Una noticia que generó debate durante los últimos días fue la famosa “negrita” que ahora pasará a ser “chokita”.

Se respeta la decisión autónoma de una corporación, pero me llamó la atención la connotación negativa y racista que Nestlé le dio a la marca “negrita”. Esto porque para la mayoría de los que la comemos con gusto, es solamente una galleta. ¿Qué habrá detrás de esa decisión? ¿Miedo al escrutinio público? ¿El flujo veloz de informaciones y opiniones debe modificar posiciones de empresas y personas? El mundo se globaliza, pero disminuye la tolerancia, la individualidad y la identidad.

Las redes sociales han dejado en evidencia la evaluación permanentemente que los jóvenes hacen cada día de cualquier situación o postura. Ellos están conectados en forma instantánea, evaluando y demostrando aprobación o desaprobación de todo. Esta generación pareciera nunca estar conforme, de hecho migran rápidamente entre facebook, instagram, tiktok o cualquier otra aplicación de moda. ¿Cómo se puede hacer feliz a una generación que no se satisface con nada?

El opinar nos expone a la crítica, y por ello una gran mayoría de la población no se expresa. La falta de expresión de una sociedad silente, hace que destaquen algunos grupos en desmedro de otros, sin que sepamos realmente en qué escenario nos movemos. Por eso las encuestas previas a las elecciones dan bote y no se pueden anticipar resultados. Es lo que pasó en el triunfo de Trump sobre Hillary Clinton, el 2016 en Estados Unidos, o ahora recién en las derrotas de Jadue o Lavín en las primarias recientes. Este fenómeno no es sólo local.

Saberse mirado y evaluado hizo por ejemplo que Nestlé se anticipara a eventos que ni siquiera habían ocurrido. La gran paradoja, es que a diferencia de lo que estamos viviendo, necesitamos empresas y personas con opiniones claras, que se expongan y expresen en forma libre y sin miedo al escrutinio público. Solo en la diversidad construiremos una sociedad más justa e igualitaria.

Una gran mayoría de jóvenes sin identidad dentro de esta aldea global, han tomado cualquier bandera de lucha. Sienten que los movimientos políticos o sociales tradicionales no los representan.

Hay una transformación cultural a nivel social caracterizada por una crisis identitaria de los jóvenes. La insatisfacción permanente, ha llevado a la pérdida de confianza en las instituciones, debilitando el rol de estas dentro de la sociedad.

¿Hasta qué punto debemos aceptar la crítica para satisfacer a una generación para la cual nada es suficiente, bajo el riesgo de debilitar nuestra institucionalidad? Las cosas las quieren ahora ya, cuando en realidad los cambios tienen un proceso y un tiempo. Estos no son instantáneos.

Tanto Sichel como Boric, representan nuevas caras, juventud y formas de hacer las cosas. El primero, símbolo de meritocracia, cree en el emprendimiento y la individualidad para el crecimiento social. El segundo, representa la búsqueda de un desarrollo social basado en la responsabilidad del colectivo, de las instituciones del estado y sus estructuras. El desafío de ellos debería ser buscar algo que mejore lo que ya existe, pero no refundar lo que ya se ha construido por años.

Preocupa particularmente en el caso de Boric los planteamientos refundacionales, cuando no ha demostrado haber construido nada más que un proyecto político.

Se ha perdido el peso de la experiencia. Estos jóvenes se creen invencibles, están en la búsqueda permanente de su unicornio, que refleja el éxito rápido, sin necesariamente el trabajo de años. Pero la realidad siempre es más compleja, está compuesta por miles de agentes públicos y privados, viejos y jóvenes, pymes y grandes empresas, que en su conjunto conforman el entramado de nuestra nación. El buscar una sociedad basada en ideales sin reconocer cómo opera la realidad, nos deja expuestos ante riesgos mayúsculos.