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La carta de un “salvaje”
Publicado por: Alejandro Farías
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Hace muchos a√Īos, tuve el gusto -y digo gusto porque es algo que de verdad te mueve el coraz√≥n- de poder leer una carta que escribi√≥ el jefe indio Seattle, de la tribu Suwamish, al presidente de Estados Unidos en 1854, Franklin Pierce, en respuesta a la ‚Äúoferta‚ÄĚ que le hizo el mandatario de comprar los territorios indios, estableciendo a su vez una reserva para que su gente viva.

El ‚Äúsalvaje‚ÄĚ responde:

‚Äú¬ŅC√≥mo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extra√Īa. Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¬Ņc√≥mo es posible que usted se proponga comprarlos?

Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada pu√Īado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los √°rboles lleva consigo la historia del piel roja.‚ÄĚ

Creo que todos estamos de acuerdo en que se han sobrepasado los l√≠mites de la l√≥gica y de la inteligencia. Somos la √ļnica raza de la naturaleza que caza por deporte. Muchos de estos tours en la √Āfrica Central son pagados con excesivas cantidades de dinero.

Para que tengan un ejemplo claro de esto, piensen en que el propio abdicado Rey de Espa√Īa, Juan Carlos I, se hizo una foto con el cuerpo de un elefante, en la cual pos√≥ con una escopeta y una sonrisa en la cara despu√©s de haber dado muerte a un elefante.

Por el contrario, los antiguos indios norteamericanos cazaban un b√ļfalo y ocupaban todo su cuerpo como alimentaci√≥n o como abrigo, pero tambi√©n lo veneraban y daban gracias a la tierra por lo que esta les prove√≠a, as√≠ como ped√≠an perd√≥n al animal por consumirlo.

Hoy no tenemos respeto por nuestros hermanos animales. Cazamos solo por el hecho de sentirnos superiores. Dato no menor es el consumo de marfil… donde los principales usos que se les da al colmillo de elefante es la fabricaci√≥n de √≠dolos para distintas iglesias en el mundo.

En su charla de 2006, el cient√≠fico norteamericano Dennis Meadows hace hincapi√© en que el punto m√°s importante para √©l, es como el crecimiento humano ha ido depredando los recursos naturales no solo para sobrevivir, sino para enriquecerse a costa de los ecosistemas y del consumismo de la gente, que ha aumentado de manera exponencial el √ļltimo tiempo.

Si no somos capaces de abrazar medidas que regulen el reciclaje, el control de gases expelidos al ambiente o la educaci√≥n de nuestros ni√Īos, en un corto plazo tendremos problemas irreversibles y ya nada podremos hacer por remediarlo. La necesidad de contar en todos los pa√≠ses con ministerios del medioambiente que de verdad se preocupen por el planeta se hace totalmente necesario. Medidas p√ļblicas que ayuden a la gente a entender el problema que tenemos y como podemos mejorar.

‚ÄúLa tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a la tierra‚Ķ‚ÄĚ. Seguramente es la frase que el jefe indio Seattle nos recordar√≠a, aunque debemos pensar qui√©n de verdad es el salvaje. √Čl o nosotros.

Carta del Jefe Indio Seattle

El Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras. El Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe de Washington podrá confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con que nuestros hermanos blancos podrán confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas.

¬ŅC√≥mo pod√©is comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extra√Īa. No somos due√Īos de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¬ŅC√≥mo podr√≠ais comprarlos a nosotros? Lo decimos oportunamente. Habeis de saber que cada part√≠cula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los √°rboles porta las memorias del hombre de piel roja.

Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a caminar por entre las estrellas. Nuestros muertos jam√°s olvidan esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el √°guila majestuosa son nuestros hermanos. Las praderas, el calor corporal del potrillo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia. Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide. El Gran Jefe manda decir que nos reservar√° un lugar para que podamos vivir c√≥modamente entre nosotros. El ser√° nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Mas, ello no ser√° f√°cil porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centelleante que corre por los r√≠os y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos estas tierras, tendr√©is que recordar que ellas son sagradas y deber√©is ense√Īar a vuestros hijos que lo son y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los r√≠os son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los r√≠os llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras, deber√©is recordar y ense√Īar a vuestros hijos que los r√≠os son nuestros hermanos y hermanos de vosotros; deber√©is en adelante dar a los r√≠os el trato bondadoso que dar√©is a cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro porque √©l es un extra√Īo que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermano sino su enemigo. Cuando la ha conquistado la abandona y sigue su camino. Deja detr√°s de √©l las sepulturas de sus padres sin que le importe. Despoja de la tierra a sus hijos sin que le importe. Olvida la sepultura de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos y cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorar√° la tierra y dejar√° tras s√≠ s√≥lo un desierto.

No lo comprendo. Nuestra manera de ser es diferente a la vuestra. La vista de vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quiz√° sea as√≠ porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ning√ļn lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ning√ļn lugar donde pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el orzar de las alas de un insecto. Pero quiz√° sea as√≠ porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar los o√≠dos. ¬ŅY qu√© clase de vida es cuando el hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusi√≥n nocturna de las ranas alrededor de la laguna? Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cala del lago y el olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediod√≠a o perfumado por la fragancia de los pinos.

El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento: el animal, el árbol y el hombre. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos días agonizante, se ha vuelto insensible al hedor. Mas, si os vendemos nuestras tierras, debéis recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. Y, si os vendemos nuestras tierras, debéis dejarlas aparte y mantenerlas sagradas como un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera.

Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondr√© una condici√≥n: que el hombre blanco deber√° tratar a los animales de estas tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He visto miles de b√ļfalos pudri√©ndose sobre las praderas, abandonados all√≠ por el hombre blanco que les dispar√≥ desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como el humeante caballo de vapor puede ser m√°s importante que el b√ļfalo al que s√≥lo matamos para poder vivir. ¬ŅQu√© es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre morir√≠a de una gran soledad de esp√≠ritu. Porque todo lo que ocurre a los animales pronto habr√° de ocurrir tambi√©n al hombre. Todas las cosas est√°n relacionadas ente s√≠.

Vosotros deb√©is ense√Īar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, deb√©is decir a vuestros hijos que la tierra est√° plena de vida de nuestros antepasados. Deb√©is ense√Īar a vuestros hijos lo que nosotros hemos ense√Īados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a s√≠ mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.

A√ļn el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con √©l y conversa con el -de amigo a amigo no puede estar exento del destino com√ļn-. Quiz√° seamos hermanos, despu√©s de todo. Lo veremos. Sabemos algo que el hombre blanco descubrir√° alg√ļn d√≠a: que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pens√°is quiz√° que sois due√Īo de nuestras tierras; pero no pod√©is serlo. El es el Dios de la humanidad y Su compasi√≥n es igual para el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para El y el causarle da√Īo significa mostrar desprecio hacia su Creador. Los hombres blancos tambi√©n pasar√°n, tal vez antes que las dem√°s tribus. Si contamin√°is vuestra cama, morir√©is alguna noche sofocados por vuestros propios desperdicios. Pero a√ļn en vuestra hora final os sentir√©is iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con alg√ļn prop√≥sito especial.

Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que ser√° cuando los b√ļfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los rec√≥nditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas est√© cerrada por un enjambre de alambres parlantes. ¬ŅD√≥nde est√° el espeso bosque? Desapareci√≥. ¬ŅD√≥nde est√° el √°guila? Desapareci√≥. As√≠ termina la vida y comienza la supervivencia….

Alejandro Farías Díaz
Comunicador Audiovisual y Fotógrafo Profesional, Diplomado en Comunicación Audiovisual para la sustentabilidad y Diplomado en Arte, enamorado de la vida y de mi esposa; el cambio es posible si lo queremos de verdad, mi cámara es mi tercer ojo.

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