Ya llevamos más de un año en esta condición de confinamiento, parcial o total, desde que comenzó la pandemia de covid-19 y son válidas las preguntas que seguramente nos estamos realizando a diario: ¿Qué haremos después de que todo esto termine? ¿Seguirá nuestra vida siendo como antes? ¿Estaremos preparados para retomar nuestra cotidianeidad?…

Sin duda, este tiempo nos ha generado momentos intensos, de buenas y malas experiencias, pérdidas profundas, temores e inseguridades, pero también es cierto que estas experiencias límite nos han generado aprendizajes muy significativos, que nos han permitido desarrollar habilidades y potencialidades que desconocíamos de nosotros mismos.

Hemos sido testigos que, frente a situaciones adversas, vuelven a recobrar importancia y sentido las acciones colectivas, el sentido de cuerpo, la asociatividad, el apoyo mutuo, para desde el planteamiento de objetivos comunes, superar poco a poco las problemáticas que nos afectan. La dimensión social de esta pandemia nos enseñó que debemos resguardar el distanciamiento físico para cuidarnos, pero no debe confundirse con el distanciamiento social. Reconocemos en el otro, en los otros, una posibilidad para superar en conjunto las dificultades, otorgándole preponderancia al nosotros “colectivo” que creíamos fracturado, pero que experiencias como las ollas comunes, los comedores solidarios, acciones de comercio justo en los barrios, resignifican y fortalecen nuestro tejido social.

Esto último es nuestro principal aprendizaje y se constituye en la clave para asumir el futuro y todo lo que nos depare. Sabemos que podremos hacer frente no solo a una pandemia y sus nefastas consecuencias, sino también podremos recuperar nuestra cotidianidad en el encuentro con el otro y tal como nos relata Humberto Maturana en su último libro “La Revolución Reflexiva”, que escribió junto a su esposa Ximena Dávila: “Una opción, que está al centro de nuestra ceguera, es enajenarnos en el ego y no darle ninguna importancia a lo comunitario; y la otra es hacer nuestro vivir de una manera armónica con el bien-estar de la comunidad que vive el mismo ciclo que nosotros”. Por tanto, la vida cotidiana desarrollada comunitariamente, es la que estamos llamados a desarrollar en el tiempo que se viene.

Paula Leiva
Directora de Escuela de Trabajo Social Universidad de Las Américas