El tremendo terremoto político que vivimos tras conocerse los resultados del 15 y 16 de mayo es innegable. A esta altura, cuando en nuestro sector todavía continúan los análisis y proyecciones de estas mega elecciones históricas, es momento de hacer el mea culpa: la derecha perdió los comicios por falta de relato y por no tener una identidad clara que entregara la confianza necesaria a nuestro electorado.

Y la reflexión no debe ser menor. Hoy, más que nunca, tenemos que recuperar la posibilidad de llegar a los grandes acuerdos que Chile requiere y que le permitirán continuar por la senda del bienestar para todos, del desarrollo, y de las certezas jurídicas. De negociar en aquellos temas país, pero nunca cediendo nuestros valores y principios que son los pilares que nos mueven.

No sirve quedarse estancados en lo que ya fue, sin embargo, si de algo aporta a esta reflexión, no puedo dejar pasar un factor determinante. Sí, porque mientras al interior de nuestras tiendas algunos se dedicaban a jugar al rol del caudillo levantando banderas populistas, estos mismos colegas no se daban cuenta que le hacían un tremendo daño a sus partidos. Perdimos la oportunidad de haber tenido participación y voto en la futura redacción de la nueva Carta Magna defendiendo con convicción las ideas de la libertad, el pluralismo, el mérito y la no discriminación de cualquier tipo.

Esta falta de identidad cobró la cuenta con creces. Cerca de un millón del electorado de Renovación Nacional, UDI y colectivos afines al pensamiento de derecha no fue a votar. No es que haya votado por el Frente Amplio. Esta vez no acudió a las urnas ¿Por qué? La triste verdad es que cada uno de ellos no vio representados sus valores, sus principios, como sí ocurrió en anteriores sufragios.

Por eso, es momento de realizar un análisis profundo respecto de qué señales llevaron a nuestro sector a este preocupante escenario. Necesitamos medir el real alcance de la pésima gestión del Gobierno, de su falta de liderazgo y compromiso con aquellos grandes temas por los cuales nuestros votantes nos han apoyado desde siempre.

Debemos preguntarnos cómo esa derecha tibia, esa derecha blanda, se ha entregado a las ideas de la izquierda, perdiendo su integridad, su esencia, dando paso a un resultado fatal: la gente prefirió no salir a sufragar porque no confían en sus líderes, y se sienten defraudados.

Nos enfrentamos entonces a un tremendo desafío: cómo recuperar la fe de aquel leal electorado, que es de una sola línea, que no transa sus ideas por ofertas oportunistas que finalmente son pan para hoy y hambre para mañana ¿Cómo volvemos a encantar a ese millón de personas que siempre han optado por la centroderecha?

La inquietud está hecha. La única fórmula es volver a nuestros orígenes, a nuestras raíces, a no perder el camino por unos votos más. Lo que está en juego es muy serio para ignorar lo que viene por delante. Es el futuro que queremos para Chile lo que debemos defender con claridad y firmeza.