En pleno ciclo presidencial, escuchamos una y otra vez que el debate se concentra en crecimiento económico y seguridad, cruciales para la vida diaria, pero sin duda insuficientes para una mejora plena en la calidad de vida de las personas.
Por lo mismo hay una omisión que debe preocuparnos: la economía digital, el motor que puede garantizar crecimiento sostenido, empleos de calidad y mayor productividad para Chile.
Hoy, el país cuenta con infraestructura digital de primer nivel, un ecosistema de data centers en expansión, liderazgo regional en inteligencia artificial y un sector tecnológico que crece tres veces más rápido que la economía tradicional.
Sin embargo, seguimos con brechas críticas: más de 2 millones de personas carecen de habilidades digitales básicas, solo un 13% de las empresas utiliza inteligencia artificial y el 70% de las MiPymes mantiene bajos niveles de digitalización. Si queremos hablar de futuro, debemos hablar de innovación y tecnología como la palanca del desarrollo.
Desde ACTI hemos puesto sobre la mesa una agenda de 8 ejes estratégicos para que Chile dé el salto que necesita.
Primero, requerimos un marco normativo que supere la actual sobrerregulación y dé certezas para la inversión y la innovación.
Al mismo tiempo, es imprescindible avanzar en habilidades digitales que preparen a la ciudadanía, junto con las y los trabajadores para los desafíos de la nueva economía, incorporando la inclusión y la perspectiva de género como principios rectores.
No se trata solo de formar programadores, sino de generar un ecosistema de talento que pueda competir a nivel global y asegurar que nadie quede atrás.
La economía digital también debe ponerse al servicio de las personas. Eso implica usar la tecnología para fortalecer la seguridad ciudadana, mejorar la calidad de vida y reducir desigualdades. Significa, además, desplegar soluciones digitales en los sectores productivos tradicionales —minería, agroindustria, energía o transporte— para incrementar productividad, generar empleos de calidad y avanzar hacia un modelo de sostenibilidad.
Y requiere mirar más allá de Santiago: la descentralización y el desarrollo territorial son vitales para que la innovación llegue a todas las regiones, fortaleciendo ecosistemas locales y creando oportunidades donde hoy predominan las brechas.
Junto con lo anterior, no es posible hablar de desarrollo digital si no apuntamos a una política pública que permita fortalecer la ciberseguridad y la ciberdefensa como pilares de confianza.
Debemos aprovechar todo el potencial de la inteligencia artificial para impulsar productividad, innovación y nuevos servicios en beneficio de la ciudadanía.
Finalmente, es urgente transformar al propio Estado, garantizando identidad digital, interoperabilidad y plataformas públicas modernas que hagan más sencilla, segura y democrática la relación entre las personas y sus instituciones.
Estas propuestas no son eslóganes de campaña, son un horizonte claro y que requiere decisión política para que se concrete.
Chile tiene la oportunidad de liderar en América Latina la economía digital, pero para lograrlo necesitamos que la innovación y la tecnología se instalen en el centro de las políticas públicas.
Por eso, hacemos una invitación directa a las y los candidatos presidenciales: sumarse a este diálogo, escuchar al ecosistema digital y comprometerse con una visión de país que no vea la tecnología como un accesorio, sino como la base del crecimiento, la equidad y la seguridad del siglo XXI.
Sabemos que el futuro no espera. Si Chile apuesta de verdad por la economía digital, será un país más productivo, sostenible, equitativo y con empleos de calidad. Esa es la convicción y la tarea que ponemos sobre la mesa.