realizan la pega más riesgosa.

Un win-win para las organizaciones transnacionales.

Las diferencias

No todos los narcolaboratorios son iguales. El detective identifica al menos cuatro variantes con propósitos diferentes. El primero es el de abultamiento, el mismo montado en la parcela por orden de Bernardo. En éstos, la idea es hacer rendir el concentrado al aplicar diferentes químicos.

El segundo es el de recuperación, es decir, aquellos destinados a recuperar la cocaína que ha sido camuflada en otro medio: liquido, plástico, etc. La pasta base también puede ser diluida o transformada en otro soporte.

Luego aparecen los laboratorios de cristalización, sumamente extraños en Chile. Entre 2006 y 2014 sólo se intervinieron dos. Su propósito es convertir la cocaína base en clorhidrato de cocaína. Aquí aparecen solventes orgánicos, como la acetona y el éter. Son hallados comúnmente en países productores: en la selva boliviana, Perú y Colombia.

Finalmente, y menos importantes, aparecen aquellos considerados de extracción. El comisario Soto lo ejemplifica así:

—Básicamente una olla con un cactus de San Pedro es un laboratorio de extracción.

En buenas cuentas, la idea es crear una infusión para extraer el principio activo de una planta.

Los anotados

Jorge, el cocinero, dijo a eso de las 19:00 horas del 1 de junio de 2019 que estaba todo listo. La droga ya estaba procesada. La pesaron: 77 kilos con 230 gramos. Inmediatamente comenzaron a separarla en bolsas bolsas transparentes y de basura. De 5 y 10 kilos, respectivamente. Alcanzó a envasar 50 kg antes de que se les acabaran los recipientes y de que la PDI les cayera encima. El plan era llevar la pasta base en auto hasta un escondite emplazado en un cerro de Punta de Parra.

Lo primero que vieron los detectives cuando irrumpieron en la parcela fue a los bolivianos huyendo despavoridos de la leñera, descalzos por el campo con rumbo desconocido. Bernardo y todos los que estaban en la parcela cayeron detenidos: Carlos, su concuñado y Paola, su cuñada y hermana de Carola.

En el lugar encontraron la cocinilla, un gas de 5 kilos y los envases vacíos de las piedras de la coca concentrada. También hallaron un DNI (documento de identidad) boliviano de Jorge Camacho y $13.000 en efectivo, además de un Permiso de Residencia vigente extendido por el Reino de España a Elmer Guzmán.

Carola fue arrestada más tarde. Entre las cosas que le encontraron destacan algunas libretas donde registraba a sus clientes morosos: Ariela $40.000, el guatón Andrés 15 kilos…. Los anotaba y a la semana siguiente les cobraba.

En las anotaciones también aparece El Pantoja y su pareja. Le pedían que les prestara plata y a futuro se la cancelaban. Para el abogado o comprarse ropa. Hacerles la cana, como se dice. También habían otro tipo de favores, ir a mirarles su casa, por ejemplo. Carola era meticulosa, todo se anotaba.

“Cocina” utilizada por los cocineros contratados por Bernardo

Mal negocio de la defensa

Tras caer detenidos, todos los involucrados confesaron. En un primer juicio, Bernardo y Carola fueron condenados a 7 años de cárcel. Su defensa pidió hacer un segundo juicio, alegando vicios en el procedimiento. En la segunda instancia les aumentaron el tiempo que deberán pasar a la sombra: fueron sentenciados a 8 años. Mal negocio.

A Paola y Carlos, los familiares de Carola, se les condenó a 3 años de libertad vigilada por facilitar el predio para cocinar. Misma suerte corrió Erica por guardar la droga de Bernardo.

¿Qué fue de los cocineros? De Jorge no se supo más. Está prófugo. Elmer, en tanto, fue hallado con los pies destrozados en un paradero. Lo divisaron vecinos de Guarilihue, quienes dieron aviso a la policía. Resulta que parte del proceso para cocinar la pasta base considera pisar o patear -literalmente- la sustancia a pies desnudos. Fue condenado a 3 años, pero su pena se sustituyó por la expulsión de Chile.

—¿Existe preocupación en el Ministerio Público por esta nueva forma de traficar o es algo simplemente a lo que hay que estar atentos?

—No podría responder a nombre del Ministerio Público, pero sí en relación a la política regional. Es una preocupación y estamos atentísimos a aquello a las nuevas formas más elaboradas de organización delictual. Seguimos investigando de manera permanente —cierra la fiscal Hernández.

En diciembre de 2020 la PDI conoció que otro dealer, Alexis Mella Vega, planeaba generar nexos con proveedores de droga. Según cuentan fuentes cercanas a la investigación, él y su hermano mantenían vínculos con bolivianos que tenían línea directa de abastecimiento.

La PDI comenzó a estrechar el cerco y replicaron numerosos seguimientos, hasta que a comienzos de este 2021 se encontraron con Mella junto a uno de sus brazos operativos en un supermercado Unimarc de San Pedro de la Paz comprando bolsas Ziploc, empleadas usualmente para la dosificación de los estupefacientes.

Los detectives indagaron domicilios cercanos que estuvieran asociados al investigado y hallaron uno en Michaihue, que servía de residencia para su hermana.

Cuando la PDI irrumpió en el inmueble, se encontraron con un ciudadano boliviano en plena cocina de la droga. El concentrado de la cocaína venía en óvalos parecidos a una sandía, mientras que parte de la pasta base ya procesada estaba pegada en sábanas y cortinas para su filtración.

En la operación se encontraron 111 kilos 62 gramos brutos de cocaína base, concentrada, procesada, diluida e impregnada, además de 80 gramos brutos de cannabis, munición de distinto calibre, además de dinero en efectivo de circulación nacional y extranjera.

Su caso aún está en investigación.

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