A este lado de la cordillera, la pasión por la Selección Argentina de fútbol bien puede ser descrita como una carga. Los que seguimos a la albiceleste lo padecemos en silencio: cuando quedamos al descubierto, nuestros interlocutores muchas veces nos miran con distancia y extrañeza, con rechazo e inquina, como si algo les generara desconfianza o una prueba irrevocable de sospecha.
Quienes somos lo suficientemente viejos para haber visto jugar a Maradona, recordaremos épocas más duras que esta, como cuando en los noventa el ‘antiargentinismo’ era norma en Chile y en la pauta de los medios masivos. Por esos días, los goles de Batistuta, de Caniggia o del Piojo López era preferible gritarlos en la soledad de un sofá, o para los adentros cuando algún compacto mostraba los bríos del Burro Ortega o el último hechizo de la Bruja Verón.
En la larga y angosta faja, por esos años y todavía hoy, mostrar predilección por la albiceleste era más bien una afrenta y un gesto, por lo bajo, poco nacionalista. Más aún cuando la dupla “Sa-Za” y una generación inolvidable de jugadores ponía a Chile de vuelta en los mundiales en 1998. O cuando nombres como David Pizarro se hacían espacio en Europa con la soltura habitual de los trasandinos.
En rigor, no se trataba de un sentido de pertenencia tardía, ni tampoco de un rechazo al país de origen: era, más bien, una apreciación artística. Una lección y elección de estilo. En la pantalla de TV, el fútbol de Argentina era una película de colores nítidos y trama envolvente. Una pieza genuinamente épica y bien actuada y emotiva en cada cuadro del fotograma, incluso cuando los resultados no eran los favorables. A kilómetros de distancia, lo de Argentina (o la argentinidad en su faceta futbolera) relucía como la primera página de un libro sobre cómo lidiar, con gracia, con el mundo.
Desde entonces, seguir las nuevas proezas de los titanes de la albiceleste en sus clubes se convirtió en una obsesión que, con más o menos empeño, intenté cultivar con el pasar de los años, siempre en un bajo perfil para evitar comentarios innecesarios, pero sobre todo para evitar explicar lo que por pudor no se explica. En la época del Pro Evolution Soccer, mi equipo era, desde luego, la “Argentina de todos los tiempos”, con Maradona, Kempes y Batigol en delantera.
Para el Mundial del 2002, los chilenos pro Argentina sufrimos por Bielsa mucho antes que el DT vistiera el buzo de La Roja, y vimos con estupor la eliminación del equipo en Fase de Grupos. Copas América, Olimpiadas, Clasificatorias, todas las canchas del mundo eran lienzos pictóricos cuando el 11 de Argentina salía a la cancha.
Las cuatro finales perdidas por Messi con la Selección adulta fueron, también, dolorosas para los “hinchas de segunda mano” (una de las ofensas preferidas de nuestros detractores), al mismo tiempo que las victorias de Chile en las Copas América fueron celebradas con auténtico ahogo de gol. La sensación la recuerdo ahora como ver llorar a un amigo que luego se pondrá mejor.
Para algunos, el fútbol es un juego de fidelidades y está muy bien que así sea: cada uno vive el deporte como mejor le place. A ellos, de seguro, les acomodan las hinchadas, las banderas y los gritos a coro que se pronuncian en las tribunas, y que apelan a la épica y a la unidad frente al rival, siempre inferior a nosotros. Una pasión por sobre otra, en resumidas cuentas.
Son futboleros, entonces, que deben compartir los principios del Registro Nacional de Hinchas, y con el hecho de que en Chile sea una tarea complejísima ver en los estadios a un equipo que “no es el tuyo”, porque se da por sentado que el gesto puede desencadenar un lío de violencia.
Una respuesta posible para quebrar dicho status quo se dibuja en una escena relatada por el escritor mexicano Juan Villoro en alusión a su padre, el célebre filósofo Luis Villoro, quien, apático del fútbol, llevaba al joven Juan a ver al Necaxa pese a sus propios reparos con el balompié.
“Cuando él escuchaba los gritos ofensivos de la hinchada hacia el rival, se levantaba y decía: ‘¡No, paren, no hagan eso! El rival es nuestro amigo, ¡crecemos a través de nuestro rival!"”, recordó Villoro en diálogo con BioBioChile en 2023, en una entrevista a raíz de un libro dedicado a su padre. Desde entonces, la escena se me hizo imborrable cada vez que sale la Albiceleste a defender su camiseta.
Por mera y feliz coincidencia, la final del Mundial de Qatar 2022 la viví en Viña del Mar, ciudad preferida de los trasandinos que visitan la costa. Desde esas arenas, y con el verano en ciernes, el gol de Montiel que bajó la cuarta Copa del Mundo fue festejado con un cariño especial, y de alguna forma para nada ridícula también me sentí campeón del mundo.
En las calles, los veraneantes argentinos se tomaron plazas, playas y todos los bares disponibles de la ciudad ante la vista complaciente de la mayoría local y la mirada iracunda de uno que otro chileno de corazón. Nadie, ni siquiera los ‘hinchas de segunda mano’, se atrevió a interrumpirlos.