Yo sí estoy a favor de la pausa de hidratación: En defensa de las polémicas decisiones del Mundial

Lunes 22 junio de 2026 | 15:18

EFE
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El Mundial de Fútbol 2026, con 48 equipos y juegos en México, EE. UU. y Canadá, ha desafiado a los críticos. A pesar de las dudas iniciales sobre la extensión del torneo, la inclusión de equipos no tradicionales y la duración de los partidos, la competencia ha sorprendido con partidos emocionantes y resultados inesperados. La introducción de pausas para hidratación y tiempos comerciales ha cambiado el juego, permitiendo estrategias más precisas y un mayor flujo de juego. Nuevas reglas, como saques de banda cronometrados y sanciones por simulación, han mejorado la dinámica y la honestidad en el campo.

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Entre tanto grito de gol, quizás algunos no lo recuerdan. Pero antes de que iniciara el Mundial de Fútbol 2026, una pléyade de agoreros vaticinó las peores vicisitudes para el evento deportivo que por estos días se desarrolla en las canchas de México, Estados Unidos y Canadá.

Que el número de participantes (48, por primera vez en su historia), que el traslado de jugadores (tras países organizadores con distancias kilométricas), que la sobrecarga física, que la inclusión de equipos “fuera de estándar Fifa”, que los minutos de hidratación que paralizan el juego.

La Copa del Mundo 2026 enfrentó desde el minuto 0 resistencia de su propio público futbolero. Y en algunos casos, con argumentos justificados y resquemores de sobra. Eran muchos cambios en uno. Pero los hechos (los resultados), han hecho envejecer mal los reparos de la previa.

Quienes veían con escándalo la participación de países como Cabo Verde, Curazao o Uzbekistán, esperando entre risotadas jugadas de blooper, resultados tenísticos o muestras de desidia deportiva, han visto con estupor y en silencio cómo el espectáculo del fútbol se manifiesta hasta en los partidos más dispares, demostrando in situ que la química original del juego sigue incólume: al final, se trata de 11 jugadores por lado con las mismas posibilidades de ganar, perder o empatar que sus rivales del frente, tal como dicta la promesa fundacional del “deporte más hermoso del mundo”.

Países como España, Portugal, Uruguay y hasta Brasil no han podido superar en la cancha a equipos que en el papel eran accesibles, en el inicio de una ruta de partidos que también ha levantado controversia: aunque parezca increíble, hubo algunos futboleros que también lamentaron los 104 partidos del Mundial 2026, el más largo de la historia (se extenderá por cinco semanas), porque les parecía “excesivo”.

Con los dos primeros equipos clasificados automáticamente a 16vos de Final, misma situación que los ocho mejores terceros, los agoreros vaticinaron que, transcurridas las dos primeras fechas, ya no habría qué disputar en el tercer partido, nada más alejado de la realidad en la gran mayoría de los 12 grupos que siguen completamente abiertos.

En la cancha en sí, en cambio, la experiencia mundial se modificó completamente: con dos quiebres programados a la mitad de cada tiempo (para que los jugadores puedan “hidratarse” en vista de altas temperaturas que en realidad no son tales), el juego quedó dividido en cuatro segmentos, cada uno precedido de su respectiva tanda comercial.

La innovación es una molestia, desde luego, pero también permite constatar un dato: el del 2026 debe ser por lejos el Mundial donde más de fútbol se ha jugado en cancha, con minutos de descuento precisos y a veces hasta generosos, penalizando con fuerza a los jugadores/actores que hacen tiempo o que conspiran contra la dinámica misma del deporte.

Con la disposición de los cuatro tiempos, y lejos de subyugarse, el fútbol se adaptó a las circunstancias y encontró vías para utilizarlas a su favor. Ahora, los DT’s aprovechan los resabios de la pausa comercial para precisar instrucciones, y con resultados tan eficaces como concretos: con la segunda fecha aún en curso, ya hemos visto cómo algunos equipos han dado vuelta resultados que parecían improbables antes del break.

Pareciera, incluso, que con cuatro tiempos en el papel y más cortes reglamentarios, paradójicamente, se juega más y de forma mucho más expedita que antes.

Para los futbolistas, desde su vereda, la Copa del Mundo 2026 ha instaurado decisiones casi talibanas. Bien lo sabe el jugador paraguayo Miguel Almirón, quien fue expulsado en el partido contra Turquía por hablar con la mano tapándose la boca. Cuando el réferi le informó el dictamen, el deportista quedó estupefacto y hasta a los comentaristas les costó descifrar qué había sucedido. Fue la primera víctima de la “Ley Prestianni”, norma que recuerda al futbolista argentino Gianluca Prestianni, quien fue acusado de enrostrarle insultos racistas a Vinícius Júnior durante un partido de Champions mientras se tapaba la boca.

Lo anterior se suma a los saques de banda cronometrados (deben ser ejecutados en menos de cinco segundos; si no, el saque es para el rival), y los tiros de meta que se someten al mismo rigor. Los jugadores que se lanzan al piso por una eventual falta, deben esperar un minuto fuera del campo si son atendidos en cancha. ¿El resultado? Partidos con alto flujo de juego, dinámicos, con futbolistas concentrados en su cometido y ajenos al dictamen del reloj. En términos simples, menos teatro y más jugadas.

Entre réferis y expertos internacionales (esos que no participan en los paneles televisados de fútbol), varias de estas medidas están siendo celebradas, y se espera que trasciendan al torneo en el corto plazo. Tímidamente, esta sensación también se traslada al lado de los televidentes, que han visto una mejoría en el espectáculo que reciben. Quién iba a decirlo: el Mundial de los récords trajo soluciones a problemas que parecían arraigados indisolublemente al fútbol. La vieja premisa se comprueba una vez más: no todos los cambios son malos.

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